El despacho del comisario Jódar olía a café recalentado, sudor nervioso y papeles manoseados. Sobre la mesa había un mapa ampliado de la ciudad, varias fotos de Verónica Salvatierra y una lista de nombres subrayados en rojo. Llevaba horas sin sentarse. Caminaba en círculos, como un león enjaulado. Su equipo esperaba órdenes, pero Jódar no era de los que se precipitaban. Su obsesión era que nada se escapara por una grieta mal sellada. —Necesitamos ojos dentro —dijo de pronto, mirando a los agentes reunidos en la sala—. Y no me refiero a cámaras desde un coche aparcado en la acera. Necesitamos escuchar lo que pasa en el despacho de Verónica Salvatierra. Uno de los inspectores arqueó una ceja. —¿Micros? ¿Con orden judicial? —Sin ella. Aún no tenemos base legal para justificar la intrusión

