• CAPÍTULO X •

2330 Words
Mis nervios habían estado a flor de piel al haber ingresado aquél número en mi móvil, le había agregado con dos puntos de nombre e intentado ver alguna información de el contacto, no había nada, era como si aquél número no existiese, ni una foto, ninguna descripción en su contacto y la fecha y hora desactivadas. Mi valentía se había ido completamente para escribirle. No sabía que hacer y sabía perfectamente que no era Hugo, por más que quería creer que sí, pero una gran parte de mi quería averiguar quién era el responsable e intentar averiguar qué era lo que quería. Sea quien sea, ésa persona sabía dónde vivía y había logrado buscar una forma de entrar a mi casa, y sin duda, aquello era de preocupar. — tú debes ser Luci — comentó el hombre repleto de canas y piel arrugada con una ligera sonrisa algo amarillenta. Su mano arrugada estaba extendida ante mí y Adelaida me veía impulsandome a que correspondiese al saludo. Mi mano algo dudosa tomó la suya y una forzada sonrisa sin dientes apareció en mis labios en modo de saludo. — Sí. — afirmé a su pregunta. No lo conocía de nada, ni siquiera su rostro se me hacía similar al de alguien más, en cambio, Adelaida sonreía enormemente llena de alegría ante aquél hombre como si éste fuese una mina de oro. — Es casi idéntica a tí, Adelaida. — comentó divertido el hombre provocando la sonrisa de mi abuela — Soy Tom Wilson, pero puedes llamarme Wil. — comentó separando nuestras manos. Tom Wilson... Mi mente al instante divagó al haber escuchado justo ésta mañana aquél nombre y, ver a mi abuela con el mismo brillo en sus ojos con el que antes me hablaba me hizo recordarlo. Él era su, ¿Consejero? — solo yo te llamo así, Wil — comentó mi abuela tomando asiento en el gran sofá de la sala mientras nosotros imitabamos su acción. Ése era el hombre que había ayudado a mi abuela, o almenos eso me había contado ella, lo que no entendía era el porqué lo había traído, yo no lo necesitaba, mucho menos contar mis problemas a un amigo de ella al cual no conocía. — Verás, Luci, Tom es un gran psicólogo aquí en Chicago, es el mejor que puedas encontrar, realmente — afirmó trayendo color en las mejillas de aquél hombre. Psicólogo.. no, no, no.. — ¿Qué? — murmuré comenzando a asustarme y comenzando a notarse el desespero en mi mirada. ¿A caso ella también creía que estaba loca? — Luci, cálmate — pidió suavemente Tom pero hice caso omiso. — se que estás asustada, acabas de salir de un psiquiátrico y no quieres volver — confirmó a lo que claramente era obvio — no planeo llevarte, mucho menos creo que estés en tales condiciones para internarte en uno — bromeó con sus expresiones ligeramente seria como si no le gustase la forma en que habían llevado mi caso. — ¿Por qué está aquí entonces?. — Para ayudarte — confesó — tu abuela me llamó porque cree que necesitas apoyo y aquí estaré para aconsejarte y ayudarte en lo que pueda. Sonreí forzadamente — ammm.. gracias pero, estoy bien, no necesito más ayuda ya, estoy completamente bien. Aquellas palabras fueron olímpicamente ignorandas y luego de una extraña mirada de mi abuela a Tom, ésta se levantó con una pequeña sonrisa — iré a buscar algunas bebidas — comentó para rápidamente marcharse. Era divertido ver cómo creían que me creería éso, y como creía que no estaba en suficiente capacidad para notar su ligero engaño, sabía que lo había hecho para dejarme a solas y que tomara confianza, principalmente porque habían más de 4 empleadas y ella había decidido ir por su cuenta. Y aunque me vieron tonta en ese aspecto, mi serenidad se mantuvo. Ella sabía que mentía y yo sabía lo que planeaban pero no podía actuar como una loca cuando no quería que me viesen como una. Ya estaba acostumbrada a estás preguntas por lo que solo tuve que preparar mi mejor discurso para convencerle de mi estabilidad. — Estabas llorando hace un rato — afirmó y mi sonrisa confiada de lo que haría, se borró sintiendome al instante acorralada. Quizás mi abuela le había dicho. — tienes los ojos rojos — comentó señalando mis ojos. — me ha caído jabón en ellos — resté importancia tratando de justificarme — ¿A usted no le pasa? — sonreí. Negó con una ligera sonrisa — me temo que no suele pasarme, pero por lo visto a ti suele entrarte jabón al los ojos frecuentemente. — Una linda y disfrazada metáfora que solo hacía que mi corazón latiera con más fuerza. — no tienes que fingir más — negó suavemente tras mi silencio — no soy un enemigo.. y si así lo quieres creer, confía en tú abuela Adelaida, acabas de llegar y no permitiría que te vayas tan pronto. Ella puede ser muy sobre protectora a veces. — No lo veo como un enemigo. — pero tienes miedo.. — rectificó y levemente negué. — no de usted. — confesé. Ninguna sonrisa falsa, ninguna expresión fingida, ningún teatro. Con una pocas palabras me habría persuadido a su antojo, y yo estaba tan vulnerable que temía el echo de confesar todo. — tienes miedo de todo lo que ocurrió, — afirmó y yo asentí como si hubiese sido una pregunta — aún tienes miedo de que algo llegue a pasarte — volvió a hablar y mi cuerpo dejo de moverse. — No temo por mí — negué — sinceramente no.. — murmuré y mi garganta jugando en mi contra hizo que mi voz fallara e hiciera que callara. Quería maldecir por ello, y en estos momentos odiaba darle la razón a alguien más. — ¿Qué sucedió realmente? — preguntó sin volver a enfocar su atención en mí respuesta a medias. — ¿Qué sucedió con Hugo? «yo lo asesiné por equivocación» — creerá que estoy loca — negó y mis ojos incrédulos giraron a otra parte en busca de no derramar más lágrimas. — Créeme, hace años atendí a una señora loca que hablaba mal de su difunto esposo y lloraba por su muerte — comentó burlesco causandome gracia entender la referencia solo que no tenía ni el ánimo de mostrarlo. Suspiré — decir lo que me sucedió no cambiará nada. — cambiará cómo te sientas. — contradijo — Ha pasado más de un año y aún la herida sigue abierta, quizás, expresar lo que sientes y que alguien te escuche sin prejuicios hará que superes aquello que te sucedió. Negué — No. Nada podría hacer éso ahora. Ni siquiera merezco ésta oportunidad porque realmente a mi vida no veo otro propósito que no sea vengarme. — ¿vengarte? — preguntó curioso — ¿De cuál de los gemelos en la familia Dussán? Su pregunta ni siquiera me daban ganas de responderla de tantas veces que ya antes lo había echo. Estaba cansada de ésta conversación, realmente estaba cansada de ésto. — no tienes que responder si lo deseas. — comentó y mis cejas se arrugaron confundidas. — Solo busco tu bien, y si te sientes mejor no hablando de ello, entenderé... — Quiero vengarme de los Dussán. — respondí borde cortando a sus palabras. — está bien — asintió — Entonces vas a vengarte de el empresario Dussán. — trató de rectificar, a lo que yo asentí. — Él es solo el comienzo — murmuré — Daniel me verá, él lo hará y, cuando lo haga, deseará estar igual de muerto como finge estarlo. — corregí con odio y antes de que pudiese pronunciar una palabra continúe — Se que cree que es una respuesta sin sentido pero no debe preocuparse, de todos modos, él está muerto, ¿No? — sonreí aún cuando mis palabras eran de desprecio. El hombre al escucharme asintió con cautela y cuando creí que acabaría nuestra conversación, él volvió a hablar — ¿Qué planeas hacer para vengarte? — preguntó y me encogí de hombros. «Matarlo... Pero ésta, ésta vez disfrutaría hacerlo. Quería torturarle tan lenta y dolorosamente hasta que muera y aún así siga sintiendo dolor por todo su cuerpo. Quería hacerlo pagar y descargar mi dolor contra él, y luego de éso, iría por su padre, buscaría la forma de acercarme y de hacerle creer lo indefensa que era, disfrutaría ver cómo mataría a Daniel y que él no podría acusarme ya que supuestamente también está muerto.. y aunque probablemente iría a prisión y terminaría de arruinar mi vida y el apoyo de mi familia por completo si algo salía mal, no lo permitiría, porque luego de ver la cabeza de los Dussán moribundos en el suelo retorciendose tal y como lo hacía Hugo antes de morir, mi satisfacción será tan grande que al acabar con ellos, acabaría conmigo misma y simplemente terminaría con mi propósito.» No me importaba morir, no me importaba acabar conmigo porque ya no tendría algún motivo para vivir. Y aunque deseaba ver la cara de aquellos que no me creyeron cuando todo se sepa, el morbo de facilitar mi vida y de generar cierta culpa, solo hacía que mi decisión fuese mucho más firme. — No lo sé — negué agachando la mirada mordiendo mi lengua para evitar soltar todo lo que tenía guardado. — solo quisiera revelar la verdad sobre ésa familia. — confesé tratando de responder a su pregunta — Son tan adinerados.. — susurré — que con solo chasquear sus dedos podrían hacer que el presidente se arrodille a besarle los pies. — solté con ironía — Sé que no llegaré a nada si intento hacerlo a las buenas. — ¿Pretendes agredirlos?. Negué — no soy tan cínica. — ¿Por qué tengo la leve impresión de que mientes? — preguntó y tratando de mantener mi compostura sonreí con sarcasmo. — Claro, llevaré mis afeitadoras y los asesinare. — comenté sarcástica y toscamente, y una sonrisa reprimida se mostró en sus labios — No pierdo nada intentado, solo quiero ... — murmuré pensando la respuesta adecuada para decirle, sin embargo, como si mis pensamientos programados se hubiesen apagados, mi mirada pareció desenfocarse y mis labios se movieron por si solos. — vengar a Hugo. — Hundiendo a su familia. Mi mirada estaba perdida pero aún así le escuchaba perfectamente. Asentí. — Él los odiaba y quería revelar todas sus mentiras — confesé — acabaré con todos los que le hicieron daño — murmuré — así eso me incluya a mí. El silencio era agradable a diferencia de Tom que parecía buscar generar más mi plática. Sabía que trataría de convencerme en que valorara más mi vida, ya incluso estaba acostumbrada a esas típicas charlas motivacionales, y a pesar de que me había imaginado cualquier otra cosa, una pregunta fue suficiente para mágicamente traerme a la realidad. — ¿Hugo querría que tú salieras lastimada? ¿Qué? — Hugo está muerto.. — ¿Él querría que tú igual lo estuvieses? — volvió a insistir y mis ojos ardieron mientras un incómodo nudo en mi garganta comenzaba a formarse. — Ya no importa. — solté en un hilo de voz y éste negó. — Quizás para tí no, pero para él sí. — contradijo y mi pequeño cuerpo comenzó a comprimirse como si me estuviesen apretando hasta dejarme sin aliento. — No soy quién para formar parte en tus decisiones, Luci, pero si lo que decides es vengarte y hacer feliz a la memoria de Hugo, creo que deberías analizar lo que realmente él hubiese querido y no dejarte llevar por lo que tú deseas o ves correcto. Había echo lo posible por no llorar en frente de él pero era imposible. Mis ojos no pudieron contener las lágrimas que retenían y mis manos avergonzadas limpiaban rápidamente rogando que no se notaran tanto. — No es justo. — sollocé y todo el aire que tenía acumulado, bruscamente salió de mi cuerpo junto con un ligero sollozo. — la vida no es justa, Luci. — afirmó — Un gran dilema para alguien que estudiaba para ser abogada. — sus palabras llegaban hasta lo más profundo de mi cabeza a pesar de ser suaves y calmadas, y en cierto modo llegué a pensar en lo patética que me veía cayendo en su psicología barata, tan fácilmente. — Luci, sé que crees que tu vida no tiene ningún sentido más que vengar la muerte de Hugo pero créeme que más adelante te darás cuenta de las grandes cosas que te habrías perdido si hubieses tomado el camino fácil. No sabes las cosas que te deparará la vida. — negó con una comprensiva sonrisa atrayendo toda mi atención — Nos morimos en el momento en que nuestro deber en la tierra a acabado.. y si decides tomar ese camino ahora porque piensas que ya no tienes más opciones, quizás te estés perdiendo de tu verdadero propósito. Si tú gran motivación es Hugo, almenos vive por él. ¿Cómo vives por alguien que ya no está? Mi pecho dolía al igual que mis ojos, que de tanto llorar, ya no sentía cuando las lágrimas salían rápidamente de éstos. Morir era el camino fácil a mi dolor... Y yo merecía sufrir por lo que había echo, debía sufrir por las mentiras, por los prejuicios, por los engaños y el asesinato de Hugo pero, no sería la única que sufriría. Fue allí que, como si una voz ajena a la mía se hubiese reproducido en mi cabeza, aquellas palabras retumbaron como a una orden y petición a mis problemas... Si vivir era mi tortura y morir era la de los Dussán, yo haría lo posible para hacerlos sufrir y, simplemente asesinarlos, quedaba muy corto a mis planes. Ellos habían buscado la manera de darme en donde más me dolía con aquella carta, y yo les devolvería con la misma moneda.
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