Para todos hay guiso

365 Words
El acuerdo fue sencillo, otros siete años por Raquel. Esta vez con pacto y juramento a Dios de por medio. Su nuevo suegro entregaría a la muchacha, sin condiciones ni letras pequeñas al final del contrato. Así que se dispuso al trabajo. El tiempo ya no volaba como antes y los días tardaban meses en terminar. Raquel, que era mozuela, no se veía afectada por las nuevas condiciones del acuerdo, pero Jacob la veía como una distante felicidad. No hay nada más saludable para el desconsuelo que entregarse a la contemplación. El hombre optó por la conversación directa con Dios y revisó cada uno de los pasos que le habían llevado a donde estaba. El tiempo de sus oraciones se distendía cada vez más, y en esa misma medida la sabiduría del varón. Y este desarrollo también alcanzó las ganancias de Labán. Descubrió que podía hacerse de mayores y mejores socios en el comercio si en lugar de engañarles les proporcionaba estabilidad en sus negocios, de modo que, si alguno tenía un problema, él tendía la mano, y si otro caía en desgracia, le levantaba. De esta manera cuando necesitaba aliados y favores, se solidarizaban con él. El principio era sencillo, la armonía no desgasta las conexiones entre los seres, en su lugar aumenta recíprocamente los beneficios entre ellos, y si a ese fortalecimiento le acompañaba un sentimiento de hermandad, bien podía llamársele amistad. De esta manera se hizo tolerable la espera por Raquel. Además Lea resultó ser una esposa virtuosa, elegante y sumamente divertida. Tenía una curiosidad muy parecida a la de Jacob, y a menudo, se entregaban a largas charlas sobre la existencia de Dios y la miseria del ser humano. Transcurridos los siete años adicionales, Labán aguardaba en sus aposentos la entrada de su nuero, pero Jacob no llegó. Y viendo que se acercaba el final del día, el anciano le buscó persistentemente hasta que le halló ofreciendo h********o a Jehová. –Oye muchacho. – ¿Dime? – ¿Tú no piensas pedirme a Raquel? Jacob terminó de ungir el altar. Se apartó de él y se acercó a su tío. –Vamos –le convino. Tenemos un pacto que sellar.
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