NISHA
Es un martes cualquiera en Café y Letras.
El local está más muerto que nunca, nadie compra. Lila anda anotando en su libretita cuántos libros quedan y yo me encierro a lidiar con el correo en la oficina, porque si algo me da flojera en esta vida, es abrir sobres que siempre traen malas noticias.
Puro papel inútil. Propaganda, ofertas que no puedo pagar, catálogos de editoriales que quizás, con suerte, mire en temporada alta, si es que llegamos vivos a diciembre.
Y zas, otra carta de esa cadena de librerías queriéndonos comprar. Ni la abro, va directo al bote, que ya me tienen harta con sus “ofertas irresistibles”.
Mi paciencia ya anda colgando de un hilo cuando veo el siguiente remitente. Abro el sobre, aunque sé que no me va a gustar, y no me equivoco: un aviso de la inmobiliaria pidiendo el pago de la renta. Otra factura más. Otra piedra que se suma a la montaña que se me viene encima.
Suelto un “¡Desgracia la mia!” en voz baja, aunque sé que Lila lo escuchó porque asoma su cabeza por la puerta con esa cara asustada.
—No te preocupes, cosas mias —le contesto mientras le enseño el papel.
Lila es diez años menor, pero ha estado aquí desde que abrí este lugar con mis propias manos, aguantando mis desvaríos y mis días de humor de perros.
—Lo siento, ando con el estrés pegado a la nuca —le digo, soltando un suspiro.
Ella me pone una mano en el hombro y me dice:
—Tranquila, algo se te va a ocurrir.
¿De verdad? Trago saliva para no soltarle el miedo que me carcome. Me di dos años para levantar este negocio, y ya casi se cumplen. Me prometí no tocar mis ahorros, hacer que Café y Letras se sostuviera sola. Pero ahora se siente como si todo estuviera a punto de desmoronarse.
La única salida que se me viene a la mente es la que no quiero ni considerar: regresar al maldito corporativo de donde escapé, ese donde mi jefe me decía que las puertas siempre estarían abiertas. Pero Café y Letras es mío, es mi creación, y no quiero regresar a que me digan qué hacer.
—Ojalá tengas razón, Lila. Ojalá —le digo.
Justo cuando estoy tragándome el miedo, suena un timbre que me corta el hilo de pensamientos. Por un segundo pienso que es Maxwell, pero no, es la alarma del celular recordándome que tengo cita con el doctor en media hora. Genial, ni me di cuenta que ya se acabó el día, el tiempo se va volando cuando vives con el estrés pegado como una garrapata.
Le lanzo a Lila una mirada de disculpa mientras agarro mis cosas.
—Tengo que salir, ¿puedes quedarte a cerrar?
—Claro, ya me habías dicho —contesta con esa sonrisa tranquila —. No entiendo cómo prefieres esto de los libros cuando podrías estar con cualquier tipo en la ciudad, pero bueno...
Me río mientras salgo casi corriendo por la puerta.
—Gracias, Lila —grito, sin voltear atrás, con el pecho apretado y las llaves temblando en mi mano.
*
No sé qué me pasa, pero traigo un nudo en el estómago mientras manejo a la consulta, apenas piso el acelerador porque siento que se me salen las manos del volante de la pura ansiedad. Llevo días contando las horas para esto. La librería anda al borde del colapso, pero al menos este plan mío de ser mamá va agarrando forma, y eso me mantiene de pie.
Solo de pensar en la idea de traer un bebé al mundo, se me cruza Maxwell en la cabeza, y se me dibuja una sonrisa. La semana pasada con él fue otra cosa. Es listo, pero no presume; atento, pero no meloso; con agallas, pero sin pasarse de pesado. Va por lo que quiere y no anda con cuentos para ligarte. Me gusta que sea más grande, que no quiera hijos, que sea claro. Sin contar que está buenísimo.
Pero lo que más me encanta es esa calma que me da.
Pensé que me iba a dejar plantada, que se iba a desaparecer, pero en esa cena me di cuenta de que el tipo sí cumple. Me dio tanta seguridad, que esa misma mañana levanté el teléfono para agendar cita. Ni me lo pensé. Por suerte me atendieron ese mismo día y me recetaron las pastillas hormonales que me toca tomar diario. La doctora Grethel dice que con eso mi ciclo se va a alinear y mis óvulos van a estar listos para cuando llegue el momento.
Ahora estoy sentada en un banco, con las piernas temblando de la impaciencia, esperando que me llamen. Apenas escucho mi nombre, me paro y sigo a la enfermera al consultorio. Me toma la presión y me sonríe.
Al rato entra la doctora Grethel, con su bata blanca flotando mientras se sienta frente a su escritorio.
—Hola de nuevo, Nisha. Déjame checar lo que apuntó la enfermera... —se queda un rato tocando el teclado—. Bien, los análisis y la eco están de lujo, tus hormonas están en rango. ¿Cómo te va con las pastillas? ¿Nada de sofocos, cansancio raro, dolor de cabeza, nada de eso?
Le voy diciendo que no con la cabeza a cada cosa que menciona.
—A veces me siento medio cansada, pero nada que me tumbe —le digo, encogiéndome de hombros.
—Perfecto, se nota que te cayó bien el medicamento —anota algo en la computadora, asiente y se ajusta los lentes—. Creo que estamos listas.
Choco las palmas en silencio, con emoción.
—Qué bien, ¿qué sigue ahora?
Ella revisa mi historial en la pantalla, frunciendo un poco el ceño de concentración.
—Sobre tu método de inseminación... Aquí dice que la última vez decidiste cambiar de inseminación artificial a relaciones programadas, ¿sigues con esa idea?
—Sí —respondo, esperando que no me quiera sacar detalles de “dónde consigo la materia prima”. No necesita saber más.
Con que sepa que tengo mi “provisión” fresca y lista, basta.
Que de paso venga en un paquete tan rico, pues, es solo un plus.
La doctora me mira, mueve la mano rápido y arranca un papel, me lo pone en la mano.
—Te voy a recetar una inyección, la llaman inyección desencadenante, va a hacer que ovules. Te la pones hoy en la noche, sin falta. Vas a tener que coger mínimo una vez al día los próximos dos, cuatro días...
—¿Cuatro días? —me sale.
Ella se aguanta una sonrisa.
—Sí, a partir de veinticuatro horas después de ponértela.
Veinticuatro horas. Ok. Ya sé dónde voy a estar mañana, y pasado, y el que sigue.
—¿Y cuándo sabré si sirve? —le pregunto.
—En dos semanas te haces la prueba de embarazo. —Saca una tarjeta y me la da—. Aquí hay un video de cómo inyectarte tú misma.
—Va —le digo, aunque el corazón me palpita como si fuera a vomitar. Pensar en pincharme la panza cada mes me da asco, pero ni modo. Lo quiero ya. Después de tanto esperar, esto por fin está pasando.
Voy a tener un bebé. Mi propio bebé. Alguien a quien abrazar, a quien darle todo lo que tengo.
La doctora me regala una sonrisa rápida. Yo le doy las gracias, pago en la recepción y me voy con la receta bien guardada en la bolsa.
Camino al coche y le escribo a Maxwell:
“¿Qué haces mañana en la noche?”
Tarda un respiro en contestar:
“Follar contigo, ojalá.”
Me quedo quieta, el celular en la mano. Son tres palabras, nada más, pero escucho su voz en mi cabeza y siento un cosquilleo que me recorre la panza… o más abajo, si soy honesta.
Dudo un segundo con la mano en la puerta del coche.
¿Estoy haciendo bien? ¿O estoy dejando que el deseo me maneje? Se supone que esto es un trato: e*****a, óvulos, ovulación. Nada de mariposas. Nada de suspiritos. Vine a embarazarme, punto.
Pero, a la mierda. También merezco un poco de goce. Me subo al coche, cierro la puerta y con las manos temblorosas le contesto:
“Ok, ¿tu casa o la mía?”
Me contesta de volada:
“Directa, ¿eh? ¿Cenamos primero?”
Me freno. La cena de la semana pasada estuvo bien, pero no somos novios. Esto no es una cita. No debería dejar que esto se sienta como algo más que un intercambio.
“No, mejor no”, le escribo.
“Vamos, hay que comer algo. ¿Te animas a unos taquitos al pastor?”
Frunzo el ceño. Maldito sea, está jugando sucio.
Me rindo.
“Está bien, ganas. Nos vemos a las siete.”
Guardo el celular. Manejo primero a la farmacia, luego a casa. Ya sé que esta noche no voy a pegar ojo…