Mentira y confusión.

1062 Words
Cuando él termina dentro y se va a inclinar para besarla, ella rompe el silencio. —Si ya hiciste lo que te dió la gana, aléjate de mi. Sus palabras parecieron atravesarlo como un rayo. Scott la soltó al instante y retrocedió, jadeando mientras se acomoda el pantalón. Su pecho subía y bajaba con violencia. Julieta se abrazó a sí misma, con el rostro manchado de lágrimas, la respiración entrecortada y el corazón latiendo como tambor mientras el semën se deslizaba por su entrepierna. Hubo un silencio sepulcral. Él la miraba con culpa, como si recién se diera cuenta de lo que había hecho. —Lo siento... —murmura—. No fue mi intención... No quería lastimarte, Julieta. De verdad... Ella alzó la mirada con una furia que cortaba. —¿Y eso lo justifica todo? ¿Tu impulso, tu desesperación? ¿Tu maldito egoísmo? Y entonces, sin pensarlo, levantó la mano y le dio una cachetada tan fuerte que resonó en todo el vestidor. Scott se quedó quieto. No se defendió, no dijo nada. Cerró los ojos un momento y bajó la cabeza. Se llevó una mano al rostro, tocando la mejilla adolorida, y retrocedió lentamente. —Merezco eso —dijo, con voz apagada—. Tal vez merezca mucho más. Julieta se volvió a limpiar las lágrimas con las manos temblorosas. Pensó en sentarse en la banca más cercana, abrazarse las piernas e intentar respirar. No quería derrumbarse, no frente a él, así que opta por meterse al baño de mujeres. Scott se giró hacia el espejo del vestidor. Su reflejo era un desastre: cabello revuelto, rostro enrojecido, la camisa medio desabotonada. Se arregló la ropa, pasándose la mano por el cabello, respirando profundo, tratando de volver a la realidad. Y fue en ese momento cuando la puerta se abrió de golpe. —¡Scott! —exclamó uno de sus compañeros del equipo—. ¡Te estamos buscando! ¿Qué te pasó? ¡El partido fue un desastre! ¡Nunca te habíamos visto jugar tan mal! Varios jugadores entraron, uno tras otro, confundidos, preocupados, molestos. —¿Qué carajos te pasa, hermano? —pregunta otro—. ¡Era un partido decisivo y estuviste como ido! Scott no respondió de inmediato. Se quedó allí, mirando su reflejo. Su mente giraba como un torbellino. Sintió que cada error, cada palabra, cada acto mal calculado se le venía encima. Julieta sale del baño de mujeres, lo mira sin decir una palabra. Solo lo observa. Y en esa mirada había algo peor que el odio: había decepción. Scott alza la vista, se gira hacia su equipo, pero su voz tarda en salir. —Lo siento... —murmura, apenas audible—. Perdí el enfoque. Uno de los jugadores lo fulmina con la mirada. —¿¡Perdiste el enfoque!? ¡Estás jugando con nuestro futuro, Scott! ¡No puedes darte ese lujo! ¡Tú juegas por pasión y nosotros también, pero tú ya tienes tu fortuna asegurada! —¡Ya basta! —intervino Julieta, poniéndose de pie, con la voz rota pero firme—. No es momento de reproches. Solo jueguen mejor la próxima vez. Todos se quedaron en silencio. Nadie entendía del todo lo que había ocurrido, pero algo estaba claro: había una fractura. No solo en el equipo, sino en lo más profundo de Scott. Julieta se abrió paso entre ellos y salió sin mirar atrás. Scott la siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró. Su mundo había cambiado en un abrir y cerrar de ojos. Y esta vez, no había vuelta atrás. Con el corazón pesado y los ojos llenos de frustración, Scott se quedó allí, mirando cómo Julieta desaparecía de su vista, y no pudo evitar preguntarse si alguna vez sería capaz de hacer las paces con ella. No después de lo que él le había hecho. La temporada de fútbol estaba a punto de terminar, y la emoción se sentía en el aire. Los entrenamientos se volvían más intensos a medida que se acercaba el último partido, pero en la vida de Julieta, las cosas no eran tan sencillas. En las últimas semanas, no se había sentido bien. Pensó que tal vez era por el estrés de los entrenamientos y la competencia, pero había algo que no la dejaba tranquila. Durante una práctica en el campo, mientras todos los jugadores y porristas se alistaban para el siguiente ejercicio, Julieta sintió una punzada en su estómago. Sintió un mareo repentino y corrió rápidamente hacia el baño, con la esperanza de que todo fuera pasajero. Al llegar al espejo, se miró con preocupación. No entendía qué estaba pasando con su cuerpo. Su mejor amiga, Laura, la vio correr y decidió seguirla, preocupada por ella. —¿Qué pasa, Julieta? —pregunta Laura, entrando al baño donde Julieta estaba, apoyada en el lavabo, respirando hondo. Julieta la mira, sin saber cómo explicarlo. —No sé, me siento rara. Hace un tiempo que no me siento bien, y esta vez... siento como si algo me cayera mal todo el día —dijo, con el rostro pálido—. Probablemente sea por todo el estrés, ya sabes, de las prácticas y el partido que se acerca. Laura, sin embargo, la observa detenidamente. Se acerca con más seriedad. —¿Y si estás embarazada? —¿Estás loca? Yo tomo las pastillas diarias. —¿Cuándo fue la última vez que te vino la regla? —pregunta, con una mirada preocupada. Julieta pensó un momento antes de responder, con una expresión de desconcierto. —Hace dos meses... pero soy irregular—responde, y enseguida se encoge de hombros—. Creo que todo esto es por el estrés. Me he preocupado demasiado. Laura la mira fijamente, con una preocupación creciente. —Julieta, ¿segura que no hay algo más? Tal vez... deberías hacerte una prueba de embarazo. Es mejor estar segura —dijo, con suavidad—si estás embarazada vas a tener que abandonar el equipo. Sinó pondrías en peligro al bebé y a ti. Ser porrista en ese caso es complicado. Julieta se quedó en silencio, mirando a Laura por un largo rato. No quería pensar en eso. El solo hecho de mencionar la palabra "embarazo" le causaba un nudo en el estómago. No estaba lista para enfrentar esa posibilidad, pero también sabía que no podía ignorarlo.
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