Tras unos minutos de intercambio de cortesías, Elizabeth se dirigió hacia una esquina discreta del salón, en un reservado separado con un elegante biombo donde Emily la esperaba con una sonrisa cómplice. Emily, con su cabello recogido elegantemente y un vestido azul celeste que realzaba sus delicados rasgos, parecía una simple clienta. Solo Elizabeth, quien conocía cada uno de sus gestos y miradas, podía percibir la tensión en sus hombros y la urgencia en sus ojos.
-Lady Saint Claire, ¡Qué alegría verla! -dijo Emily, alzando la mano en un saludo amistoso.
-Emily, querida, siempre es un placer coincidir contigo aquí - respondió Elizabeth, tomando asiento frente a ella en tanto Robert y Sarah se sentaban en una mesa cercana.
Apenas se acomodó en el asiento, Emily deslizó una servilleta bajo la tetera que estaba en el centro de la mesa. Elizabeth, sin perder la compostura, levantó la tetera para servir té en su taza, recuperando la servilleta con la otra mano. Bajo el pretexto de limpiarse los labios, Elizabeth desdobló la servilleta y leyó el mensaje escrito en clave:
“Conde de la Roche, huésped inesperado, lugar de encuentro bajo vigilancia. Hora límite: 2 días.”
-¿Has probado los nuevos pasteles de frambuesa, querida? - comentó Emily con naturalidad.
Elizabeth asintió y fingió una sonrisa de aprobación mientras su mente procesaba el mensaje. En dos días, la Rosa Blanca debía estar lista para extraer al conde de su alojamiento y llevarlo a un lugar seguro, fuera del alcance de cualquier sospecha. Sabía que el riesgo era alto; si el salón estaba siendo vigilado, la operación requeriría una precisión impecable.
-Tendré que pedir una caja para llevar - respondió Elizabeth con una voz ligera - Estos pasteles tienen un sabor tan delicado que no puedo dejarlos aquí. Yo misma los llevaré.
Ambas mujeres compartieron una mirada y Elizabeth supo que Emily había entendido su instrucción implícita. La mención de “una caja para llevar” indicaba la necesidad de preparar una ruta alternativa de escape para el conde de la Roche, en caso de que el plan inicial se viera comprometido. La operación exigía que las damas de la Rosa Blanca mantuvieran su impecable fachada, mientras sus mentes trabajaban en la logística del rescate y la frase de “yo misma los llevaré” dejaba claro que ella sería quien lo contactaría para lograr su salida.
Elizabeth tomó su taza y mientras saboreaba el té, observó nuevamente el salón. Su red se extendía mucho más allá de las paredes de Heaven. Cada persona allí, incluso los clientes más desprevenidos, representaba una pieza en el tablero de ajedrez en el que la Rosa Blanca movía sus fichas con una sutileza que desafiaba a sus enemigos.
Elizabeth sintió un estremecimiento en su interior al releer el nombre en la nota: Conde de la Roche. Aquello le añadió una carga inesperada al rescate. Gabriel de la Roche no era un noble cualquiera; su nombre resonaba como un susurro peligroso entre quienes, como ella, se dedicaban a la labor clandestina del espionaje. Era conocido por su valentía y la astucia con la que había logrado salvar a varios nobles franceses en situaciones extremas, no sólo durante la guerra si no también durante los disturbios de la monarquía de julio, convirtiéndose en una figura clave entre los aliados de la causa.
Aunque no lo conocía en persona, los informes sobre su labor como espía y militar le resultaban familiares. Gabriel de la Roche tenía fama de ser perspicaz, casi imposible de engañar y su habilidad para mezclarse entre la nobleza inglesa y francesa sin levantar sospechas era legendaria. Saber que él mismo requería ahora la ayuda de la Rosa Blanca despertó en Elizabeth una mezcla de curiosidad y responsabilidad: el rescate debía realizarse con una precisión excepcional, y, por encima de todo, sin revelar ni un solo detalle de su red secreta.
Con la misión, ahora más clara, la mistomó un matiz inquietante. Gabriel de la Roche, quien años atrás había sido admirado como un hombre de valor y astucia en la resistencia francesa, ahora era un aristócrata endurecido y consumido por la desconfianza y el desdén. Elizabeth sabía que rescatar a un hombre así, amargado por las traiciones de su propia sangre y envenenado por el rechazo de la sociedad inglesa, implicaría no solo un reto físico, sino también psicológico. Su arrogancia y su inclinación hacia el alcohol y el opio podían volverse tanto una ventaja como un riesgo, algo que Elizabeth tendría que manejar con sumo cuidado.
Para ella, esto significaba más que una simple operación de rescate. Ganarse la confianza de un hombre que aborrecía a los británicos y que llevaba las cicatrices de una vida marcada por la traición era una tarea que requería algo más que astucia. Tendría que convencerlo, aún sin revelar las intenciones reales de la Rosa Blanca, de que ella era su única opción segura.
Elizabeth leyó y varias veces la nota con cada vez más intensidad, hasta que sus dedos se crisparon ligeramente sobre el papel. La información sobre el Conde de la Roche había tomado un giro que no esperaba, aunque explicaba mucho: Gabriel no solo estaba siendo vigilado por los franceses; también había escuchado que había perdido el título de sucesor y la herencia familiar, arrebatado en un acto de traición por parte de su propio primo.
-¿Por qué ahora? - murmuró Elizabeth mientras se volvía hacia Emily para obtener la confirmación final.
Emily, que estaba revisando la ruta de escape y ultimando detalles, alzó la vista. En sus ojos, Elizabeth vio una mezcla de tristeza y determinación.
-Porque ya no le queda nada que lo retenga y su primo se ha asegurado de eso - respondió Emily en un tono apagado, apenas un susurro - Su padre y su gente le han dado la espalda al creerle a su primo.
Elizabeth asintió, comprendiendo finalmente la gravedad de la situación. La traición había sido la chispa que, junto con el trato cruel de la sociedad inglesa, lo había convertido en alguien impredecible, amargado y peligroso para cualquiera que intentara acercarse demasiado.
En dos días, en el baile del palacio, Elizabeth tendría la oportunidad de encontrarse con él. Emily y Anne se encargarían de las distracciones necesarias entre los diplomáticos y la nobleza mientras ella se ocupaba de captar la atención de Gabriel. Sabía que solo una ocasión como esa permitiría que un hombre tan escurridizo bajara la guardia el tiempo suficiente para poder convencerlo de que confiara en ella, al menos lo justo para ponerlo a salvo.
Elizabeth bajó la vista hacia sus manos, que aún sostenían la nota de Emily. Tomó aire lentamente, dejando que la calma volviera a su pecho, antes de doblar el papel y guardarlo en un pequeño bolsillo oculto en su vestido. Lo quemaría al llegar a casa.
Aquella misión era peligrosa, pero la historia de Gabriel de la Roche le resultaba, en cierto modo, cercana. Sabía de primera mano lo que significaba luchar contra las intrigas familiares y proteger el legado de un nombre.
-Entonces, el baile será nuestra única oportunidad de acercarnos sin levantar sospechas - concluyó en voz baja, mirándose en un espejo cercano. El reflejo de sus ojos mostraba una resolución implacable - Y yo me aseguraré de que se deje convencer.
Emily asintió y se preparó para irse, pero Elizabeth hizo una pausa antes de salir también. Con el plan en mente y la información suficiente para anticipar las reacciones de Gabriel, comprendía el desafío que le esperaba: la misión no solo implicaba sacarlo de Francia y dejarlo en Inglaterra, sino también romper las barreras de desconfianza y la armadura que había construido a lo largo de años de dolor y traición.
-Vamos, Emily. Hay mucho que preparar y tenemos poco tiempo - le dijo haciéndole un gesto a Sarah y Robert quienes se levantaron con rapidez - Vamos por un vestido...
Volviendo al papel de joven noble, sonrió a las damas antes de salir acompañada de su amiga a la boutique.
Gabriel de la Roche dejó escapar un gruñido de exasperación al cerrar la puerta de su habitación en la embajada francesa en Londres.
Apenas había conseguido un momento de respiro de las miradas inquisitivas de los otros diplomáticos, los que vigilaban cada uno de sus movimientos como si fuera un criminal. La embajada, un sitio donde debería sentirse seguro, ahora se sentía más como una prisión donde sus compatriotas lo consideraban una amenaza en lugar de un aliado.
Desató con rudeza la bufanda de su uniforme, arrojándola a la cama y comenzó a desabotonar la chaqueta, tirando de cada botón con impaciencia. La presión y el resentimiento se arremolinaban en su interior, ahogándolo. Aquel papel ridículo que debía interpretar como parte de la comitiva del nuevo embajador era un insulto para alguien que había arriesgado su vida por Francia en más ocasiones de las que podía contar.
Justo cuando estaba por quitarse la chaqueta por completo, un leve ruido en el suelo lo sacó de sus pensamientos. Volvió la mirada hacia la puerta y vio un pequeño papel que se había deslizado por debajo.
Frunció el ceño, extrañado. Dio un par de pasos, observando el papel con recelo, como si fuera a desvanecerse en cualquier momento. Finalmente se inclinó, lo recogió y lo desplegó lentamente. A medida que sus ojos recorrían la breve nota, un destello de incredulidad y luego de esperanza iluminó su mirada.
“Dentro de dos días, durante el baile de las credenciales, será su oportunidad de escapar. Esté atento al abanico con una rosa frente a una flor de lis.”
Gabriel exhaló, pasando una mano por su mandíbula mientras releía el mensaje. La tinta era clara y precisa, pero no reconocía la escritura. Aún así, el contenido no dejaba lugar a dudas: alguien había estado observando su situación, planeando una forma de sacarlo de aquella red de vigilancia que parecía estrecharse a su alrededor.
¿Un abanico? ¿En un baile? Gabriel dejó escapar una breve risa irónica. Su vida pendía ahora de un objeto tan delicado y ornamental y sin embargo, comprendió de inmediato la importancia del símbolo. La rosa frente a la flor de lis era un mensaje de apoyo a la monarquía francesa, aunque la elección de un abanico, un accesorio de mujer, le parecía una ironía apenas soportable. No le quedaba otra opción que confiar en una señal frágil, una única oportunidad de libertad en medio de una noche en la que todos los ojos estarían puestos en el intercambio diplomático.
Volvió a leer la nota, paladeando cada palabra con una mezcla de escepticismo y necesidad. Aquel era el único intento de contacto que alguien se había atrevido a hacer desde su llegada y la precisión del mensaje le indicaba que quien estaba detrás no era un simple aventurero. Observó los detalles una y otra vez, buscando algún indicio, algún nombre o firma que le diera una pista sobre el misterioso aliado, pero no había nada. Solo la instrucción, clara y precisa.
Gabriel arrugó el papel entre sus manos, sintiendo la tensión acumularse nuevamente en sus músculos. Había pensado que su situación no podía empeorar, que ser desterrado de su propia casa, perder su título y despojado de su herencia era ya el fondo, pero la realidad parecía decidida a probarlo.
Conspiración, traición... su propio primo le había tendido una trampa de la que apenas se había recuperado y ahora se veía rodeado de supuestos aliados que parecían ansiosos por encontrar una excusa para entregarlo a las autoridades francesas.
La idea de escapar despertaba en él una mezcla de alivio y desafío. No obstante, algo en el tono de la nota le dejaba un sabor amargo en la boca. Sabía que, de aceptar aquella ayuda, dependería de alguien más, de un desconocido cuya lealtad no podía verificar y cuyas intenciones podrían ser tan dudosas como las de sus enemigos en la embajada. Pero las opciones eran escasas y el tiempo corría en su contra.
Con un suspiro, Gabriel leyó la nota por última vez y la arrojó al fuego de la chimenea que estaba encendida en la habitación asegurándose que no quedara rastro de ella antes de sentarse en un sillón en tanto se servía una copa de ajenjo como una forma de no pensar en su situación.