La sonrisa de triunfo en el rostro de Valeria se congeló cuando Alejandro dio un paso al frente. Sus ojos brillaban con una furia que nadie había visto antes. El ambiente se volvió tenso.
—Como vuelvas a acercarte a ella —su voz sonó contenida pero amenazante— te aseguro que vas a lamentarlo.
Valeria retrocedió, sorprendida por la intensidad de las palabras de su primo. Sus manos temblaron ligeramente alrededor de su copa.
—Solo fue un accidente, querido —intentó sonar inocente — no es para tanto.
—¿Un accidente? —Alejandro soltó una risa sarcástica— como cuando "accidentalmente" le tiraste el café encima, ¿No? O cuando "sin querer" la empujaste por las escaleras, porque fuiste tú, querida prima.
La orquesta seguía tocando, pero nadie bailaba. Todos los presentes observaban la escena, fascinados por este inesperado drama en medio de la gala benéfica.
Las risas de algunos invitados se escuchaban, mientras el champán goteaba por la espalda descubierta de Celeste, el líquido frío se deslizaba por su piel, arruinando el hermoso vestido que tanto le había ilusionado usar.
Sus mejillas ardían de vergüenza, sentía cómo todas las miradas se clavaban en ella, algunas con lástima, otras con diversión mal disimulada.
Se sentía humillada, consciente de todas las miradas que la atravesaban sin piedad, algunas damas de sociedad fingían compasión tras sus copas de cristal, mientras otras ni siquiera disimulaban su deleite ante la escena.
—Pobrecilla, se nota que no está acostumbrada a estos eventos —susurró una señora de collar de perlas, sus ojos brillando con malicia apenas disimulada.
—¿Vieron? De tal bar, tal mesera —respondió otra, ajustándose su costoso chal con un gesto desdeñoso, refiriéndose al comentario que había hecho Vanessa.
—Alejandro ha perdido el juicio por completo —sentenció una tercera, negando con la cabeza en un gesto de falsa preocupación.
—Escúchenme bien todos —la voz de Alejandro se elevó, dirigiéndose a los presentes— el que se atreva a lastimar a Celeste de cualquier forma, se las verá conmigo, no me importa quién sea.
Los invitados cercanos empezaron a murmurar entre ellos. Nadie se atrevía a moverse, hipnotizados por la escena que se desarrollaba frente a ellos.
— Y escúchenme bien todos — Alejandro elevó la voz, dirigiéndose a los presentes — El que se atreva a meterse con Celeste, se las verá conmigo. No me importa quién sea.
El salón entero pareció contener la respiración. La música seguía sonando de fondo, pero nadie bailaba. Todas las miradas estaban fijas en ellos.
— ¡Alejandro! — la voz de Ricardo resonó mientras se abría paso entre la gente. Su cara estaba roja de vergüenza y rabia — ¡Ya basta! ¡Estás montando un espectáculo! Hay inversionistas importantes aquí.
— ¿Un espectáculo? — Alejandro se giró hacia su padre — ¿Eso es lo único que te preocupa? ¿El qué dirán? Me importa un carajo quién esté aquí — la voz de Alejandro sonaba peligrosamente controlada — Y será mejor que hables con tu querida sobrina, porque si vuelve a molestar a Celeste, le suspendo el cheque mensual que recibe de la empresa.
Celeste intentó tocar su brazo, susurrando su nombre para calmarlo, pero él estaba demasiado furioso para escuchar.
Al escuchar sobre la suspensión de su cheque mensual, el rostro de Valeria perdió todo color, como si le hubieran dado una bofetada.
—No... no puedes hacer eso —balbuceó, su arrogancia anterior completamente evaporada.
—¿No puedo? —Alejandro sonrió, pero era una sonrisa fría como el hielo— Ponme a prueba y verás.
—No te atrevas —Ricardo dio un paso al frente— no tienes derecho...
—¿Que no tengo derecho? —la risa de Alejandro resonó en el salón— Parece que has olvidado algunos detalles importantes, padre. ¿O necesitas que refresquemos la memoria de todos sobre el estado en que dejaste la empresa?
Ricardo palideció visiblemente. Los invitados cercanos fingían no escuchar, pero era evidente que estaban pendientes de cada palabra.
—Hijo, por favor... —suplicó Ricardo, con su voz apenas un susurro.
—¿Por qué no les cuentas cómo casi la llevas a la quiebra? ¿Cómo tuviste que firmarme todo porque los bancos ya no confiaban en ti?
Los murmullos se intensificaron mientras Alejandro continuaba exponiendo la verdad sin piedad.
—Yo asumí las deudas millonarias. Yo reconstruí esta empresa desde los cimientos. Así que sí, padre, tengo todo el derecho.
Varios amigos de Ricardo se acercaron para alejarlo, conscientes de que la situación podía empeorar. Valeria se pegó a su tío como una sombra, lanzando miradas venenosas hacia Celeste.
—Esto no quedará así —siseó entre dientes, sus ojos brillaron con malicia.
Los asistentes cambiaron el tema de los susurros.
"¿Oyeron lo de las deudas?"
"Siempre supe que Ricardo había dejado la empresa mal..."
"¿Será verdad todo?"
—Vámonos —dijo Alejandro, girándose hacia Celeste con preocupación en su mirada.
—No puedes —ella negó suavemente con la cabeza—. El discurso, la fundación... la gente ha venido por eso.
Alejandro se pasó una mano por el cabello, claramente dividido entre su deber y su deseo de protegerla.
—No me importa el discurso...
—Por favor —insistió Celeste, tocando suavemente su brazo—. No dejes que esto arruine lo que Clara empezó.
La mención de Clara pareció calmarlo un poco. Tras un momento de duda, asintió.
—De acuerdo —cedió finalmente— pero no te alejes mucho.
Mientras Alejandro subía al podio, Celeste se refugió cerca de una columna de mármol. El vestido mojado se le pegaba incómodamente a la piel, y podía sentir las miradas de la gente siguiéndola.
En el podio, Alejandro comenzó su discurso. Su voz, aunque firme, todavía llevaba un rastro de la tensión anterior.
—Buenas noches a todos. Esta fundación representa más que un simple legado. Clara dedicó su vida a ayudar a quienes más lo necesitaban, y es nuestro deber continuar su labor...
Mientras lo escuchaba, Celeste sintió una presencia a su espalda. Un escalofrío le recorrió la columna antes incluso de escuchar aquella voz.
—Mi querida Celeste, qué sorpresa encontrarte aquí.
Al girarse, se encontró con Marco, su traje n***o impecable contrastaba con una sonrisa fría. Había algo diferente en él, algo que la hizo dar instintivamente un paso atrás.
—Marco... —murmuró, sintiendo cómo su corazón se aceleraba sin razón aparente.
—Me alegra ver que Alejandro te protege tanto —dijo, acercándose más— Aunque deberías tener cuidado.
—¿A qué te refieres? —preguntó Celeste, notando cómo la temperatura del ambiente parecía descender.
—Verás —Marco sonrió, pero había algo siniestro en su expresión—, conozco a Alejandro desde hace años. Y cuando consigue lo que quiere... digamos que pierde el interés rápidamente.
Las palabras se clavaron en el pecho de Celeste como agujas heladas.
—No... él no es así —murmuró, pero una semilla de duda se plantó en su mente.
—Soy su amigo —Marco tomó su mano entre las suyas— pero no estoy de acuerdo con lo que hace. Cuando se canse de ti, cuando busque a otra que te reemplace... quiero que sepas que puedes contar conmigo.
Celeste intentó retirar su mano, pero él la sujetaba con fuerza. Sus ojos, antes de un marrón cálido, ahora parecían casi negros, como pozos sin fondo.
El agarre de Marco se volvió más fuerte, casi doloroso. Por un momento, Celeste creyó ver un destello rojizo en sus ojos.
—Suéltame —pidió, intentando mantener la voz firme a pesar del miedo que le helaba la sangre.
—¿Por qué? —sonrió él, y había algo diabólico en esa sonrisa— ¿Te pongo nerviosa, querida?
Los aplausos del final del discurso se dejaron escuchar, pero a Celeste le parecieron lejanos, debido al incómodo momento.
—Alejandro no es el salvador que crees —continuó, acercándose más— Yo podría mostrarte...
En ese momento, algo cambió en su rostro, un gesto extraño que hizo que el cuerpo de Celeste fuera recorrido por un intenso escalofrío.
—Por favor... suéltame —pidió, con su voz apenas era un susurro.
Marco abrió la boca para responder, pero no llegó a hacerlo. Un puño se estrelló contra su rostro con la fuerza de un martillo, haciéndolo trastabillar hacia atrás.
—Te dije que no te acercaras a ella —gruñó Alejandro, con su voz cargada de una furia.