El camino equivocado Pablo consiguió convencer a Vera un sábado por la mañana, cuando la luz aún parecía prometer segundas oportunidades. —Será solo un fin de semana —le dijo—. Campo, tranquilidad. Un motel con encanto. Sonrió, intentando que la palabra amigos sonara inofensiva—. Gente buena. Te caerán bien. Vera dudó. No por él, sino por la sensación persistente de que estaba avanzando sobre un terreno que ya no controlaba del todo. Sin embargo, aceptó. Quizá porque necesitaba creer que aquello podía tener un cauce limpio. Quizá porque estaba cansada de volver siempre al mismo punto. —De acuerdo —dijo—. Pero nada raro. Nada de secretos. Pablo asintió demasiado rápido. —Nada raro —repitió mintiendo Pablo. La mala conciencia le pesaba como una piedra. No había querido involucrar a Ver

