De repente, escucharon un ruido en el cubículo continuo como si algo se había caido. ¿Alguien había entrado al baño?
Julieta no prestó mucha atención, pero Laura, siempre alerta, frunció el ceño al escuchar algo.
Antes de que pudiera preguntar, el extraño ruido cesó, y las dos se quedaron en silencio. Laura observó la puerta del cubículo contiguo, y Julieta, ajena a lo que estaba ocurriendo, seguía pensativa. Una rata pasó de un lado a otro.
—Maldición, hay que llamar al departamento de plagas—grita Laura.
Sin embargo, sin que ellas lo supieran, la enemiga de Julieta, Pamela, había estado espiando detrás de la puerta del cubículo y había escuchado la conversación entre ellas.
Al día siguiente, en un giro inesperado, Pamela decidió actuar. Sabía cómo jugar con las emociones de Scott y no dejó pasar la oportunidad de manipular la situación. Se acercó a él con una sonrisa maliciosa.
—¿Sabías que Julieta... está embarazada? —le dice, sin ningún reparo, asegurando que Julieta había confesado estar esperando un hijo de Michael.
Scott, que había estado tomando un respiro tras la última discusión con Julieta, miró a Pamela con incredulidad.
—¿Qué? ¿Qué estás diciendo? —pregunta, claramente desconcertado y molesto.
Pamela sonríe por dentro con satisfacción, viendo cómo la mentira comenzaba a tomar forma.
—Escuché a Julieta decir que tiene un mes de embarazo y algo, y que es de Michael. La escuché hablar con su amiga en el baño. Todo ese lío que armó... seguro que lo hizo para tapar su relación con él. O quería pegarte a ese bebé a ti.—Pamela soltó la mentira con total naturalidad, sabiendo que Scott se lo tragaría.
Scott, con el corazón palpitando fuerte, no pudo dejar de sentirse desbordado por las emociones. No comprendía por qué Julieta había hecho algo así, y sus pensamientos empezaron a nublarse.
Una semana después, Scott estaba en su casa, sentado en la sala, pensando en todo lo que había ocurrido. Su madre Faride entró en la habitación y lo observó, notando que algo no estaba bien.
—¿Qué tienes, hijo? —le pregunta con suavidad.
—Nada... —responde él, intentando restarle importancia—. Sólo que me peleé con Julieta. No estoy bien con ella, mamá.
Su madre, preocupada, se acerca a él y se sienta a su lado.
—Scott, ¿quieres hablar sobre eso? Tal vez sea hora de aclarar las cosas con ella. La familia es lo más importante, y no puedes perderla sin antes saber lo que está pasando realmente. Pero ella es muy bipolar, pon en orden tus sentimientos. Si tu padre se entera de eso se va a molestar. Sabes lo estricto que es como abogado.
Scott la mira a los ojos, pensativo, y asiente. Finalmente, decidió llamar a Julieta. Necesitaba respuestas, necesitaba saber la verdad.
En ese mismo instante, Julieta estaba en su casa, mirando su teléfono con tristeza. Sabía que Scott no estaba tomando bien las cosas, pero tampoco podía soportar su egoísmo. Y ahora con la sospecha de un embarazo se siente peor.
Cuando vio su teléfono sonar y vio que era él, dudó por un momento, pero finalmente contestó.
—¿Qué quieres, Scott? —le pregunta, con una voz fría.
Él respira hondo antes de hablar.
—Julieta... espero que puedas ser feliz, con Michael o con quien te dé la maldita gana. Sólo quiero saber si es cierto lo que escuché. ¿Estás embarazada? —pregunta, con su voz tensa.
Julieta, completamente sorprendida por la pregunta, no pudo evitar reír con amargura. Pensó que tal vez él se refería a si estaba embarazada de él, pero lo que Scott realmente estaba insinuando la hizo caer en cuenta de algo mucho más doloroso.
—¿Qué... qué estás diciendo? —pregunta, intentando entender.
—Lo que escuchaste.
—¿Como te enteraste?
—¿Eso importa?
—¿Crees que el bebé es de Michael?
La confusión y el dolor llenaron el rostro de Julieta, mientras comprendía que Scott había malinterpretado toda la situación. La mentira de Pamela había dado sus frutos.
—¿No es eso lo que acabo de preguntar? —pregunta Scott, con su voz quebrada por la frustración.
Julieta, con lágrimas en los ojos, respira hondo. La verdad la golpea de lleno. Será mejor no decirle la verdad, tiene una carrera por delante además él ya la traicionó y piensa que anda con Michael. De seguro le pedirá que aborte.
—No es lo que piensas, Scott. Yo... no estoy embarazada de Michael. No estoy embarazada de nadie. No sé cómo llegaste a esa conclusión, no me vuelvas a llamar para decir idioteces...es más, no me llames nunca—dijo, con su voz temblando.
Scott, con el rostro tenso y la cabeza llena de dudas, no pudo más que mirar el techo, con un sentimiento de pérdida y desesperación. ¿Había perdido a Julieta para siempre?
—Yo...
—Terminamos definitivamente.
El piensa que sí está embarazada de Michael y solo se lo está ocultando. Ella no es más que una zorra.
—Es lo mejor, Julieta. —responde, con la voz rota—. Quizá... quizá es mejor que cada uno siga su camino.
Julieta se quedó en silencio, con el teléfono en la mano, y en su pecho un vacío que ni siquiera las palabras podían llenar.
Los meses habían pasado, y Julieta sentía cómo su cuerpo cambiaba con cada día que pasaba. El vientre que antes era plano, ahora comenzaba a mostrar una ligera curva que no podía ignorar. Sabía que era hora de hablar con su equipo e informarles que dejará el equipo. La noticia de su embarazo debe seguir siendo un secreto, y eso la asustaba. Tenía que tomar decisiones que cambiarían su vida para siempre.
En medio de la práctica, mientras su mente seguía ocupada con pensamientos sobre el futuro, Michael se acercó a ella, con una expresión preocupada.
—Julieta, ¿qué pasa? —le pregunta con suavidad, notando que estaba más distraída de lo habitual.
Ella se detuvo por un momento, buscando las palabras adecuadas para explicar lo que sucedía. Finalmente, respiró hondo y se atrevió a decir lo que había estado callando por tantos días.
—Estoy embarazada —le dijo, con voz temblorosa, mirando al suelo—. Y Scott piensa que el bebé es tuyo... que el bebé no es suyo. Él... no lo cree. No sé cómo se enteró pero no puedo permanecer aquí. Él tiene un futuro por delante y no pienso abortar al bebé.
Michael la mira, sorprendido por la sinceridad en sus palabras. Sin embargo, lo que más le impactó fue cómo Scott había malinterpretado la situación.
—No me importa lo que piense Scott —responde Michael, con tono firme—. Yo te apoyo, Julieta. Yo te ayudo, no importa lo que pase. Te amo, y si el bebé es de Scott, yo estaré aquí para ti, para cuidarte y hacerme cargo de todo. Estoy seguro que si él sabe que es suyo te mandará a abortar.
Julieta lo mira con incredulidad. No podía entender cómo Michael podía ser tan directo y tan seguro de lo que estaba diciendo. Sin embargo, el dolor en su pecho, la incertidumbre sobre su futuro y la necesidad de tomar decisiones difíciles la hacían pensar que tal vez, solo tal vez, Michael estaba ofreciendo lo que ella más necesitaba: apoyo.
Pero, por más que Michael insistiera, Julieta no podía olvidar lo que había compartido con Scott, y aún sentía la esperanza de que tal vez, algún día, él cambiaría de opinión y aceptaría al bebé. A pesar de todo, seguía sintiendo que Scott era quien debía estar a su lado.
Las semanas pasaron, y mientras Michael no dejaba de insistir, Scott parecía más distante que nunca. Julieta no sabía si era porque él no quería saber nada más de ella o si, simplemente, le daba miedo enfrentarse a la situación. El vacío que sentía en su corazón crecía con cada día que pasaba sin una respuesta clara de Scott.
Una tarde, cuando Julieta estaba en casa, su hermana pequeña, Valentina, irrumpió en su habitación con una expresión emocionada.
—¡Julieta, tienes visita! —dijo, casi sin poder contener su emoción.
Julieta frunció el ceño, preguntándose quién podría ser. Cuando salió de su habitación, se encontró con Michael, quien estaba vestido con ropa casual y un ramo de flores en la mano. Su rostro reflejaba una expresión seria, pero al mismo tiempo, había algo en su mirada que mostraba una vulnerabilidad que Julieta no esperaba.
Michael vio a su familia y, con una sonrisa nerviosa, se acercó.
—Hola, soy Michael. —Dijo mientras extendía el ramo hacia ella—. Soy un amigo cercano de Julieta.
El padre de Julieta, que se encontraba en una silla de ruedas, miró a Michael con curiosidad. La madre de Julieta, igualmente sorprendida, no pudo evitar preguntarse qué estaba pasando. Su hermana Valentina observó con atención, mientras el ambiente se llenaba de una tensión palpable.
—¿Y qué te trae por aquí? —pregunta el padre de Julieta, con una voz suave pero curiosa.
Michael, que ya había planeado todo, miró a Julieta antes de dar el siguiente paso. Sabía que estaba en una situación complicada, pero estaba dispuesto a darlo todo.
—Quiero hablar con ustedes —dijo, claramente decidido—. Julieta y yo hemos pasado por mucho, y quiero hacer algo importante.
Julieta, sorprendida por el tono serio de Michael, no sabía cómo reaccionar. Entonces, Michael se arrodilló frente a ella, sosteniendo el ramo de flores y sacando una pequeña caja de su bolsillo. Abrió la caja, revelando un anillo de diamantes que brillaba con la luz del sol que entraba por la ventana.
—Julieta, quiero que seas mi compañera. Quiero que seas la madre de mi hijo, y que podamos formar una familia juntos —dijo, mirando sus ojos con una intensidad que la hizo sentir pequeña y vulnerable.