Capítulo 1
—Esto tiene que ser una broma. —susurró Kathleen Coleman para sí misma. No podía ser verdad lo que estaba pasando; acababan de despedirla de su trabajo. —Debe ser una especie de error. —insistió observando la hoja.
Había llegado esta mañana a su departamento, junto con un cheque por sus servicios, era todo lo que le habían dado después de haber estado partiéndose el lomo por tantos meses. Era definitivamente una gran injusticia.
Comenzó a trabajar como pedagoga en el Walter Payton College Preparatory High School Chicago hace aproximadamente ocho meses. Después de graduarse no fue precisamente fácil encontrar empleo en el área.
Ellos fueron los primeros en darle una oportunidad…
¿Y ahora la corrían de esa manera?
Kathleen volvió el papel una bola y lo lanzó al suelo enfadada. Por supuesto que esto no la tomaba por sorpresa, los rumores de un recorte laboral estuvieron en los pasillos durante meses. Parece que empezaron a ponerlos en práctica. Se deslizó hasta el piso, ¿Qué iba a hacer ahora con esto?
Pensó que debía ir y reclamar, al menos que les dieran una explicación satisfactoria sobre la causa de su despido. Según ella, seguía haciendo su trabajo correctamente… ¿Por qué había entrado en la lista de despedidos?
Tal cosa no podía haber llegado en peor momento, se acerba la fecha para pagar arriendo y no tenía muchos ahorros, quizás sobreviviera como un mes. Tenía la experiencia suficiente como para saber que eso no era mucho.
Se levantó del suelo y secó las lágrimas que se habían escapado de su rostro. Encontraría una solución a esto, pero de momento debía mantener la calma. Mientras más se desesperará, peor saldrían las cosas para ella.
Pensó en llamar a su madre para contarle, pero desechó la idea inmediatamente. No pasarían ni diez minutos antes que su padre la llamara para echarle en cara sus estudios y decirle: Te lo dije, esa carrera es pésima.
No estaba de ánimos para escuchar a su progenitor volver con la misma cantaleta de siempre. Que debía haber estudiado economía como su hermano y dejarse de esas estúpidas ambiciones de trabajar con chicos maleducados.
Frederick Coleman era un hombre exitoso, dueño de una corporación exportadora de renombre en todo el hemisferio norte del país. Obviamente quería que sus hijos continuasen con los negocios familiares, que venían desde su tatarabuelo, un inmigrante irlandés que llegó en el siglo pasado.
—Primero muerta que encerrarme en una oficina. —Recuerda haberle dicho al hombre cuando se graduó de la preparatoria, hace siete años.
Unos ojos oscuros iguales a los suyos la miraron seriedad y un poco de decepción. También recuerda haberlo sentido como una puñalada al pecho. Sin embargo, lo que decía era cierto, eso sería una tortura para ella.
Al principio no quería apoyarla, sobre todo cuando se enteró de lo que verdaderamente quería estudiar. Fue su madre la que logro convencerlo. Aunque Kathleen piensa que lo hizo para regodearse en su inminente ruina.
Así que ahora estaba aquí y no dejaría que él se enterara.
—Por favor, contesta… —dijo entre dientes mientras llamaba a su mejor amiga. Anne. El teléfono timbro tres veces antes que lo cogiera. —Dios mío, que bueno que contestas. —siseó sin siquiera darle tiempo para hablar.
—¿Amanecimos bravas? Estaba durmiendo, Kat y…
Anne no pudo continuar porque fue interrumpida por su mejor amiga.
—Son las dos de la tarde… ¿Qué haces durmiendo? —inquirió burlona.
Casi le parecía verla entrecerrar los ojos con desagrado en su dirección. Anne no dijo nada durante al menos dos minutos y cuando Kathleen estaba a punto de creer que se había caído la llamada. Le respondió con fastidio.
—Si bueno… ¿Tu no deberías estar en el trabajo?
Sus palabras salían aletargadas, por lo que definitivamente decía la verdad y ella la había despertado. Sin embargo, aquella interrogante también era para distraerla del hecho de que ella procrastinó hasta pasado el mediodía.
—No vas a irte por la tangente, pero lo dejare pasar. Ya después me encargare de sacarte una respuesta. —afirmó dejándola ganar. Le pareció escuchar un suspiro de alivio proveniente del otro lado, pero no estaba segura.
—Dejando eso claro. ¿Podrás decirme por qué carajos me despiertas tan temprano? —cuestionó sonando enojada. —Sabes perfectamente que hoy es mi día libre y descanso lo más que puedo. —continuó en el mismo tono.
Kathleen casi quería golpearse la cabeza, su amiga tenía razón y con las prisas que llevaba por contarle lo sucedido, olvido por completo ese pequeño detalle. Esbozó una sonrisa de disculpa, hasta que recordó que no podía verla.
—Si bueno… —comenzó con voz queda, así que se aclaró la garganta para continuar. —Puede ser que lo haya olvidado. —afirmó de forma inocente.
Escuchó como chasqueaban la lengua del otro lado.
—Bueno, supongo que debe ser algo importante, ¿verdad? —Sonó como si cerraban una puerta, por lo que Anne debió haber salido de su cuarto.
—Lo es, ¿puedo ir a tu casa? Me sentiría mejor contándote todo en persona. —aclaró. Rogaba para que la chica no estuviese muy enojada, pues solía ponerse mal humor cuando la despertaban en su único día libre.
—Claro y tráete algo para merendar. —respondió para luego colgar.
Kathleen observó la pantalla de su celular. ¿En serio la dejó hablando sola? Al parecer si estaba un poco enojada y ni ella podría ser perdonada.
Alcanzó un paraguas por si llovía, su bolso y las llaves del apartamento. Luego se acercó al angora que estaba apoyado contra una de las ventanas.
—Nos vemos en un rato, pórtate bien y no aruñes mis cortinas. —dijo mirándolo seriamente. El gato maulló, como si negara tal cosa. —¿Ahora me dirás que la última vez no fuiste tu? —cuestionó sobándole detrás de la oreja.
El animal continuó mirando hacia la calle, parecía realmente ofendido por sus acusaciones y Kathleen no pudo evitar reír al verlo de esa forma. Estaba claro que lo malcrió y consintió demasiado desde que llegó a su vida.
La cosa era… Que no podía evitarlo, aunque lo quisiera.
—Hagamos un trato. —Aquello pareció captar el interés del felino, porque giró rápidamente el cuello. —Tú te comportas y yo te traigo un paquete de esas croquetas que tanto te gustan. ¿Estamos? —Daiki ahora se veía más feliz.