Capítulo 1
En un bar bañado por un mar de luces deslumbrantes, hombres y mujeres giraban embriagados al ritmo de una música estruendosa y ensordecedora.
Aurora Hale vació de un trago su cóctel de colores brillantes. Estaba a punto de ponerse de pie cuando Noah Walker la detuvo y le preguntó:
—¿Segura de que vas a seguir adelante con esto?
Aurora, impaciente, le apartó la mano.
—¿"Segura"? ¡Ese canalla de Dylan Kingsley me traicionó con mi mejor amiga! ¿Por qué no tendría el valor de ir tras su tío? No solo pienso coquetear con él… pienso convertirme en su esposa.
A sus dieciocho años, Aurora era la pesadilla de Ciudad C: una llama imparable que nadie se atrevía a desafiar. ¿Quién habría imaginado que Dylan la dejaría apenas una semana después de empezar a salir?
¡Era valiente, tan intrépida como su reputación!
—Piénsalo bien —insistió Noah—. Te enfrentarás al señor Kingsley. Si lo molestas, tu padre…
—¿Puedes dejar de mencionarlo? ¡Perdí a mi padre hace mucho tiempo!
Dicho esto, Aurora subió corriendo las escaleras hacia una habitación privada del piso superior. Allí el ruido era casi imperceptible y la privacidad absoluta; incluso los camareros eran seleccionados especialmente para atender esa zona.
Aurora se dirigió a la habitación que Noah le había indicado. Respiró hondo y abrió la puerta.
La luz tenue apenas permitía ver el ambiente. Tres hombres, cada uno con una copa en la mano, estaban sentados en el sofá. Al unísono, volvieron la mirada hacia ella.
El hombre sentado a la izquierda, de rasgos delicados y cabello teñido de azul ahumado, sonrió:
—Pequeña, creo que estás en el lugar equivocado…
Ignorándolo, los ojos de Aurora se fijaron en el hombre que ocupaba el centro del grupo. Era imponente, de físico escultural y facciones perfectamente cinceladas en un rostro por lo demás impasible. Con los labios ligeramente fruncidos, sus ojos hundidos brillaban con intensidad, emanando una autoridad silenciosa mientras la observaba.
Incluso Aurora, que había conocido a muchos hombres apuestos antes, se quedó momentáneamente sin aliento al sentir que el corazón se le aceleraba. Recuperándose rápidamente, dio un paso adelante y preguntó:
—¿Es usted el señor Kingsley?
La sonrisa del hombre de rasgos delicados se amplió mientras bromeaba:
—Pues fue precisamente el señor Kingsley quien preguntó por ti. ¿Cómo y cuándo conquistaste a alguien tan… especial?
Sin pronunciar palabra, Alexander Kingsley lo miró con calma y luego volvió la vista hacia la joven que tenía delante. Una joven… no una mujer.
—¿Y bien? ¿Cree que soy bonita? —preguntó Aurora. Como él guardó silencio, añadió—: Me refiero a mi aspecto. ¿No soy hermosa como un ángel? ¿Acostarse conmigo estaría por debajo de usted?
¡Chisporroteo!
El hombre que estaba bebiendo escupió su copa sin poder contenerse. Miró a Aurora con los ojos casi saliéndose de las órbitas.
Con su peinado afro, su maquillaje gótico, sus diminutos pantalones cortos de cuero y aquel objeto brillante que colgaba de su cuello… "bonita" no era la palabra. Era, de los pies a la cabeza, ¡un auténtico desastre! ¿Y pretendía acostarse con Alexander Kingsley?
El hombre miró al otro acompañante, elegantemente vestido con un traje impecable, y le preguntó con la mirada: ¿Esta chica está loca?
El hombre de gafas, con calma, sugirió:
—Seguro ha bebido de más. Permita que la acompañen…
—¡No he bebido de más! —lo interrumpió Aurora—. ¡Quiero acostarme con Alexander Kingsley!
La habitación quedó en un silencio absoluto.
Alexander permaneció sentado, observándola con frialdad, sin hacer el menor movimiento.
Aurora se acercó, se sentó en su regazo, alzó su rostro y preguntó:
—Entonces… ¿crees que soy bonita?
A pesar de que ella se había arrojado a sus brazos de improviso, él no mostró reacción. Solo se le tensó la garganta y, tras una breve pausa, pronunció con voz helada:
—Bájate.
—No quiero —insistió ella rodeándole el cuello con sus brazos—. ¡Quiero dormir contigo esta noche!
Al pensar en cómo ese canalla de Dylan la había engañado convirtiéndola en el hazmerreír… y no con cualquier mujer, sino con su propia mejor amiga, Aurora sintió náuseas, como si algo le hubiera caído mal.
Entonces, para que él sintiera ese mismo asco, ¡estaba decidida: esa noche dormiría con Alexander Kingsley!
Con ese propósito, pidió deliberadamente la bebida más fuerte para armarse de valor y llevar a cabo su plan.
Para entonces, el alcohol ya había hecho efecto. Su cuerpo se sentía embriagado y la cabeza le daba vueltas. La visión se le nubló y el rostro sorprendentemente apuesto que tenía delante se multiplicó ante sus ojos.
Con sus manos suaves y de dedos esbeltos, lo tomó del rostro:
—No te muevas… esta noche dormirás conmigo. Sigo siendo virgen y estoy completamente limpia… saldrás ganando.
Alzó la cabeza y se inclinó para besarlo en los labios…
Los hombres sentados a ambos lados de Alexander no daban crédito a lo que veían. ¿Era posible que el señor Kingsley soportara que aquella muchacha le recorriera el cuerpo con las manos de aquella forma?
Cuando los labios de ella estuvieron a punto de rozar los suyos, el ceño de Alexander se frunció. Justo en el instante en que iba a apartar el rostro, Aurora soltó un gorgoteo, se giró y vomitó.
Un olor insoportable invadió la habitación y la paciencia de Alexander llegó rápidamente a su límite.
Ella, en cambio, parecía ajena a todo. Tras vomitar, se limpió la boca con la manga de su ropa.
El hombre de rasgos delicados y el de gafas se miraron y, como si se hubieran puesto de acuerdo, estallaron en risas al unísono.
El semblante de Alexander se volvió sombrío. De no ser por el temor a aparecer en las noticias por maltrato hacia una mujer joven, ¡ya habría puesto a aquella imprudente en su lugar!
El hecho de tener a dos espectadores disfrutando de la escena, riéndose sin ser conscientes de lo comprometedor de la situación, lo irritó todavía más.
—He estado considerando abrir una sucursal en Sudáfrica y debo enviar a alguien para dirigirla. ¿Conocen a algún candidato adecuado?
La sonrisa desapareció al instante del rostro del hombre de rasgos suaves. Tosiendo y con voz débil, respondió:
—Mi salud no está en su mejor momento… no sería de gran utilidad. Será mejor que envíe a Conrad.
Al mismo tiempo, Conrad King también había borrado toda sonrisa de su rostro. Con tono formal, dijo:
—De pronto recuerdo que tengo un documento pendiente. Regreso a la oficina de inmediato para redactarlo.