El viernes fue cayendo sobre el club con una lentitud espesa, casi solemne. Las luces se encendieron una a una, moduladas para la noche, y el edificio pareció cambiar de respiración. Alfredo llevaba rato inquieto, moviéndose sin rumbo preciso, consciente de que evitaba una cosa mientras buscaba otra. Cuando la vio salir del cuarto de la ropa limpia, supo que no podía seguir postergándolo. Azucena caminaba por uno de los pasillos laterales, los menos transitados, donde el ruido del club llegaba amortiguado, como si perteneciera a otro mundo. Alfredo aceleró el paso y la llamó en voz baja. —Azucena. Ella se detuvo. No se giró de inmediato. Cuando lo hizo, su expresión era firme, contenida, casi defensiva. —¿Qué pasa? Alfredo se acercó un poco más, respetando una distancia que no sabía c

