Capítulo 1 La tormenta y la puerta

1355 Words
La tormenta comenzó sin aviso. El cielo, que minutos antes había estado cubierto por una calma gris, se volvió de pronto n***o como si alguien hubiese derramado tinta sobre las nubes. El viento se levantó con una violencia que parecía imposible para una noche que había comenzado tan tranquila. Adrián Varela lo sintió antes de verlo. Siempre le ocurría algo así con las tormentas. No sabía explicarlo bien. Era como una presión invisible que se acumulaba en el aire, un murmullo en los huesos que anunciaba que algo estaba a punto de romperse. Dejó de caminar. El sendero de tierra que cruzaba el bosque se extendía oscuro frente a él. Los árboles altos se agitaban con el viento y sus ramas crujían como si el bosque mismo estuviera despertando. Un trueno partió el cielo. El relámpago iluminó el bosque por un instante breve y violento, mostrando cada tronco, cada piedra, cada sombra. Adrián apretó el cuello de su abrigo. —Genial —murmuró para sí—. Justo lo que necesitaba. Había tomado ese camino para evitar la carretera. No le gustaban los lugares donde había demasiada gente. Las ciudades eran ruidosas, caóticas, llenas de rostros que parecían mirar demasiado. El bosque, en cambio, siempre le había dado cierta paz. Pero esa noche el bosque se sentía distinto. Como si algo estuviera esperando. La lluvia empezó a caer segundos después. Primero fueron unas gotas pesadas. Luego un aguacero que golpeó las hojas y el suelo con una fuerza brutal. Adrián miró a su alrededor buscando refugio. No había mucho. El sendero continuaba entre rocas cubiertas de musgo y árboles viejos que parecían haber estado allí durante siglos. Entonces lo vio. No estaba allí antes. Estaba seguro. Entre los árboles, apenas visible bajo la lluvia, se alzaba algo que no debería existir en medio de ese bosque. Una estructura de piedra. Adrián frunció el ceño. Se acercó con cautela. Los relámpagos seguían cayendo, iluminando el paisaje con destellos irregulares. Cada vez que la luz blanca del cielo aparecía, la estructura se volvía más clara. Era un arco. Un enorme arco de piedra antigua, formado por bloques tallados que el tiempo había desgastado. La estructura estaba parcialmente cubierta de enredaderas y raíces que trepaban por las grietas. Pero lo que más llamó la atención de Adrián fue otra cosa. El arco estaba roto. Una grieta enorme lo atravesaba desde la base hasta la parte superior. Adrián se detuvo frente a él. —¿Qué demonios…? Se acercó más. La piedra no parecía parte de ninguna construcción cercana. No había ruinas alrededor, ni restos de muros, ni señales de que alguna vez hubiera existido un edificio allí. Era simplemente un arco. Una puerta. Una puerta que no llevaba a ninguna parte. Adrián pasó la mano por la superficie de la piedra. Estaba fría. Demasiado fría. Y entonces lo sintió. Un pulso. Se apartó rápidamente. —No… —susurró. Había sido muy leve, pero lo había sentido. La piedra había vibrado. Como si algo estuviera latiendo dentro. Un nuevo relámpago iluminó el cielo. Esta vez la luz reveló algo más. Símbolos. Había marcas grabadas en la piedra. Adrián se inclinó para verlas mejor. No eran letras de ningún idioma que conociera. Eran formas geométricas, círculos incompletos, líneas que se entrecruzaban formando patrones complejos. Extrañamente, le resultaban familiares. Eso era lo que más lo inquietaba. No sabía por qué, pero sentía que había visto esos símbolos antes. Tal vez en un sueño. Tal vez en un recuerdo demasiado antiguo. La lluvia caía cada vez con más fuerza. El viento rugía entre los árboles. Adrián volvió a mirar la grieta que atravesaba la puerta. Dentro de ella había algo. Una luz. Muy tenue. Pero estaba allí. Una luz dorada que parecía respirar. Adrián dio un paso atrás. —No es posible… La grieta comenzó a brillar más intensamente. Un sonido bajo surgió desde el interior de la piedra. No era exactamente un ruido. Era más parecido a un eco. Un eco profundo que parecía surgir de un lugar muy lejano. El aire cambió. Adrián lo notó al instante. El viento dejó de soplar. La lluvia siguió cayendo, pero el bosque quedó en un silencio extraño. Como si todo estuviera esperando. La grieta se abrió un poco más. La luz se intensificó. Y entonces ocurrió. Un rayo cayó directamente sobre el arco. El impacto fue ensordecedor. La tierra tembló bajo los pies de Adrián. El relámpago no se disipó de inmediato. La electricidad recorrió la piedra como si estuviera buscando algo. Las marcas grabadas comenzaron a brillar. Una tras otra. Primero una. Luego otra. Luego todas. Adrián retrocedió. El arco completo estaba iluminándose. La grieta dejó de ser una simple fractura. Se abrió. La piedra se separó lentamente. El sonido que surgió de ella fue profundo, antiguo, imposible. Como si algo que había permanecido sellado durante siglos estuviera despertando. Adrián sintió un escalofrío recorrer su espalda. El espacio dentro del arco ya no estaba vacío. Había algo allí. Una especie de neblina dorada que giraba lentamente, formando espirales de luz. Adrián no podía apartar la mirada. Sabía que debía irse. Sabía que cualquier persona con sentido común habría corrido en dirección contraria. Pero no podía moverse. Había una fuerza extraña tirando de él. No era física. Era algo más profundo. Algo que parecía venir desde dentro de su propia mente. Una voz sin palabras. Un recuerdo que no era realmente un recuerdo. Adrián dio un paso hacia la puerta. La neblina dentro del arco se agitó. La luz se volvió más intensa. El aire vibró. Adrián sintió una presión en el pecho. —¿Qué… eres? —susurró. La puerta respondió. No con palabras. Con imágenes. Durante una fracción de segundo, algo apareció en su mente. Un paisaje. Montañas negras. Un cielo rojo. Torres gigantes que se alzaban sobre ciudades imposibles. Criaturas volando entre las nubes. Y una guerra. Una guerra tan grande que parecía sacudir el mundo entero. Adrián cayó de rodillas. El dolor en su cabeza fue brutal. Las imágenes desaparecieron tan rápido como habían llegado. La lluvia seguía cayendo. La puerta seguía abierta. Y la luz seguía esperando. Adrián respiró con dificultad. —Estoy perdiendo la cabeza… Se levantó lentamente. Pero algo había cambiado. Ahora podía sentirlo claramente. La puerta lo estaba llamando. No era una ilusión. No era imaginación. Era real. Y era imposible ignorarlo. Adrián dio otro paso. Luego otro. Cada vez que se acercaba, la luz parecía volverse más brillante. El aire alrededor del arco estaba cálido ahora. Vivo. Como si la puerta respirara. Adrián se detuvo justo frente a ella. La neblina dorada giraba lentamente dentro del arco. No podía ver qué había al otro lado. Solo luz. Solo misterio. Y sin embargo… Sentía que había estado allí antes. Un pensamiento cruzó su mente. Uno simple. Uno aterrador. Tal vez ese lugar siempre había sido su destino. El viento volvió de repente. Los árboles crujieron. Otro trueno sacudió el cielo. La puerta vibró. La grieta se abrió aún más. El brillo se volvió cegador. Adrián levantó la mano. La extendió hacia la luz. Durante un segundo dudó. Pero solo uno. Luego tocó la neblina. El mundo explotó. La luz lo envolvió por completo. El bosque desapareció. El sonido de la tormenta se desvaneció. Y Adrián sintió que caía. No hacia abajo. Sino hacia otro lugar. Un lugar que no pertenecía a su mundo. Un lugar donde las puertas no eran solo ruinas olvidadas. Eran caminos. Caminos entre reinos. Y acababa de abrir uno que había permanecido cerrado durante siglos. Muy lejos de allí, en un reino que ningún mapa humano había registrado jamás, algo despertó. En lo profundo de una torre negra, una figura cubierta por sombras abrió lentamente los ojos. Un susurro recorrió la sala. Una palabra antigua. Una palabra que nadie había pronunciado en siglos. —La puerta… La figura se levantó. Una sonrisa lenta apareció en su rostro. —Finalmente se ha abierto. Y por primera vez en quinientos años, el destino de los reinos comenzó a moverse. Porque una puerta rota acababa de despertar. Y alguien había cruzado al otro lado.
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