Capitulo 4: El camino de los guardianes

1312 Words
La oscuridad del túnel los envolvió por completo. Adrián apenas había dado tres pasos dentro cuando la luz rojiza del exterior desapareció detrás de ellos. El pasaje era estrecho, apenas lo suficientemente ancho para que una persona caminara encorvada. —Cuidado con la cabeza —susurró Lira delante de él. Adrián extendió una mano hacia la pared para mantener el equilibrio. La piedra estaba fría y húmeda, cubierta por una fina capa de musgo. —No me dijiste que esto iba a parecer una tumba —murmuró. Lira no respondió de inmediato. Continuó avanzando con paso seguro, como si conociera el camino de memoria. Después de unos metros sacó algo de un pequeño bolso que llevaba en el cinturón. Un momento después, una luz suave iluminó el túnel. Era una pequeña esfera de cristal que brillaba con un tono azulado. Adrián la observó con asombro. —¿Eso es… magia? Lira lo miró por encima del hombro. —En este mundo, la magia no es tan rara como en el tuyo. Adrián soltó un suspiro. —Todavía me cuesta aceptar que ya no estoy en mi mundo. —Te acostumbrarás. —Eso es fácil de decir cuando uno no acaba de atravesar un portal entre mundos hace una hora. Lira dejó escapar una pequeña sonrisa. —Créeme, he visto cosas mucho más extrañas. Continuaron caminando. El túnel descendía lentamente bajo la tierra. El aire se volvió más frío y húmedo a medida que avanzaban, y el sonido lejano de los soldados desapareció por completo. Adrián sintió un leve alivio. —Creo que los perdimos. —Por ahora —respondió Lira. —¿Por ahora? —El Consejo Sombrío no se rendirá fácilmente. Adrián frunció el ceño. —Sigues mencionándolos como si fueran una especie de autoridad. Lira suspiró. —Lo son. El túnel se ensanchó un poco y finalmente desembocó en una cámara subterránea. Adrián levantó la vista. Las paredes estaban cubiertas de símbolos antiguos grabados en la piedra. Algunos de ellos brillaban débilmente bajo la luz azul de la esfera que Lira sostenía. —Esto es increíble… —murmuró. En el centro de la sala había una mesa de piedra enorme cubierta de polvo. Adrián se acercó lentamente. Cuando pasó la mano por la superficie, el polvo se levantó revelando un grabado gigantesco. Un mapa. —¿Es un mapa? —preguntó. Lira se acercó a su lado. —Sí. Adrián observó con atención. El mapa mostraba varios territorios separados por mares, montañas y bosques gigantescos. Pero lo más llamativo eran los símbolos circulares que aparecían en distintos puntos. Adrián señaló uno. —¿Esos son…? —Puertas. Adrián sintió un escalofrío. —¿Todas esas? —Antes existían muchas más. Adrián contó al menos quince en el mapa. —¿Y todas conectaban mundos distintos? —Sí. Lira apoyó la mano sobre uno de los símbolos. —Este —dijo— es el que cruzaste. Adrián observó el punto marcado. Estaba cerca del borde del mapa. —Entonces mi mundo está… ¿ahí? Lira asintió. —Era uno de los más alejados. —¿Era? La mujer dudó. —Algunas puertas dejaron de funcionar hace siglos. Adrián volvió a mirar el mapa. —Entonces si la puerta por la que vine se destruyó… Lira lo miró con expresión seria. —No podrás regresar por ahora. Adrián dejó escapar una risa amarga. —Eso ya lo imaginaba. Se alejó de la mesa y caminó por la sala observando las paredes. Las inscripciones eran aún más complejas de cerca. —¿Qué dicen estos símbolos? —Son registros —respondió Lira—. Historia de los guardianes. Adrián se detuvo frente a una sección específica. Había una escena tallada en la piedra. Un grupo de figuras con armaduras diferentes a las de los soldados que habían visto antes. Sus armaduras eran más simples, pero llevaban un símbolo claro en el pecho: una puerta abierta. —¿Estos eran los guardianes? —Sí. —¿Y qué les pasó? El silencio de Lira fue respuesta suficiente. Adrián volvió a mirar el grabado. Había otra escena junto a la primera. Esta mostraba una batalla. Figuras oscuras avanzaban hacia las puertas mientras los guardianes luchaban por defenderlas. —La guerra —dijo Adrián. Lira asintió lentamente. —El momento en que todo cambió. Adrián siguió observando. En el último grabado algo le llamó la atención. Un hombre. Una figura distinta a las demás. Estaba de pie frente a una puerta rota. —Espera… Adrián se acercó más. La figura estaba tallada con más detalle que las otras. —¿Quién es ese? Lira se tensó. —No deberías mirar eso todavía. Adrián frunció el ceño. —¿Por qué? La mujer se acercó. Observó el grabado durante unos segundos. —Es parte de la profecía. Adrián sintió que su estómago se contraía. —¿La misma profecía que mencionaste? —Sí. —¿Y qué dice exactamente? Lira respiró profundamente. —Dice que cuando las puertas comiencen a romperse, aparecerá alguien capaz de abrirlas nuevamente. Adrián señaló la figura del grabado. —¿Ese hombre? —Sí. —¿Y qué pasa después? Lira dudó. —Después… los reinos caerán. El silencio llenó la cámara. Adrián se apartó del grabado. —Eso es absurdo. —Tal vez. —Yo no soy ese hombre. Lira lo observó con una expresión difícil de interpretar. —Eso aún está por verse. Antes de que Adrián pudiera responder, un sonido profundo resonó en el túnel por donde habían entrado. Ambos se giraron. El eco de pasos metálicos comenzó a acercarse. Adrián abrió los ojos con sorpresa. —No puede ser. Lira apagó la esfera de luz inmediatamente. La sala quedó en completa oscuridad. —Nos encontraron —susurró. El sonido de las armaduras acercándose resonaba cada vez más fuerte. Adrián sintió cómo su corazón comenzaba a latir con fuerza. —Pensé que dijiste que este lugar era secreto. —Lo es. —Entonces ¿cómo…? Lira miró hacia el túnel. —Tal vez alguien nos siguió. Las sombras comenzaron a moverse al final del pasaje. Una luz apareció. Antorchas. Varias. Adrián escuchó voces. —Revisen cada rincón. —La señal de la puerta vino de esta zona. Lira miró rápidamente alrededor de la sala. —Hay otra salida. Adrián se acercó a ella. —¿Dónde? La mujer señaló una grieta estrecha entre dos grandes bloques de piedra. —Ese pasaje lleva a las cámaras inferiores. —¿Cámaras inferiores? —Las partes más antiguas del santuario. Adrián no parecía muy convencido. —Eso suena peor que este lugar. Lira sonrió levemente. —Probablemente lo sea. Las voces de los soldados se escuchaban cada vez más cerca. —Tenemos que movernos ahora. Adrián miró una última vez el mapa de las puertas. Algo en ese grabado seguía inquietándolo. La figura frente a la puerta rota. La forma en que estaba tallada. Demasiado parecida a… Sacudió la cabeza. —De acuerdo. Vamos. Lira abrió el pasaje estrecho entre las rocas. Un aire aún más frío salió desde el interior. Adrián miró hacia el túnel principal. Las sombras de los soldados ya eran visibles. —Bien —dijo—. Después de ti. Lira entró primero. Adrián la siguió inmediatamente. La grieta se cerró detrás de ellos con un sonido de piedra desplazándose. Justo cuando los soldados entraban en la sala. Uno de ellos levantó la antorcha. Observó el mapa tallado en la mesa. Y el grabado de la profecía. El capitán de los soldados se acercó lentamente. Su mirada se detuvo en la figura frente a la puerta rota. Sonrió. —Así que es cierto. Los otros soldados lo miraron. —¿Qué cosa, capitán? El hombre señaló el grabado. —El extranjero ha regresado. Y por primera vez en siglos, la profecía de las puertas rotas comenzaba a cumplirse.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD