Rebeca tuvo morochos de Isaac, el hijo de Abraham, que a su vez era nieto, nada más y nada menos que del mismísimo Noé, el toñeco de Dios; por cuanto fue el único patriarca que salvó el pellejo cuando vino la raspazón del diluvio.
Y esos morochos ya venían con un guiso bien aliñado desde el vientre: primero, fueron producto de un recurso de amparo que interpuso Isaac ante Dios, pues en el vientre de su señora, siendo bella y de buen parecer, no germinaba la simiente del pueblo escogido. Por tanto la melancolía del varón le llevaba a clamar en todas sus oraciones matutinas:
“Oh Santo. Santo. Santo: Mi abuelo nos dejó tamaña empresa: repoblar la tierra, pero yo no llevo ni uno…” Y día y noche el hombre plegaba sus rodillas, dedicándole una buena porción de su oración, a las trompas de Falopio de Rebeca.
Así pasaron veinte años haciendo la diligencia, hasta que el Todopoderoso, quien es tardío para la ira y presto en la misericordia, se cansó de escuchar durante dos décadas a un hombre pidiendo un hijo, y viendo que no era cosa recreativa, decidió que concibiera la mujer.
Una mañana Rebeca vomitó el pancito sin levadura e Isaco se haló la barba, pegó un brinco de esos que sólo un chamo de sesenta años puede dar, y mandó a degollar un ovejo para ofrendarlo a Jehová.
No fue un embarazo llevadero. Como era primeriza, Isaac era víctima de los más dilatados reproches, la sola presencia de su esposo irritaba a Rebeca.
– ¡Sagrado rostro de Jiréh!: ¿Cómo es posible que no te puedas lavar bien los pies para entrar a la tienda? Eres un flojo, cómo no me di cuenta antes, no tuviste siquiera la delicadeza de ir a conquistarme y tratar con mi padre, mandaste un siervo… Claro: ¡Yo soy importante! ¡Soy descendiente natural y directo del patriarca! Pues para que lo sepas: ¡Yo también! Y no cargo esos cayos así de sucios, para que la esclava Rebeca limpie todo el día. No me tienes consideración, mira como estoy de hinchada, y esta barriga que no se queda quieta... Con todo el respeto que usted se merece, señor mío, le recomiendo ¡qué se lave los juanetes para entrar!
Cuando el guiso hervía de esa manera, Isaac aprovechaba para dar una larga caminata alrededor de sus posesiones, con el objeto de enfriar los caldos y aprovechar para ver qué tanto lo estaba bendiciendo Jehová. No le perturbaban los regaños y la falta de respeto de su esposa, y aunque en aquellos tiempos comportarse así constituía un verdadero anatema, la mujer en estado de gravidez aprovechaba su condición delicada para saldar una que otra rencilla. Así se arreglaban los asuntos del corazón.
Una tarde cuando regresaba Isaac de hacer sus oraciones y holocaustos, consiguió a Rebeca sentada en una piedra frente a la tienda. Notó que había estado llorando.
–Rebe ¿por qué lloras? ¿No te ha bendecido Jehová con el fruto de tu vientre?
–Amor, es que hay una cosa muy rara con esta barriga, parece una guerra, y me contrita el alma cuando se pone así.
–Sube al altar “Laila”, consúltale a Dios. Él dirá.
Rebeca siguió el sabio consejo de su marido y fue a preguntar a Jehová. De allí regresó con el rostro sulfurado y los ojos inyectados de sangre, amenazando a sus siervos con machucarles las orejas si alguno le dirigía la palabra.
Isaac la esperaba dentro de la tienda y sintió un temor parecido al que infunde Jehová cuando entró aquella leona y dijo:
–Dice el Señor que no es uno… ¡Son dos! Y de paso, guerreros.
–Magnífico. ¿Y qué más te dijo el Jefe?
Iba Rebeca a contarle que los morochos eran la simiente de dos naciones, las cuales serían divididas desde sus entrañas. Uno de esos pueblos sería más fuerte que el otro, y el mayor serviría al menor. Pero su aguda intuición le movió a guardar ese pequeño detalle de su esposo, no era cosa de mentir, sino de esperar la contraseña de Dios para decirlo.
–Pues bueno… cuando vuelva al altar, le pregunto a Jehová si debes saber algo más, ¿te parece?
En los meses siguientes Isaac descubrió una nueva Rebeca, algo taciturna, trabajadora y fortachona, pero ya no tan conflictiva. En lugar de eso se hizo más pícara, inteligente y sensible. Atribuyó todo esto a los gemelos, pues de alguna forma habían cambiado el parecer de la madre. Y no consultó a Dios sobre este particular porque “si no está roto…”.
El día tan anhelado llegó, y Rebeca entró en labores de parto. Isaac daba vueltas alrededor de la tienda, tropezando a ratos las estacas y los tirantes. Dio tantas vueltas con los dedos a su barba, que la llenó de crinejas. La ansiedad y la duda se apoderaron de él, así que decidió entrar para ayudar a la partera.
La escena fue impresionante, del cuerpo de rebeca emergía una pequeña cabeza dorada semejante a las crestas del sol, y luego un frágil cuerpo velludo como si el niño tuviera un abrigo.
–Éste se llamará Esaú –exclamó al verle Jacob– porque rubio es.
Y seguidamente salió su hermano; un muchacho menos exótico, pero lo sorprendente de este crío no era su físico sino su habilidad; se había sujetado del calcañar de Esaú, para que así, con la fuerza y el trabajo de uno, salieran los dos.
– ¡Gloria a Dios! Éste es un vivo… mira cómo se agarró del talón, seguro que quería suplantar al hermano –dijo el padre sonriente–. Le llamaremos Jacob, porque toma por el calcañar.
–…O el que suplanta –musitó Rebeca para sí.
La infancia de los gemelos estuvo signada por grandes diferencias. Cada día se ensanchaba el abismo entre los pareceres de los dos hijos de Isaac. Esaú fue el primero en ponerse de pie, y aquel día se celebró con panderetas y cítaras el acontecimiento. Isaac alardeaba de su primogénito diciendo que ninguno de su familia había caminado a los seis meses. El resto de los invitados escuchaba con afectada atención las anécdotas de aquel hombre emocionado, más Rebeca sentía lástima por su segundo hijo Jacob, pues tan solo se acordaban de él cuando lo tropezaban.
Jacob no caminó hasta cumplir el primer año, y cuando lo hizo no fue un suceso relevante para su padre, ya que Esaú, ese mismo día, aprendió a usar el arco y la flecha, y le había dado caza a una lagartija del desierto, las cuales son muy rápidas.
Mas Jacob nunca sintió celos de su hermano. Había nacido con la extraña condición de la reflexión y la agudeza de pensamiento. Dios no le dotó de la fuerza, habilidad y belleza de su pariente, sus cabellos no brillaban ni se batían con la elegancia de aquel, sus ojos no eran verdes y solemnes como un lago milenario; más bien él era un niño flaco, poco agraciado, de tez morena y nariz arqueada. Pero en sus ojos pardos se condensaba el poder de la observación, y usaba esta herramienta con la misma pericia que empleaba Esaú para cazar sus presas.
Rebeca era un silencioso testigo de las proezas anónimas de Jacob. En ocasiones regresaba Esaú con un macho cabrío al hombro. Los ojos de Isaac resplandecían de orgullo porque su hijo se le parecía mucho, y dejaba escapar un suspiro de amor cada vez que éste salía de cacería. Mas Jacob, quien era un joven de estar en la tienda escuchando las conversaciones y oraciones de los adultos, tomaba rápidamente la presa de Esaú y la inspeccionaba en su totalidad. Concluía la edad del animal por el tamaño y marcas en sus cuernos, si era parte de un rebaño grande o pequeño, gracias a las cicatrices en la cabeza; producto de las luchas con otros machos por las hembras. Algunas veces podía averiguar si en el lugar donde estuvo había fieras y depredadores, está conclusión era la que más sorprendía a Rebeca.
–Hijo –preguntó una vez la madre–: ¿Cómo haces para saber si hay leones u otras fieras de donde vienen las cabras?
–Madre, Jehová es equilibrio, y todo lo creado se relaciona. Las fieras se comen a las cabras, y las cabras comen del pasto. Los Leones defecan lo que comen; si es una cabra, cabello de cabra habrá en su deposición; como la cabra come hierba, solo habrá pasto en su excreción. Si hay cabello de cabra en los excrementos de una cabra, no es porque se ha vuelto caníbal, sino porque comió en el forraje donde defecó un León.
Dios bendecía a cada uno de los gemelos engrandeciendo sus dones. Con el tiempo Esaú se convirtió en un adolescente vigoroso y valiente. Jacob en un ilustrado pensador que se entregaba a largas charlas con su madre acerca del Dios de Noé y Abraham, mientras la veía cocinar el guiso Edom de lentejas y cordero que tanto agradaba a Isaac y Esaú. Tampoco la madre perdía su tiempo, y aprovechaba la oportunidad para aconsejar a su hijo.
–No está bien que no tengas interés por conquistar la aprobación de tu padre –le reprendía–, mira que la bendición del patriarca a su hijo es casi un aparejo de Dios. Un día tendrás tu propia simiente y eres responsable por todas las generaciones que salgan de ti.
–No te preocupes mamá, todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. –Respondía como profetizando el muchacho.
Pero los consejos de la madre se anidaban en el corazón del mozuelo, y nació en él la primera muestra de astucia. Determinó observar cuáles eran las debilidades y fortalezas de su hermano, para aprender qué cosa de ellas podía emular en el intento de agradar a su padre y conseguir su aprobación. Estudió a Esaú durante un tiempo, conversó con él y se aburrió escuchando sus muchas proezas, sus éxitos en el campo y trofeos de cazador. Luego de un lapso prudencial, concluyó que nunca sería tan diestro o fuerte como su gemelo y resolvió entablar discusión con su antecesor.
–Padre –dijo acercándose a Isaac–: mi hermano es el cazador más hábil de estas tierras, y con el tiempo será el más fuerte de los hombres también. Ahora dime, ¿cuál cosa de él debería yo imitar: Su fuerza o su destreza?
–Tú eres el menor y él mi primogénito, y en el primogénito descansa el legado del padre, pídele que te enseñe ambas cosas y serás como él.
Con su respuesta, Isaac había subestimado la agudeza de Jacob, y le reveló sin querer, la verdadera razón por la cual prefería a uno sobre el otro: La primogenitura.
La madre tampoco sospechó, que mientras discurría acerca de los grandes temas con su hijo, éste observaba y aprendía los talentos culinarios con que ella conquistaba la panza y el corazón de su familia. Entonces Jacob preparó el mejor guiso que se haya olido por aquellos lugares, y cuando regresaba Esaú de sus labores en el campo, llegó a su nariz el aroma con que su madre acostumbraba recibirlo. Corrió hacia la tienda pero no encontró a la matrona, sino a su hermano menor, quién removía en la pira un jugoso potaje color rojo que incitó el hambre de Esaú.
–Hermano –Dijo a Jacob–: Te ruego que me des de comer de ese guiso Edom, pues estoy muy cansado.
Y viendo que la saliva de su hermano chorreaba por su amplio mentón, Jacob decidió hablar sin miramientos.
–Véndeme en este día tu primogenitura.
–¿Y eso con qué se come? –Respondió Esaú– He aquí yo me voy a morir, ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura? ¡Trato hecho! Echa para acá esa olla…
Más Jacob, que conocía la vanidad de las palabras, y la facilidad con que son llevadas por el viento, apartó la olla de su hermano.
–Primero Júramelo en este día, y luego comerás.
–Lo juro.
– ¿Delante de Dios?
–Que me parta un rayo, dame mi vianda…
Y así menospreció Esaú, por un guiso, su primogenitura.