El despacho de Nathan Saint Claire era un torbellino de actividad. Hombres entraban y salían, llevando y trayendo mensajes, mientras el mayordomo Thomas intentaba mantener algo de orden en el caos. Pero lo que realmente llenaba el aire era la angustia palpable de Nathan, quien caminaba de un lado a otro con el bastón golpeando con fuerza el suelo, dictando órdenes rápidas y revisando mapas de la ciudad. Cada movimiento suyo reflejaba el miedo que luchaba por ocultar. - ¡Quiero a todos los hombres en las calles! - ordenó, señalando uno de los mapas extendidos sobre su escritorio- Peinen cada callejón, cada taberna, cada carruaje que se cruce en su camino. No hay tiempo que perder. Los criados y escoltas asentían antes de salir a toda prisa, dejando la puerta entreabierta. Fue en ese momen

