La recepción olía a dinero y a mentira.
Flores blancas por todas partes, champán en copas de cristal tallado, mesas vestidas con mantelería de lino que probablemente costaba más que el alquiler mensual de cualquier persona normal. Todo impecable. Todo calculado para parecer una celebración cuando en realidad era una exhibición. Una puesta en escena para que doscientas personas pudieran irse a casa diciéndose que habían asistido a la boda del año.
Alessia sostenía su copa sin beber.
Llevaba cuarenta minutos en ese salón y ya había memorizado las salidas. Un hábito viejo, de cuando era niña y su padre la llevaba a reuniones donde los adultos sonreían demasiado y hablaban demasiado poco. Siempre sabe por dónde puedes marcharte, le había dicho una vez su abuela. Es lo único que nadie puede quitarte: saber dónde está la puerta.
La puerta más cercana estaba a su izquierda, detrás de una columna de mármol blanco.
Inútil, de todas formas. No había ningún sitio al que ir.
—Estás contando las salidas.
La voz llegó desde su derecha, baja y sin previo aviso, y Alessia tuvo que emplear toda su disciplina para no dar un respingo. Se giró despacio, como si hubiera sabido todo el tiempo que él estaba ahí, como si la proximidad de Dante Salvatore fuera algo que su cuerpo procesaba con calma.
No lo era.
Él también tenía una copa en la mano, aunque tampoco parecía haber bebido. Observaba el salón con esa expresión suya de propietario, la mirada que catalogaba y descartaba en fracciones de segundo. Pero en ese momento sus ojos estaban sobre ella.
—No sé de qué hablas —dijo Alessia.
—Claro que sí. —No era un reproche. Era casi una observación científica. — Lo haces desde que entraste. Izquierda, derecha, las dos puertas del fondo. Es un buen instinto.
Alessia lo miró de frente. Había algo desconcertante en que la hubiera visto hacer algo que ella creía invisible. Algo aún más desconcertante en que no lo usara como munición, sino como dato.
—¿Me has estado observando?
—Te observo desde antes de que llegaras al altar. —Bebió por fin un sorbo, sin apartar los ojos de ella. — Sería un error no hacerlo.
No era un cumplido. No era una amenaza. Era simplemente la verdad dicha en voz alta, con la misma naturalidad con que otras personas comentan el tiempo. Y eso, decidió Alessia, era más inquietante que cualquier otra cosa que hubiera esperado de él.
A su alrededor, la recepción continuaba su coreografía perfecta. Hombres de traje oscuro que se daban la mano con demasiada firmeza. Mujeres que sonreían con la boca mientras medían con los ojos. Nadie se acercaba a ellos. Nadie interrumpía. Era como si existiera un perímetro invisible alrededor de Dante Salvatore que todo el mundo respetaba por instinto.
Alessia se preguntó si algún día dejaría de notarlo. Si algún día ese perímetro la incluiría con naturalidad o si siempre se sentiría como alguien que estaba dentro sin pertenecer.
—Necesito hablarte de algunas cosas —dijo Dante entonces, girándose apenas hacia ella sin abandonar su postura de quien observa el salón. Como si esta fuera una conversación entre iguales en lugar de lo que probablemente iba a ser.
—¿Ahora? ¿En nuestra recepción de boda?
—No hay mejor momento. Aquí nadie nos escucha y los dos sabemos que ninguno de los dos tiene ganas de bailar.
Alessia no respondió, lo cual él interpretó, correctamente, como una invitación a continuar.
—Cuando lleguemos a la mansión esta noche, Marco te enseñará tus habitaciones. Tendrás tu propio ala. Tu propio espacio. —Hizo una pausa breve, no para darle tiempo a reaccionar, sino para ordenar lo que seguía. — No te pido que finjas algo que no existe. Solo te pido que cumplas con lo que se espera de nosotros en público.
—¿Y en privado?
—En privado, cada uno vive su vida.
Alessia procesó eso en silencio. Era, en muchos sentidos, mejor de lo que había temido. Había imaginado escenarios mucho peores durante las semanas previas a la boda, escenarios que no se había permitido desarrollar demasiado porque hacerlo le resultaba insoportable. Esto, al menos, tenía una lógica. Una estructura.
Pero la lógica de Dante Salvatore nunca era gratuita.
—¿Qué esperas de mí exactamente? —preguntó, porque prefería tenerlo claro desde el principio a descubrirlo por las malas.
Él giró la cabeza hacia ella. Algo en su expresión cambió ligeramente, como si la pregunta directa le resultara, si no sorprendente, al menos digna de atención.
—Que aparezcas cuando sea necesario. Cenas, eventos, algunas reuniones donde tu presencia tiene un valor simbólico. Que no hagas nada que ponga en entredicho el apellido que ahora llevas. —Otra pausa.— Y que no me mientas.
—¿Eso es todo?
—No. —Sus ojos volvieron al salón.— También espero que no intentes hacer cosas estúpidas. No por tu bien. Por el de las personas que te importan.
Ahí estaba. El filo debajo de la seda. Alessia lo había esperado desde el principio, desde el primer momento en que su padre le había dicho el nombre del hombre con quien se iba a casar, y aun así, escucharlo enunciado con esa calma quirúrgica le produjo algo que no era exactamente miedo. Era más parecido a la claridad repentina que sientes cuando por fin ves el tablero completo.
—Entendido —dijo, con la misma calma.
—Bien.
Silencio. No un silencio incómodo, sino uno de esos silencios que se instalan entre dos personas que están recalibrando la distancia entre ellas.
—¿Puedo preguntarte algo yo también? —dijo Alessia.
Dante no respondió verbalmente. Pero tampoco se alejó, lo cual ella interpretó como permiso.
—¿Por qué yo? —Su voz no tenía emoción. Era una pregunta táctica, no sentimental.— Hay otras familias. Otras alianzas posibles. ¿Por qué insistir en los Romano?
Durante un momento, pensó que no iba a contestar. Lo vio considerar la pregunta con esa forma suya de procesar las cosas hacia adentro, sin dejar rastro visible en la superficie.
—Porque los Romano tienen lo que yo necesito y yo tengo lo que los Romano necesitan para sobrevivir —dijo por fin.— No hay nada personal en eso.
—Y sin embargo me elegiste a mí.
—Tu padre te eligió a ti. —Una corrección sin crueldad, pero sin suavidad tampoco.— Yo acepté la oferta.
Alessia asintió despacio. Era una distinción importante. Su padre la había puesto sobre la mesa como parte del trato y Dante la había tomado como se toma cualquier activo que tiene utilidad. Sin sentimiento. Sin interés más allá de lo estratégico.
Debería haberle resultado más hiriente de lo que le resultó. Pero llevaba toda su vida preparándose para exactamente esto, aunque nunca con este nombre y este apellido concretos. El dolor, si es que existía, estaba enterrado bajo demasiadas capas de pragmatismo acumulado.
—Una última cosa —dijo Dante, y algo en el tono hizo que Alessia se tensara apenas, un instinto físico que no pudo evitar.
Se giró hacia ella del todo por primera vez desde que habían empezado a hablar. De cerca, sin el altar ni el ritual entre los dos, era una presencia diferente. No más amable, no más accesible, pero sí más real. Más concreta. Había algo en la línea de su mandíbula, en la forma en que sus ojos se movían sobre ella con esa atención absoluta, que resultaba difícil de ignorar aunque Alessia lo intentara con todas sus fuerzas.
—Este matrimonio no es lo que ninguno de los dos habría elegido. —Su voz había bajado un poco más, reservada ahora solo para el espacio que había entre ellos.— Pero es lo que hay. Y en mi mundo, las cosas que existen se respetan o se destruyen. No hay término medio.
Alessia sostuvo su mirada.
—¿Y cuál de las dos vas a hacer tú?
Dante la estudió un instante. Ese instante duró demasiado, o quizás demasiado poco. Luego algo que casi podría haberse llamado apreciación pasó brevemente por sus ojos antes de desaparecer.
—Todavía no lo sé —dijo.
Y se alejó hacia el centro del salón, saludando a alguien con un apretón de manos, volviendo a ser el Dante Salvatore que todo el mundo veía, sin mirar atrás.
Alessia se quedó sola con su copa vacía y esa respuesta dando vueltas en su cabeza.
Todavía no lo sé.
Era la primera cosa honesta que le había dicho.
Y por alguna razón que no supo explicarse, eso era exactamente lo que más la inquietaba de todo lo que había ocurrido ese día.