El silencio que siguió fue espeso, incómodo. Podía imaginarla en la cocina, con los niños aún dormidos en sus habitaciones por tratarse de un sábado, el teléfono pegado al hombro, conteniendo un reproche que ya no necesitaba pronunciar. —Tranquila, de verdad. Mañana a primera hora estaré de vuelta —dijo, aunque sabía que no podía asegurarlo. —Está bien. Cuídate. —Y colgó. Guardó el móvil. Se dio cuenta de que Lucía lo observaba desde la barra, con una expresión que no era curiosidad, sino algo más parecido a comprensión. —¿Problemas? —preguntó ella. —Nada que no se solucione. —A veces las cosas tardan en arreglarse más de lo previsto —dijo, sirviéndole más café sin que él lo pidiera. Alfredo la miró un momento, intentando descifrarla. Había algo en su serenidad que lo descolocaba. Ni dis

