De seguro no fueron muchos los sucesos trascendentales que vivieron los morochos entre la primera y segunda juventud, porque no se registra nada importante en La Biblia. Se retoma la gestión administrativa de Isaac: Dios lo desvió de Egipto y lo mandó a clavar sus estacas en Gerar, donde cosechó hasta lo que no sembró. Las ovejas y las vacas parían morochos como su mujer. Pero donde más lo prosperó Jehová, fue en la empresa de perforación acuífera, con la cual, llenó de pozos sus tierras y la de los demás, pero la envidia filistea le granjeó unas cuantas pérdidas.
Salvo un pequeñísimo detalle que se menciona por allá al final de Éxodo 26 como si no quisieran recordarlo: Se dice que Esaú se enlazó con dos tipas que ni a Isaac ni a Rebeca le gustaron.
–Papá –retumbó gravemente la voz de Esaú–, necesito setecientas ovejas.
–Está bien hijo. Agárrelas.
– ¿Y tú no le piensas preguntar para qué necesita ese ovejero? –chilló Rebeca regañando a Isaac. Mire hijo: su papá tiene la pequeña bicoca de cien añitos y todavía se está partiendo el lomo trabajando. Yo misma estuve a punto de ser pasada por las armas de Abimelec, y no precisamente espadas, tratando de proteger la vida y obra de tu papá. Tú eres fuerte y hábil, puedes cazar cabras, pero ya tienes cuarenta años y no te vemos haciendo nada…
–Pero mamá… Es que Jacobo…
– ¿Jacobo?... ¡Jacob! –Gritó Rebeca llamando al hermano.
Jacob se hallaba detrás de la tienda escuchando la conversación y trató de huir cuando llamó la madre. Pero ella, que le conocía bien, en lugar de salir por la entrada de la tienda, le interceptó en la retaguardia.
– ¿A dónde va el erudito?
–A santo varón mamá… ¿no cree usted?
– ¿Para qué quieres tantas ovejas?
–Yo no necesito más que a Dios mamá. Las ovejas son para Esaú.
–Me huele a guiso jacobino; dime la verdad.
–Madre… El oso se enamoró.
– ¿Aja? Yo presentí algo raro, a él nunca le ha interesado el ganado en pie. ¿Para qué son las ovejas, y quién es la bienaventurada?
–Necesita trescientas cincuenta ovejas para cada una, porque son dos: Judith, hija de Beeri: heteo. Y Basemat, hija de Elón: heteo.
La anciana cayó de espaldas en toda su extensión. Cuando recobró la conciencia se alzó sobre las pieles donde la recostaron.
–Dos heteas –exclamó llorosa–, y de paso las mayores; por algo nadie las quiso. ¡Jehova-benoni!3
Isaac permanecía silencioso tallando una nueva cuchara para cocinar, ya que Rebeca había partido la suya con el arrebato. Algo hedía en ese cuento de las heteas; Esaú era un hombre robusto y de buen talante, pero no de buen parecer. Conquistar una mujer era ya una proeza, pero alzarse con dos, un milagro.
–Jacob –hijo mío. Acércate, quiero hablarte.
–Dime padre –respondió el hijo–, hasta en h********o me he de entregar si con ello gano tu aprobación.
–Deja el temita hijo; tu mamá me la tiene tallada con eso. Lo que yo quiero saber, por el Dios de mi abuelo, es cómo hizo Esaú para flechar a dos familias a la vez.
–Bueno padre, posiblemente obtuvo un poco de ayuda.
– ¡Ajá! Yo sabía que tú estabas metido en ese guiso. ¿Qué hiciste Jacob?
–No mucho, él me pidió que me hiciera pasar por su siervo, y pues bueno… serví.
– ¿O sea que tú trataste por esas mujeres? –Intervino Rebeca– ¡Eres una bendición! ¿Cómo se te ocurre arreglar una boda con unas heteas? Me quebraste las ganas de vivir. Y tienes la santa voluntad de jugar con el ganado de tu padre…
– ¿Pero si fue una ganga? Por lo que pagué no consigo ni una viuda.
La boda se realizó bajo la mirada renuente de Rebeca y el resignado silencio de Isaac. Nada podían hacer los ancianos para desatar un pacto que ya se había jurado. Pero Esaú no se fue con los heteos, sino que, colocando su tienda junto a la materna, trajo hasta los dominios de su madre, a dos enormes mujeres con rostro aguileño, escandalosas y de muy pobre parecer.
Isaac no hacía contacto visual con Jacob, y la madre, que siempre fue su protectora, le trataba con un dejo parecido a la indiferencia. Pero el hijo menor siempre fue independiente en sus emociones; aquello era lo que deseaba el corazón de Esaú, si no eran heteas, serían cualesquiera de las cananitas, pues su padre había dejado muy lejos la familia.
–Isaco –imploraba Rebeca–: Echa esas arpías de aquí. Cocinan y botan los restos de la grosura frente a la tienda, maldicen y juran todo el día, no respetan el tiempo de nuestras oraciones, y cuando trato de exhortarles, me amenazan pasándose el dedo por la garganta.
El cansancio de la vejez venía galopando sobre los huesos de Isaac, la imagen del mundo poco a poco se estaba escapando de sus ojos. Sentía ya el desfallecimiento de los conquistadores; quienes prefieren ahorrarse todo el descanso de su vida para disfrutarlo en la tumba. Los constantes pleitos entre Rebeca y las mujeres de Esaú, aceleraron su ancianidad al punto que ya no pudo estarse en pie, sus ojos se oscurecieron, y descansaba todo el día en su lecho. Luego perdió el ánimo por la vida e hizo llamar a su primogénito.
–Hijo mío –dijo Isaac.
–Heme aquí –respondió Esaú.
El viejo giró el rostro en dirección de la potente voz de su hijo mayor y extendió la mano para tocarle. Esaú se acercó y el padre enganchó su melena.
–He aquí ya soy viejo, no sé el día de mi muerte.
Toma, pues, ahora tus armas, tu aljaba y tu arco, y sal al campo y tráeme caza; y hazme un guisado como a mí me gusta, y tráemelo y comeré, para que yo te bendiga antes que muera.
Rebeca estaba oyendo la conversación a escondidas; y cuando Esaú fue al campo en busca de la cabra para su padre, la mujer habló a su otro hijo.
–Tu papá ya se cansó y quiere reunirse con su pueblo. Le oí decir a Esaú que le trajera caza y le hiciera un guisado, para darle su bendición y morir en paz. Escucha mi voz y obedece lo que te mando: Tráeme dos cabritos del rebaño pues yo haré el mejor guisado que haya probado tu padre, y tú se lo llevarás y obtendrás la bendición que tanto anhelas.
– ¿Yo?
–Sí. Tú.
–Pues bueno... Pero creo que has pasado por alto una simpleza; Esaú tiene más pelo que cepillo lanero. Quizá mi padre me toque y descubra que soy lampiño. Entonces me tendrá por bribón y en lugar de bendiciones, terribles profecías hará sobre mí.
–Que me caiga la pava si eso pasa –resolvió Rebeca. Vaya y haga como le dije. ¿No le han dicho que usted piensa mucho?
Rebeca también se sentía cansada, pero no iba a morir dejándole todo el poder a las chocarreras de sus nueras. Tampoco era la única razón para hacer esto; Dios mismo le había dicho hace cuarenta años en el altar:
“Dos naciones hay en tu seno,
Y dos pueblos serán divididos desde tus entrañas;
El uno será más fuerte que el otro pueblo,
Y el mayor servirá al menor.”
Esaú no era un hombre al que pudieran seguir las generaciones, lo amaba, pero también tenía el fuerte instinto de la continuidad; los hijos de Dios deben desarrollarse en todos los sentidos imaginables y ocupar las tierras que Dios prometió. Jehová pactó con Noé y después con Abraham, el pacto se había confirmado con Isaac, y aunque fuese mediante un artificio, habría de validarse con Jacob.
Reunió todo su aplomo, tomó los mejores vestidos, de los cuales vistió Esaú para sus bodas, y engalanó con ellos a su hijo menor. Cubrió también las zonas lampiñas del hombre con las pieles de los cabritos.
–Toma este guisado, este pan y el vino, y dale de comer a tu padre. –Ordenó Rebeca a Jacob. Y no salgas de allí sin esa bendición.
Entonces éste fue a su padre y dijo: Padre mío. E Isaac respondió: Heme aquí; ¿Quién eres, hijo mío?
Y Jacob dijo a su padre: Yo soy Esaú tu primogénito; he hecho como me dijiste: levántate ahora, y siéntate, y come de mi caza, para que me bendigas.
–Vaasié –dudo Isaac. ¿Cómo es que regresaste tan rápido? ¿La cabra te esperó montada en la olla?
–Prácticamente. Tú sabes cómo es Dios…
– ¿Ujum? –bufeó Isaac. Esas palabritas son de Jacob… ven acá, yo sé cómo voy a salir de dudas.
Jacob se acercó e Isaac lo tomó por los brazos, sintiendo el bello de los cabritos en sus manos. Y se convenció de que era Esaú quién le hablaba.
–Cuando la mente se hace vieja se confunde –reflexionó. Tu voz y tus palabras me recuerdan a Jacob, pero tu cuerpo es de Esaú. Los que no logramos ver, y dudamos al oír, solo confiamos en lo que podemos tocar. ¿Eres tú mi hijo Esaú?
–Yo soy.
–Acércame esa perola pues…
Jacob dio el guiso a su padre y éste comió con agrado.
– ¿No trajiste pan?
–Si vale, aquí está.
– ¿Y esto es así: seco?
–No chico, échate un palito…
Terminó el anciano de comer, y sintiéndose satisfecho le pidió a su hijo Esaú que se acercara y le diera un beso. Jacob, el suplantador, se aproximó y besó a su padre en lugar de su hermano. E Isaac sintió el olor de Esaú en sus vestiduras. El pecho del viejo se hinchó y le bendijo:
Mira el olor de mi hijo,
Como el olor del campo que Jehová ha bendecido;
Dios, pues, te dé el rocío del cielo,
Y de las grosuras de la tierra,
Y abundancia de trigo y de mosto.
Sírvante pueblos,
Y naciones se inclinen a ti;
Sé señor de tus hermanos,
Y se inclinen ante ti los hijos de tu madre.
Malditos los que te maldijeren,
Y benditos los que te bendijeren.
Un cálido estremecimiento recorrió el cuerpo de Jacob, entendió por qué su madre insistía en aquella aprobación. La bendición de un sabio padre significa que has dado el paso necesario para sucederle, y toda su experiencia está al alcance de tu mano. El alma que Dios le dio obtuvo su propia perspectiva, se sabía parte de un propósito universal, una pieza necesaria para el desarrollo de la humanidad. Todos sus conocimientos se integraron a la confianza que se adquiere transitando el camino correcto. Sentía ganas de reír, pues era una cosa tan sencilla seguir a Jehová, siempre tuvo la respuesta en sus narices, más nunca, hasta ahora, la olió.
Salió de allí y su madre lo esperaba de brazos abiertos. Aquella astuta anciana encontró la paz ese día. Le besó repetidamente en el rostro.
–Ahora ¡piérdete! –dijo Rebeca. Porque aquí se va a poner hedionda la cosa.
La cabra no aparecía por ningún lado. El sol ardiente cuarteaba la piel de una tierra donde alguna vez hubo agua. Esaú había recorrido una gran distancia en busca de la presa con que daría satisfacción a su padre. No era un hombre de pensar sino de actuar: Si la cabra no está en este monte, entonces vamos a otro collado, si allí no hay cabra, nos vamos a la ladera, si en la ladera falta la cabra, la buscamos en el valle… El espíritu y yo no descansaremos hasta que aparezca la condenada cabra.
Por fin se asomaron unos cuernos en la falda desnuda de un cerro empinado. Habría que escalar sinuosas paredes y sortear peligrosos riscos, pero eso no era un factor de temer para Esaú. Fue tras el animal y éste huyó con los saltos y agilidad propios de las cabras monteses. El hombre de fuerza escaló como nunca y le alcanzó en una pendiente donde los dos quedaron en una comprometida situación: Esaú acorralaba al cornudo macho, de modo que la pendiente quedaba a su espalda.
El cuadrúpedo no se rendiría; bajó la cabeza y apuntó a Esaú con los cuernos, raspó el piso con sus casquillos y embistió…
La cercanía de la bestia hacía imposible preparar un tiro de arco, así que Esaú tomó su cuchillo de la aljaba y se preparó para recibir la embestida. El corpulento animal hizo un giro inesperado, la asta de un cuerno alcanzó el brazo del cazador y ambos cayeron al vacío…
Solo el cerro fue testigo de aquella escena increíble: Esaú colgaba de un brazo en la saliente de un risco, y con el otro brazo sostenía su cuchillo, y del cuchillo se sostenía el cuello del macho cabrío.
La fuerza y valentía de este hombre no podían negarse, su madre se equivocaba: No era un inútil desperdicio de simiente. Era la espada que se necesita para enfrentar a los enemigos de Jehová. En alguien debe descansar la responsabilidad de la batalla. Todo tiene su justa medida, nada estorba en los caminos de Dios.
Bajó la pendiente con un brazo inutilizado y la robusta presa sobre sus hombros. El trecho para llegar a casa era largo y la tarde avanzada, pero el decidido primogénito jamás había incumplido una orden de su padre. Llegaría a tiempo a su compromiso, aunque fuera necesario correr en las condiciones en que se encontraba.
La temible aparición de una fiera detuvo su marcha. Se trataba de un león blanco de los que se ven una vez en la vida. El felino se acercaba a gatas con la mirada fija en su trofeo. Esaú retrocedió, pero el golpe de la melena le dejó aturdido en el suelo. Cuando pudo sobreponerse vio que le habían arrebatado la cena de su padre. El ladrón se alejaba arrastrando lo suyo y en su andar parecía que bailaba. Esaú tomó su arco y su flecha, calculó que entre el león y él cabían unos doscientos codos. Montó la flecha y estiró la cuerda hasta que traqueó la madera. Entonces gritó: “¡Oye minino!” y soltó la cuerda… El león volteó como si hubiera entendido y la flecha se incrustó en uno de sus ojos.
Hay muchos tipos de inteligencia; llevar siempre lo necesario en la aljaba, y saber preparar un guiso a campo travieso, le ahorraron al fornido campesino el cansancio y la pérdida de tiempo que suponía trasladar el macho cabrío hasta la tienda.
Esaú llegó un instante después de la salida de Jacob. Rebeca quedó boquiabierta pues vestía la piel fresca de un león blanco. Nunca había visto el verdadero talante de su hijo: Un orgulloso y poderoso guerrero semejante al animal con que se cubría.
Entró a la tienda de Isaac con su guiso en las manos.
–Levántese mi padre –dijo Esaú. Y coma de la caza de su hijo, para que me bendiga.
– ¿Y quién eres tú? –respondió Isaac.
–Esaú. Tu primogénito.
– ¿Y quién es entonces aquel que me alimentó hace un momento, antes que tu vinieses, y le bendije? Porque bendito es.
Esaú no podía creer la celada con que le arrebataron su bendición. Recordó el cuento de su nacimiento y la forma en que Jacob lo había tomado por el calcañar, la artimaña con que le compró la primogenitura, y ahora esto. Dejó caer el guiso de sus manos y sintió dolor.
–Razón tuviste al llamarlo Jacob; me ha suplantado dos veces. Pero debe quedarte alguna bendición para mí.
–Hijo –dijo Isaac con tristeza. Yo le puse por encima de ti. Y le entregué lo que para ti había guardado… ¿Qué cosa, entonces, puedo darte?
–No sé, viejo, dame algo, no me dejes así –pidió llorando Esaú.
Entonces Dios inspiró la mente de Isaac y le bendijo:
He aquí será tu habitación en grosuras de la tierra,
Y del rocío de los cielos de arriba;
Y por tu espada vivirás, y a tu hermano servirás;
Y sucederá cuando te fortalezcas,
Que descargarás su y**o de tu cerviz.