Azucena llegó al club pasada la media tarde, cuando la luz empezaba a cambiar y el edificio parecía desperezarse con una calma engañosa. Entró sin hacer ruido, como si no quisiera llamar la atención de nadie en particular. Llevaba el pelo recogido y el gesto serio, más contenido de lo habitual. Alfredo la vio desde el fondo del vestíbulo. El reconocimiento fue inmediato, casi físico, pero ella no lo buscó con la mirada. Saludó a Marita, dejó el bolso en el cuarto del personal y se puso a trabajar con una eficacia que rayaba en la frialdad. Alfredo sintió un ligero golpe en el estómago. Durante un segundo pensó que quizá había hecho algo mal. Una palabra fuera de lugar, una expectativa mal interpretada, una ilusión que solo había existido en su cabeza. Intentó no mirarla demasiado. No qu

