Ana se abrazaba las rodillas sobre el camastro estrecho, con la espalda apoyada contra la pared de yeso frío del cubículo. La bombilla desnuda en el techo parpadeaba con un zumbido intermitente, como si también ella comenzara a fallar. Llevaba horas sin saber la hora. El reloj que Jacobo le había permitido conservar estaba muerto, y su móvil, confiscado desde el principio, era ya un recuerdo borroso de otro mundo, uno en el que el amor, la ternura, incluso la normalidad eran posibles. Los dos hombres que la custodiaban —si es que podía usarse ese verbo para dos sombras encapuchadas y crueles— llevaban rato sin hablar entre sí. No hacían turnos, no conversaban, no la miraban como una persona. Esa tarde habían entrado como bestias. Desnudos, como animales rituales, no para tocarla, sino par

