Intercepción

2312 Words
Savannah es la primera en despertar, a su lado está su esposo, aún rendido, está muy agotado y no es para menos. Sean se despertó en la madrugada y quiso más de su esposa, ella no se negó. Aun con ardor entre sus piernas, le dio paso al joven para que irrumpiera en su interior una vez más. Es que el placer que recibió su cuerpo sobrepasa el dolor que percibió. Por primera vez se sintió amada. Con cuidado se levanta de la cama sin antes darle un beso a Sean. Entra al baño esperando que el agua fría alivie el ardor. Con suavidad masajea su zona íntima con jabón, mientras ve cómo se convierte en una espuma rosada que recorre por sus piernas. Toda su atención está puesta en el agua que se va por el grifo, cuando de repente siente besos en su cuello. Su querido Sean la voltea para besar sus labios y hacerla olvidar nuevamente que, allá fuera, existen personas que no precisamente los quieren ver juntos. —Te amo, Savannah. —Te amo, Sean. Dos horas más tarde… Sean llega a su casa luego de dejar a Savannah en su residencia. Si fuera por él, se quedaría a vivir libremente con ella en el hotel; sin embargo, la juiciosa chica le sugirió de ir con calma. Al entrar, lo espera Lucinda con los brazos cruzados y con el rostro furioso por la escapada de su hijo. Al lado de su madre se encuentra su padre, quien lleva tres años divorciado de ella. Después de la muerte de su hijo mayor, simplemente la convivencia con Lucinda se tornó insoportable. Ahora el hombre está nuevamente casado y esperando su tercer hijo. Aunque eso no lo exime de la responsabilidad que tiene con el chico de 18 años que, sin decir palabra alguna, se sienta frente a ellos y solo espera los reproches. —Tu madre estaba muy preocupada por ti, saliste de la casa muy tarde en la noche y hasta ahora regresas, ¿dónde estabas? Pregunta Robert. Sean solo niega por la actitud de su padre, está divorciado de su mamá y aún se deja manipular de ella. Lucinda ve que su hijo no responde; su enojo se hace más evidente. —¿No escuchaste lo que te preguntó tu padre? No puedes perderte de esta forma, Sean. Estás a punto de alcanzar tus sueños, ¿acaso lo piensas desperdiciarlo por andar con esa chiquilla cualquiera? - Sean agranda los ojos —No me mires así, seguro es igual que la madre, o no sabes a qué se dedicaba… —No te voy a permitir que hables de esa forma de Savannah, lo que haya sido su madre no tiene nada que ver con ella - le advierte. —Los dos cálmense. Sean, no le hables de esa forma a tu madre. Solo quiere saber dónde estabas, qué hacías… —Para tranquilidad de los dos, no me estaba drogando como su hijo predilecto y, para desgracia tuya madre, estaba casándome con la chica que amo, ¿felices? - dice sin rodeos. Se levanta de su silla y camina hacia su cuarto, dejando sin palabras a sus padres. Keyler era su hermano mayor, llegó a firmar con la NFL, sin embargo, no duró mucho. Se juntó con las personas menos indicadas, en eso estuvo involucrada una chica de tez morena que no era la mejor compañía. El joven creyó haber elegido bien y resultó que ambos perdieron la vida en una fiesta en Los Ángeles, California, donde estuvo involucrado alcohol, sexo desenfrenado y muchas drogas. Hasta ahí llegó el sueño de Keyler Perry, una estrella en ascenso. El miedo de Lucinda es que vuelva a pasar el mismo episodio. Su temor tiene razón de ser; no obstante, la obsesión que ha desarrollado hace que las personas allegadas terminen alejándola. —Supongo que no puedo reprocharle por lo que hizo, yo me casé contigo a su edad. Ya está hecho, solo hay que apoyarlo - dice Robert —Te doy un concejo, no lo presiones tanto, o cuando menos lo pienses terminarás perdiendo a otro hijo. Termina de decir y sale de la casa que por quince años compartió con ella. Pero Lucinda sabe que no lo permitirá, no dejará que otra mujer le arrebate a un hijo. En unos meses empezarán los entrenamientos y Sean debe estar concentrado, al mismo tiempo que debe elegir una universidad. La castaña toma su bolso y se dirige al lugar hacia la cafetería donde sabe que trabaja la chica, dispuesta a hacer lo que le corresponde para cuidar de su hijo. Unos minutos conduciendo llega al establecimiento; para su suerte, no hay tantos clientes, así que puede tomarse la libertad de interrumpir a Savannah, mientras coloca un mantel en la mesa. —Escucha bien lo que te diré, muchachita, aléjate de mi familia, sobre todo de mi hijo. Sean, tiene un futuro por delante y tú no estás incluida - dice con voz autoritaria. —Señora Perry, yo… - habla confundida por la repentina aparición de su suegra. —Cuando mi hijo vuelva a buscarte, dile que no quieres estar más con él, de lo contrario me encargaré que Sean no pueda realizar su meta. Me comunicaré con todas las universidades para que no lo contraten - le confiesa su plan. Savannah ríe sin gracia. —Usted no haría eso, es su hijo - le replica con incredulidad. —Con tal de no verlo con alguien insignificante como tú, si lo haría. Soy capaz de buscar la forma de que él no avance en su vida y te odie por ser su mala suerte - ella se acerca y la sujeta con fuerza de la barbilla —No dejaré que Sean siga casado con la hija de una prostituta, tú no eres la indicada, entendido. Savannah asiente con los ojos llorosos por el dolor que causan aquellas palabras. No es la primera persona que la repudia por ser hija de Gloria, una mujer que utilizaba su exótica belleza para acostarse con cualquiera que le pudiese dar algún beneficio. Para lo último tener un trágico final: murió luego de contraer una enfermedad propia de su trabajo. —¿Qué está pasando aquí? - habla la dueña del lugar y tía de la chica. —Nada, solo le advertía a tu sobrina que se mantenga alejada de mi familia - habla Lucinda. —Si ya lo hizo, le recomiendo que salga de mi cafetería - dice entono exigente. Lucinda sonríe sin gracia y termina saliendo del lugar. Wanda ve a su sobrina y respira profundo. Sabía que esa relación con el apuesto chico le iba a traer consecuencias. Ella es consciente de que Savannah es inteligente, pero lamentablemente nació con dos marcas: la primera su tono de piel, la segunda la profesión de su madre. Se acerca a ella para consolarla. —Tranquila, cariño, no llores, algún día el sol saldrá para ti - le dice con ternura. —No es cierto, tía, nunca saldrá. Siempre me pasan cosas así, ¡todos me odian! - exclama sintiendo dolor en su corazón. —No es cierto, Savannah - acuna su rostro —Yo te amo, Kendra también. Pero muchas personas por aquí creen que te pareces a mi hermana. Cariño, creo que es el momento de pensar en realizar tu vida lejos de Atlanta y Sean. Lucinda no dejará de interferir entre ustedes. —Pero tía, yo lo amo, nos casamos. Además, ¿dónde podría ir yo? —Puedes ir a Santa Bárbara, mamá siempre te ha sugerido vivir con ella. Mi niña, estarás mejor allá. La chica asiente y abraza a su tía. Pensando en que no pude seguir engañando a nadie, sabía que algún día pasaría y que su historia con Sean se acabaría. Antes de que cause más problemas, accede a las amenazas de Lucinda. Marca el número de la casa de quien hasta ahora es su esposo para comunicarse con su suegra. Cuando la mujer levanta el teléfono sin cordialidades, le dice: —Acepto alejarme de Sean. Cuando tenga los papeles del divorcio, me lo envía a esta dirección y no se preocupe, me iré lejos de Atlanta - le asegura. —Muy bien, después de todo eres inteligente, niña - dice y cuelga. Con esto, Savannah siente que la mitad de su vida se fue. Pero sería incapaz de separar a madre e hijo, por una relación de dos jóvenes. A su entender, la chica no juzga a Lucinda. Su hijo mayor murió trágicamente y su esposo se divorció de ella. Tiene miedo de quedarse sola. La chica sabe lo que es estar sola. —Debería entenderlo, mi madre nunca se comportó como una y nunca conocí a mi padre. Si no fuera por mi tía, Kendra y la abuela, estuviese sola en esta vida - dice ella mientras respira profundo y secas sus lágrimas con el torso de su mano. Sean, que no se imagina lo que ha pasado, termina su entrevista con el reclutador de Stanford feliz por el trato pautado. Ahora tendrá las fuerzas suficientes para cuidar de su Diosa egipcia. El chico se cambia para ir al encuentro de su esposa. Con un jean gastado y una sudadera blanca, baja las escaleras de su casa, bajo la atenta mirada de su madre, quien toma su café muy tranquila. —Voy a salir, y si veré a Savannah, ¿tienes algo que decir? —No, cariño, no tengo absolutamente nada que decirte, espero que esa chica no te decepcione, y no tenga que decir, te lo dije. —No lo hará, ella nunca me decepcionará - y sale de la casa. Sube a su auto y conduce hasta los viejos edificios del lado sur de la ciudad. No es el mejor barrio para que ella esté, por eso desea tanto sacarla de allí. Cuando se desmonta, ve cómo un hombre sale del piso de su esposa mientras sube el cierre de su pantalón y detrás de él sale ella con una sonrisa. Con la escena, Sean piensa lo peor, intenta sacar esos pensamientos; sin embargo, todo cambia cuando ve cómo aquel hombre le entrega unos cuantos billetes. Empuña sus manos por la rabia, todos les decían que ella tarde o temprano actuaría como su madre, pero él se negó a creerlo. Sin ir hacia ella para preguntar lo que está pasando, vuelve a su auto y se va del sitio. Por el retrovisor observa cómo Savannah mira hacia su auto; no obstante, su rabia es tan grande que decide continuar conduciendo. —¿Ese no era el auto de tu novio futbolista? - le pregunta el hombre de aspecto descuidado. —Jerry, a ti eso no te importa - le reprocha, sintiendo extraña la acción de Sean. —Hay, perdón, lindura. Espero que no me hayas engañado con la televisión. —Viste que funcionó cuando la encendí, así que no quiero quejas. Por cierto, cómprate un pantalón decente, así no tienes que andar todo el tiempo subiendo el cierre. Entra a su casa, cerrando la puerta con fuerza. Se pregunta por qué Sean vino hasta su casa y se fue sin decirle nada. En su mente recrea que es mejor así, acaba de vender la televisión para reunir dinero suficiente y comprar el billete de avión que la llevará a Santa Bárbara mañana. No tiene que retrasar por más tiempo lo inevitable. Sean, por su parte, llega a su casa enojado por la escena de infidelidad que cree haber visto. Su madre sonríe al ver la reacción de su hijo, y cómo la chica cumplió con lo acordado. Disimula su sonrisa y le pregunta: —¿Ahora qué pasa? - finge desconocimiento. —Tenías razón, Savannah es una cualquiera, no sé cómo me dejé convencer de ella. Sabes que, llama a papá, dile que haga el papeleo del divorcio, quiero que romper cualquier lazo con ella. Lucinda, sintiéndose victoriosa, asiente. Ya tenía todo listo, pero no con su exesposo. Buscó otro abogado para que cumpliera con todas las especificaciones que ella tenía para alejar a la joven de Sean. Santa Bárbara, seis meses después… Seis meses después de llegar a Santa Bárbara, a Savannah le llega el acta de divorcio. Antes de partir de Atlanta, recapacitó y corrió a ver a Sean para confesarle lo que su madre le había advertido. Pero este no quiso hablar con ella, terminó diciendo que le da asco y no quiere verla nunca en su vida. Ella no lo entendió, lo que sí comprendió es el odio que vio reflejado en los ojos de su esposo, seguido de repulsión hacia ella. Sin poder decir nada más, se fue. Lo que Sean ni ella sabían es que dentro del vientre de la chica se estaba gestando el fruto de esa noche de pasión que tuvieron después de haberse casado. —Bueno, bebé, oficialmente, tu papi y tu mami no están casados, y nunca sabrá de tu existencia - dice con tristeza mientras acaricia su vientre. Dentro del sobre de los documentos se encontró una carta de su ex suegra que dice: “Ya es oficial, mi hijo no tiene nada que ver contigo, espero que no lo busques nunca, para que veas que es un buen chico, dejó una limosna”. —¿Limosna? - se pregunta confundida. Sigue buscando en el sobre y encuentra el cheque con un valor de doscientos mil dólares y otra nota escrita con las letras de Sean que dice: “gracias por tus servicios y por entretenerme”. Sorprendida sin entender por qué él le escribió esa nota tan hiriente, la rompe. El cheque lo deja intacto, no porque lo piensa cobrar, sino porque pretende en algún momento restregárselo en la cara. — Entonces, solo se estaba burlando de mí - dice conteniendo sus lágrimas.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD