Con el tiempo, Enrique fue quedándose solo. No por falta de carisma —le sobraba— sino porque su forma de entender las relaciones evolucionó hacia algo puramente transaccional. Nunca volvió a tener amigos. Tuvo clientes, socios circunstanciales, deudores. Su atractivo físico —nunca evidente, siempre eficaz— le ayudó a consolidar una presencia segura, casi tranquilizadora. Sabía escuchar. Sabía prometer. Y, sobre todo, sabía no dar nada que no pudiera cobrar después. Durante años, su éxito fue notable. Altos cargos del gobierno, miembros de la judicatura, empresarios con miedo a sus propias sombras acudían a él para conseguir lo que no podían solicitar abiertamente: placeres, experiencias, personas. Nada quedaba por escrito. Nada debía saberse. Pero el tiempo fue estrechando el cerco. Camb

