Dejó su copa, se levantó del sofá y salió de la habitación.
Inmediatamente después, el hombre de rasgos delicados dijo:
—No me siento muy bien… Será mejor que vuelva a casa y tome algo.
En un instante, en la habitación privada solo quedaron Alexander Kingsley… y aquella pequeña y temeraria Aurora Hale, que se había quedado dormida acurrucada cómodamente entre sus brazos.
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A la mañana siguiente, Aurora despertó con un dolor de cabeza insoportable. Sintiendo que la cabeza le estallaría, se la masajeó mientras se incorporaba en la cama. Al abrir los ojos, se encontró mirando directamente un par de ojos oscuros y profundos como el abismo, y sintió un escalofrío.
—Kingsley… señor Kingsley… —murmuró con la boca seca, mientras el corazón se le aceleraba.
Alexander ya no vestía la ropa de la noche anterior. Llevaba un traje impecablemente planchado, hecho a medida con la mejor tela, que realzaba su porte imponente; cada gesto suyo desprendía carisma y autoridad.
—Yo… anoche… ¿hicimos…? —trató de preguntar ella con cautela, pero se detuvo a mitad de la frase.
—¿Mmm? —fue su única respuesta, pronunciada con un tono suave que, sin embargo, no admitía réplica.
Aurora sintió un escalofrío por la espalda y respondió de inmediato:
—No… nada.
Aunque era inexperta, sabía perfectamente cómo funcionaban las cosas. Bajó la vista hacia su ropa y no encontró ninguna señal de que hubieran estado íntimamente juntos. De haber sido así, seguramente habría sentido algo… y no sentía absolutamente nada.
En el fondo, no pudo evitar sentirse ligeramente decepcionada.
Con solo mirar aquel rostro de belleza imponente, envidiable incluso para los dioses, ya tenía razones de sobra para desearlo; ni siquiera pensaba en Dylan en ese momento.
Aurora se arrepintió de haber bebido aquel cóctel de colores que la había dejado fuera de sí de aquella manera. De no ser por eso, ¡quizás lo habría logrado! En ese instante, la voz profunda de él la sacó de sus pensamientos:
—Ya que estás despierta, ve a asearte. Hay ropa limpia preparada para ti; vístete y ven a desayunar.
—¡Está bien! —respondió ella, obediente.
Apartó la colcha de un tirón, se puso de pie y caminó hacia el baño. Sin embargo, apenas dio dos pasos cuando se detuvo, se giró y preguntó:
—Espera… ¿por qué tengo que obedecerte?
Alexander, que ya caminaba hacia la puerta, se detuvo con la espalda tensa. Se giró lentamente y la miró con ojos gélidos:
—¿Prefieres que avise al señor Charles Hale entonces?
Aurora se quedó helada. No le importaba que su padre se enterara de lo ocurrido… pero no quería recibir un castigo por algo que, al final, ni siquiera había conseguido.
—Está bien, está bien… Voy a asearme y cambiarme. ¿Contento? No hace falta que me delates. ¿Acaso eres un niño chico?
Murmurando entre dientes, entró al baño.
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Cuando salió, llevaba puesto un vestido blanco como la nieve y su maquillaje gótico había desaparecido por completo, revelando un rostro de facciones delicadas, tez clara y grandes ojos enmarcados por espesas cejas. Sin la peluca, su largo cabello caía suelto y elegante por su espalda.
Parecía otra persona por completo: una joven refinada que empezaba a florecer hacia la madurez.
En la mesa del desayuno, Alexander sintió un leve movimiento en la garganta y bajó sus largas pestañas, ocultando la sorpresa en su mirada.
Aurora se acercó a él visiblemente incómoda:
—¿Por qué me compraste este vestido? ¡Odio usar vestidos!
Aquella prenda inmaculada la hacía lucir como una rosa blanca recién abierta.
Alexander le empujó un plato de comida hacia adelante:
—Desayuna.
Aurora apartó la silla, se sentó y se bebió el jugo de un par de tragos antes de comerse el sándwich con la misma rapidez. Sus gestos, ágiles y resueltos, reflejaban su carácter al pie de la letra.
—¡Me voy! —Dio un paso, apartó la silla y se giró para marcharse.
—¡Alto! —Su voz, gélida y tajante, no admitía negativa.
Aurora se detuvo en seco por instinto, con el presentimiento de que algo no iba bien. Se volvió hacia él:
—¿Y ahora qué?
Alexander se levantó, se acercó y le entregó un teléfono con funda de Pikachu:
—De ahora en adelante, no vuelvas a vestirte así. Y deja de frecuentar esos bares.
—¿Y a ti qué te importa lo que me ponga o a dónde vaya? —murmuró ella irritada mientras le arrebataba el aparato.
Estaba a punto de marcharse cuando se detuvo y lo miró fijamente:
—Señor Kingsley… ¿es que usted… no puede?
De lo contrario, ¿cómo era posible que no hubiera sentido ni una pizca de deseo ante una mujer joven que se le entregaba así?
Alexander se quedó desconcertado un instante, pero ella ya había salido de la habitación. Se llevó inconscientemente los dedos al entrecejo, frotándolo con gesto cansado.
Esta niña…
Aurora pidió un taxi desde la aplicación y regresó a la mansión de la familia Hale. Apenas cruzó el umbral, sintió que el aire se volvía denso y le costaba respirar.
Sentado en el salón, Charles Hale dejó los documentos que leía en cuanto la vio entrar y le preguntó con severidad:
—¿Dónde pasaste la noche?
Con el rostro impasible y una expresión de desdén, ella respondió:
—¿A ti qué te importa?
—¡¿CÓMO TE ATREVES?! —Charles se puso de pie furioso, frunciendo el ceño—. ¡Esa no es forma de hablarle a tu padre!
Aurora lo miró, pero antes de que pudiera responder, la mujer que estaba a su lado se levantó y la tomó del brazo diciendo con voz suave:
—Menos mal que has vuelto sana y salva. No le grites de esa manera.
Era Forest Shaw, segunda esposa de Charles Hale y madrastra de Aurora.
¡Y también la culpable de que la madre de Aurora cayera en la depresión y terminara quitándose la vida!
—¡Eso mismo, papá! —intervino también Stella Hale. Miró a Aurora y reparó de inmediato en que llevaba un modelo exclusivo de la temporada de Chanel—. Vaya, Aurora… estás radiante.
Al oírlo, la atención de Charles se fijó en la ropa de ella. Notó que era muy distinta a lo que solía vestir y, recordando que había pasado la noche fuera, su semblante se ensombreció de furia y gritó:
—Contéstame con claridad. ¿De dónde has sacado ese vestido?
Aurora miró a Stella, aquella mujer astuta que no perdía ocasión de tenderle trampas. Era más insoportable que un zumbido constante en el oído.
—Me lo regaló una amistad. ¿Contento?
—¿Qué amistad? —insistió él—. ¿Noah Walker?
—Noah es muy buen chico con Aurora… qué detalle comprarle algo tan costoso —dijo Stella con evidente envidia.
Al escucharla, Charles comprendió de inmediato que eso era imposible. Noah apenas era un año mayor que Aurora y recibía una mesada modesta; no tenía de dónde sacar para comprar prendas de ese valor.
—Dime la verdad. ¿De dónde sacaste esa ropa? ¿En qué líos te has metido anoche?