El café de la oficina siempre le sabía mal a Celeste, pero hoy estaba especialmente terrible. Mientras intentaba tomárselo, observaba a Patricia moverse por la oficina como si fuera la dueña y señora del lugar. No había nada que esa mujer no pudiera hacer perfectamente: desde manejar diez llamadas a la vez hasta organizar las agendas de veinte ejecutivos sin despeinarse. En cambio ella... ella ni siquiera podía hacer una simple fotocopia sin convertirlo en un desastre monumental. — Querida — Patricia se acercó con esos pasitos cortos que la caracterizaban, sus tacones repiqueteando contra el piso — ¿Todavía no terminas con esas copias? Llevas más de una hora. — Yo... es que la máquina... — Celeste intentó explicar mientras presionaba botones al azar. — No, no, no, ese botón no — la v

