La mansión de Dante Salvatore no parecía una casa.
Parecía una declaración de intenciones.
Alessia lo pensó mientras el coche atravesaba las verjas de hierro forjado y los faros iluminaban la fachada de piedra gris que se alzaba contra el cielo de la noche como algo que llevara siglos esperando ser temido. No había nada cálido en ese edificio. Nada que invitara a entrar. Era bello de la manera en que son bellas las cosas peligrosas: con esa frialdad perfecta que te recuerda constantemente que no fuiste hecho para tocarlas.
Como el hombre sentado a su lado.
Dante había pasado el trayecto mirando por la ventana con el teléfono en la mano, respondiendo mensajes con esa concentración hermética que tenía para todo. No había hablado. Alessia tampoco. Habían agotado las palabras necesarias en la recepción y lo que quedaba entre ellos ahora no era silencio incómodo sino algo más extraño: el silencio de dos personas que todavía están aprendiendo cuánto espacio ocupa la otra.
Ella había pasado el trayecto mirando sus propias manos.
El anillo seguía ahí. Claro que seguía ahí. Pero cada vez que lo veía en su dedo le producía una pequeña descarga, como tocar metal en invierno. Un recordatorio físico de que esto era real. Que no era un sueño del que fuera a despertar en su antigua habitación con sus cosas y su vida y su nombre todavía intacto.
Alessia Romano.
Alessia Salvatore, ahora.
Dos palabras que todavía no cabían juntas en su cabeza.
Marco, el asistente de Dante, la esperaba en la entrada. Era un hombre de unos cincuenta años con cara de no haber sonreído nunca y una eficiencia silenciosa que resultaba casi reconfortante comparada con todo lo demás. La guio por pasillos de mármol oscuro, escaleras amplias, hasta un ala de la segunda planta donde las habitaciones olían a madera antigua y a flores frescas que alguien había colocado esa misma tarde.
Detalles de bienvenida. Fríos como todo lo demás en esta casa.
—El señor Salvatore le hace saber que esta parte de la planta es suya —dijo Marco, con la misma entonación con que leería un contrato.— Puede personalizarla como desee. Si necesita algo esta noche, pulse el interfono.
Y se fue.
Alessia se quedó sola en el centro de una habitación que era tres veces más grande que cualquier espacio que hubiera tenido antes y que, a pesar de eso, o precisamente por eso, se sentía como la celda más elegante del mundo. Se sentó en el borde de la cama. Se quitó los tacones. Puso los pies en el suelo frío y dejó que el frío le subiera por las plantas, anclándola.
Respira, se dijo. Estás bien.
No estaba bien. Pero iba a estarlo, que no era lo mismo pero se le parecía suficiente por esta noche.
Se estaba soltando el pelo cuando escuchó los nudillos en la puerta.
Tres golpes. Secos. Sin urgencia.
Dante.
Lo supo antes de abrir. Nadie más en esta casa llamaría a su puerta a las once y media de la noche con ese ritmo exacto, con esa falta absoluta de vacilación. Alessia respiró, se miró un segundo en el espejo del tocador —el vestido de novia, el pelo a medio deshacer, los ojos más despiertos de lo que debería estar a estas horas— y abrió.
Él ya no llevaba la chaqueta. Se había aflojado el nudo de la corbata y tenía las mangas de la camisa subidas hasta los codos, y había algo en ese detalle menor, esa pequeña concesión a la humanidad, que lo hacía más difícil de ignorar que cuando iba perfectamente compuesto. Era más fácil no mirar a un hombre cuando parece una armadura. Era más complicado cuando parece, por un momento, que también tiene piel debajo.
—¿Puedo pasar?
La pregunta la sorprendió. Dante Salvatore no parecía el tipo de hombre que pide permiso para entrar en sitios que técnicamente son suyos.
—Es tu casa —dijo Alessia, haciéndose a un lado.
—Es tu habitación.
Entró de todas formas, pero se quedó cerca de la puerta, como si hubiera establecido una distancia mínima y tuviera intención de respetarla. Sus ojos recorrieron el espacio un momento antes de volver a ella, y Alessia tuvo la sensación de que no estaba mirando la habitación. Estaba mirando cómo encajaba ella en ella.
—¿Está todo bien?
—Perfectamente —dijo Alessia, y sonó más seco de lo que pretendía.
Dante asintió despacio. No parecía ofendido. Tampoco satisfecho. Solo presente, de esa manera suya que era como tener a alguien mirándote a través de un cristal: lo veías todo pero no sabías qué estaba pensando al otro lado.
—Hay algo que no te dije antes —empezó, y Alessia se preparó sin que se le notara, esa forma de tensarse por dentro mientras la superficie se queda quieta que había perfeccionado durante años.— Esta semana habrá gente en la casa. Socios. Una reunión que no podía aplazarse. —Una pausa.— Necesito que estés presente en la cena del jueves.
—De acuerdo.
—No como decoración. —Sus ojos se fijaron en los de ella con una intensidad que no era agresiva pero que tampoco dejaba margen de escape.— Estos hombres van a intentar evaluarte. Medir cuánto sabes, cuánto puedes intuir, si eres un punto débil o no. Necesito que no lo seas.
Alessia lo miró durante un segundo largo.
—¿Me estás diciendo que no sea un punto débil o me estás preguntando si puedo evitarlo?
Algo se movió en la expresión de Dante. Tan rápido que casi no lo vio.
—Te estoy diciendo que creo que puedes —respondió.— Hay una diferencia.
Y ahí estaba otra vez. Esa cosa desconcertante que hacía cada cierto tiempo, ese momento en que soltaba algo que no era exactamente un cumplido pero que tampoco era nada de lo que Alessia habría esperado de él, y que le dejaba el suelo ligeramente inclinado bajo los pies.
Lo odió un poco por eso.
—¿Algo más? —preguntó, porque necesitaba que esta conversación terminara antes de que su cara la traicionara.
Dante no respondió de inmediato. Se quedó donde estaba, con los pulgares enganchados en los bolsillos del pantalón, mirándola con esa atención que era como una mano que no llega a tocar pero que calienta el aire a dos centímetros de la piel. La habitación era grande pero de pronto no lo parecía. La distancia que él había mantenido desde la puerta era suficiente en términos prácticos y completamente insuficiente en todos los demás.
Alessia sostuvo la mirada porque apartar los ojos habría sido admitir algo.
No sabía exactamente qué. Solo sabía que no podía permitírselo.
—El vestido —dijo Dante por fin, con una voz que había bajado media octava sin razón aparente.
Alessia parpadeó.
—¿Qué pasa con el vestido?
—Que llevas horas con él. —Una pausa tan pequeña que casi no existió.— Pensé que querrías... que alguien te ayudara con los botones.
El silencio que siguió fue el tipo de silencio que tiene peso. Que ocupa el espacio entre dos personas y lo llena de todo lo que ninguna está diciendo. Alessia procesó la oferta con la parte racional de su cerebro, que le decía que era un gesto práctico, que había una hilera interminable de botones en la espalda del vestido a los que ella no llegaba bien, que no había ningún motivo para que su corazón respondiera a esa frase como si fuera algo distinto a lo que era.
La parte no racional no dijo nada.
Pero tampoco estuvo de acuerdo.
—Puedo sola —dijo Alessia.
Dante asintió una sola vez. Sin insistir, sin retirarse ofendido, sin ninguna de las reacciones que habría tenido cualquier otro hombre en su lugar. Solo aceptó la respuesta como si fuera la única que existía y eso, por alguna razón que Alessia no supo articular, fue peor que cualquier otra cosa que pudiera haber hecho.
Se dirigió hacia la puerta.
Y entonces se detuvo.
No se giró del todo. Solo lo suficiente para que ella viera su perfil, la línea de su mandíbula, la forma en que sus ojos encontraron los de ella por encima del hombro con esa precisión que tenía para todo.
—Duerme —dijo.— Mañana empieza todo de verdad.
Salió. La puerta se cerró con un clic suave.
Alessia no se movió durante treinta segundos completos.
Luego se sentó en el borde de la cama por segunda vez esa noche, se miró las manos, el anillo, el vestido blanco que todavía llevaba puesto, y soltó el aire que no sabía que había estado reteniendo.
Mañana empieza todo de verdad.
Como si hoy no hubiera sido ya demasiado. Como si ella no llevara todo el día construyendo muros a velocidad de emergencia y sintiéndolos tambalear cada vez que él abría la boca. Como si no hubiera algo tremendamente injusto en que el hombre que representaba todo lo que debía odiar fuera también el único en toda esa casa que la había mirado como si fuera una persona entera y no una pieza en un tablero.
Se levantó. Fue al baño. Luchó durante veinte minutos con los botones del vestido y cuando por fin lo consiguió sola, en lugar de sentir satisfacción sintió algo parecido a la pérdida, y eso la enfadó tanto consigo misma que casi fue útil.
Casi.
Se metió en la cama con la luz apagada y el techo alto perdiéndose en la oscuridad sobre su cabeza como el cielo de un país extranjero. Escuchó la mansión asentarse a su alrededor, esos crujidos lentos de las casas antiguas que suenan como respiraciones.
No pensó en Dante.
O eso se dijo.
Tres veces.
Antes de quedarse dormida pensando exactamente en él.