El Baile de Credenciales

1836 Words
El salón del Palacio de Saint James resplandecía con una opulencia desbordante, cada detalle diseñado para reflejar la tranquilidad y el control que el Reino Unido pretendía proyectar, a pesar de los conflictos que agitaban el continente. Los candelabros dorados colgaban como joyas celestiales, iluminando con una luz suave y cálida los relucientes trajes de gala, las sedas y encajes que cubrían a las damas y los uniformes impecables de los caballeros. La orquesta, ubicada en el extremo norte del salón, tocaba una pieza ligera que parecía flotar en el aire, un vals que invitaba a la conversación sin opacar el murmullo de las palabras diplomáticas y los intercambios de miradas entre los asistentes. Gabriel de la Roche permanecía al margen de la pista de baile, sumido en una tensión apenas visible para quien no lo conociera. Observaba el lugar con una mezcla de inquietud y determinación; la advertencia de la nota recibida días antes resonaba en su mente y aunque aquel escenario reluciente parecía idóneo para perderse entre la multitud, las miradas que se clavaban en su espalda eran como anclas que le impedían moverse con libertad. Era irónico que el ambiente diplomático el que debía ser más transparente para lograr acuerdos, tratados de paz y alianzas de cooperación fuese el más sombrío y lleno de peligros. Por lo menos en el campo de batalla te miraban a la cara cuando te atacaban, aquí solo eran movimientos entre humos, espejos y sonrisas falsas. De vez en cuando, sentía la mirada escrutadora de los soldados y diplomáticos franceses a su alrededor, una red invisible que lo atrapaba con cada paso. Fingían estar atentos a las conversaciones y los bailes, pero Gabriel sabía que no dejaban de observarlo. A pesar de que intentaba aparentar calma, sus ojos vagaban con atención por el salón, escaneando cada detalle, cada rostro, en busca de la señal prometida: un abanico decorado con una rosa y una flor de lis. La espera comenzaba a erosionar su paciencia y el tiempo parecía avanzar más despacio, como si incluso los segundos se resistieran a ofrecerle una salida. Había demasiadas mujeres con abanico y cuando trataba de fijarse en uno, el movimiento era rápido o su visión se obstaculizaba por la gente en movimiento. Al otro extremo del salón, Elizabeth Saint Claire se movía con una seguridad discreta y elegante, casi como si fuera una sombra dentro de la alta sociedad que la rodeaba. Sabía que el menor gesto podría ser interpretado, el menor paso observado y por ello actuaba con cautela, sin apresurarse, midiendo cada movimiento mientras se deslizaba entre el gentío. Su vestido, de un verde oscuro que destacaba sobre la paleta de colores pálidos de las demás damas, acentuaba su porte distinguido y el abanico que llevaba entre sus manos - con una rosa pintada en delicado contraste frente a una flor de lis- era su carta de presentación para esta noche. Observó a Gabriel desde lejos, con la aguda mirada de quien analiza la escena antes de lanzarse a la acción. Había escuchado los rumores que rodeaban a aquel hombre; sabía que era alguien endurecido por las pérdidas y consumido por el desprecio hacia la nación a la que ella pertenecía. La expresión severa en su rostro no era únicamente de cautela; era la mirada de alguien que había dejado atrás la esperanza. Sin embargo, detrás de esa fachada de dureza, Elizabeth percibía algo más, una llama, pequeña pero aún viva, que la motivó a seguir adelante. Con una última mirada hacia sus alrededores, se aseguró de que no hubiera rostros conocidos de los que desconfiar. Los franceses que rodeaban a Gabriel, algunos oficiales de alto rango, otros diplomáticos de mirada astuta que no dejaban de vigilarlo, como si esperaran que cometiera un error. Elizabeth sabía que acercarse demasiado de manera directa pondría en riesgo todo el plan; necesitaba esperar el momento justo, uno en el que Gabriel pudiera notar la señal sin levantar sospechas. Mientras avanzaba, se detuvo a charlar brevemente con un grupo de damas, sus sonrisas y risas cuidadosamente calibradas para proyectar una imagen de indiferencia. Todo en ella era control y precisión, cada palabra calculada para desviar la atención de su verdadero propósito aquella noche. La voz de una de las mujeres la sacó brevemente de sus pensamientos. -Lady Saint Claire, ¿No es usted quien donó las hermosas obras de arte para la subasta de esta semana? He oído que los fondos recaudados han sido impresionantes - comentó una duquesa con tono adulador. Elizabeth le dedicó una sonrisa encantadora y respondió con modestia, su mirada aun vagamente centrada en Gabriel al otro lado del salón. -No puedo llevarme el crédito, Su Gracia. Fue mi padre quien las escogió, yo sólo fui en su representación. Pero me alegra escuchar que ha sido de ayuda. Sin duda, la subasta fue un evento gratificante para todos. La conversación continuó unos minutos mientras su mente, sin embargo, permanecía en su objetivo. Era consciente de que, en cuanto cruzara la línea que dividía sus caminos, Gabriel interpretaría cada uno de sus gestos y movimientos. Ella solo tenía una oportunidad de acercarse sin despertar las alarmas. Finalmente, cuando la charla concluyó, Elizabeth se despidió con una reverencia y caminó con elegancia hacia la zona cercana a Gabriel. Sin mirarlo directamente, se ubicó a una distancia prudente, lo suficientemente cerca para captar su atención y al mismo tiempo, lo suficientemente lejos para que nadie más notara su interés en él. Al abrir el abanico, lo movió lentamente, asegurándose de que los detalles de la rosa y la flor de lis fueran claramente visibles. Fue un gesto sutil, casi desapercibido y, sin embargo, una señal inconfundible para quien estaba al tanto. A lo lejos, Gabriel captó el movimiento. Al principio, dudó en caso de ser una coincidencia, pero cuando sus ojos se encontraron brevemente con los de Elizabeth, la certeza se asentó en su mente. Allí estaba la señal prometida: el abanico en el que una rosa se enfrentaba a una flor de lis. Gabriel observó la escena, intentando contener el desconcierto que le provocaba la inesperada señal. La mujer que sostenía el abanico era una dama de porte elegante y movimientos claramente estudiados desde temprana edad y que irradiaba una presencia imposible de ignorar. Su expresión distendida, sus pasos ligeros y su manera de inclinarse en las conversaciones sugerían una nobleza intrínseca. Por un instante, la duda le recorrió los pensamientos. ¿Realmente aquella dama formaba parte de un plan para ayudarlo a escapar? ¿Era acaso posible que una mujer de su estatus estuviera involucrada en algo tan arriesgado? No, no podía ser posible. Se veía tan delicada y frágil como cualquier dama noble. Conocía demasiadas jóvenes nobles que sólo se enfocaban en sus vestidos y en la próxima tertulia que podía identificarlas a leguas de distancia. La desconfianza que llevaba meses fermentando en él, acumulada tras años de traición y rechazo, hizo que su mente rechazara la idea de inmediato. Su primer impulso fue evitar cualquier acercamiento, alejarse de cualquier interacción que pudiera comprometer su ya precaria situación en la embajada. Podría estar en juego su vida. Pero el abanico… la rosa y la flor de lis. Era la señal acordada, era el mensaje específico ¿Podría ser ella realmente su contacto, su única esperanza de libertad? El conde dudó, sintiendo el impulso de dirigirse hacia ella y confrontar aquella extraña oportunidad, pero la rigidez de la costumbre lo hizo vacilar, inmovilizado en medio de la encrucijada entre el miedo y la posibilidad. Sin embargo, no reparó en los ojos vigilantes que lo rodeaban. Los oficiales franceses a su lado, hasta ahora tan discretos, parecían inexplicablemente atentos. Uno de ellos, el capitán Moreau, sonreía con aparente despreocupación, hablando en voz baja con otro de sus colegas, pero su mirada no se apartaba de Gabriel. No pasó mucho antes de que el capitán, como parte de un movimiento casual, se inclinara para llenar la copa de Gabriel de una de las botellas que el servicio británico había dejado en la mesa. Observando por el rabillo del ojo, Gabriel notó el ademán, aunque no le dio importancia, ni a la manera cuidadosa en que Moreau vertía el líquido ni al breve gesto que hizo al deslizar una mano sobre el borde de la copa, como si la estuviera inspeccionando. Moreau alzó su copa en un brindis informal, invitando a Gabriel a hacer lo mismo. -Pour la France, Chevalier de la Roche - susurró con una sonrisa casi divertida. Gabriel, aún perturbado por la imagen de la dama con el abanico y la señal que creía haber visto, levantó su copa de manera automática, absorto en sus propias cavilaciones apurando el contenido que ardió en su garganta. Apenas había alejado el cristal a sus labios cuando un pensamiento perturbador lo detuvo: ¿Por qué Moreau lo trataba con tanta deferencia esta noche? Aquello no coincidía con el desprecio apenas disimulado que había percibido de sus compatriotas desde su llegada a Inglaterra. No sólo por sus logros en la guerra si no porque su familia era de la antigua aristocracia por lo que su título, aunque inferior al de sus acompañantes era de mayor rango y se le debía el respeto pertinente. En ese instante, sintió un leve escalofrío recorrerle la espalda. ¿Era posible que aquel brindis fuera una trampa? El joven se detuvo, sosteniendo la copa en alto después de beber mirando de reojo a sus acompañantes. Con la experiencia de quien ha aprendido a desconfiar, deslizó su mirada de manera imperceptible hacia el capitán, notando los detalles que antes había pasado por alto: la leve rigidez en los hombros, la forma tensa en que sostenía su propia copa, como si estuviera esperando ver algo en Gabriel ¡Mierda! Fue descuidado. Mientras el capitán lo observaba, la decisión de Gabriel fue rápida y calculada. Con una sonrisa burlona, en lugar de volver a beber, inclinó la copa hacia el suelo, como si pretendiera derramar un poco en señal de respeto. El vino manchó el suelo a sus pies y Gabriel murmuró algo en voz baja que Moreau no alcanzó a escuchar. La tensión en el capitán era ahora evidente y Gabriel no necesitaba una confirmación adicional para saber que su instinto había sido correcto. Cerrando la mano con fuerza alrededor de la copa, Gabriel sintió cómo el resentimiento y la furia se agitaban en su pecho. Le estaban tendiendo una trampa, una que en aquel entorno refinado podía pasar desapercibida como un simple accidente y el solo hecho de pensar en ello le hizo rechinar los dientes. Si no lo hubiese bebido, habría tenido forma de defenderse, de probar que alguien en su propio equipo había conspirado en su contra. En medio de aquel entorno lujoso, el veneno en su cuerpo era su sentencia de muerte, dejándolo expuesto ante la embajada los ingleses, asegurando su condena bajo las sospechas de traición que lo habían perseguido hasta allí. Bastardos. Malditos bastardos. Lo pagarían caro.
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