La tensión en el vestuario era evidente durante la tarde.
Los jugadores del equipo de fútbol se preparaban para el partido, pero en la mente de Scott, nada de eso parecía importar. Antes del juego, Pamela se acercó a él, como siempre, con su actitud segura de sí misma. Le susurró al oído mientras él estaba de pie frente a su casillero, ajustándose las botas.
—¿Estás listo para el partido, Scott? —pregunta Pamela, su voz suave y seductora.
Scott, sin mirarla, asintió con la cabeza, sin ganas de tener esa conversación. Pero Pamela no se detuvo. Se acercó aún más y, con un gesto que ya conocía bien, le acarició el cuello lentamente, dejando que sus dedos rozaran la piel de él.
—Sabes que siempre puedo ayudarte a distraerte antes de entrar al campo. Cuenta conmigo para lo que quieras —dice en un susurro, con una sonrisa juguetona.
Scott no respondió inmediatamente, pero la sensación de incomodidad comenzó a crecer en su interior.
Sabía que estaba cruzando una línea, pero algo dentro de él no quería detenerse. Quiere darle celos a como dé lugar a Julieta.
En ese momento, las amigas de Julieta entraron al vestuario junto a ella, cruzándose con Scott. Ellas, que habían visto todo lo sucedido la noche anterior y el comportamiento de Pamela, no pudieron evitar hablar entre ellas para que Julieta las escuchara, observando la escena.
—¡Mira eso! —susurra una de ellas—. ¡Ahí están, juntos de nuevo! —Se dirigió a Julieta, que estaba a unos pasos detrás.
Julieta, que escuchó claramente, frunció el ceño y apretó los puños. Se giró hacia sus amigas, con su rostro mostrando una mezcla de ira y desdén.
—No quiero saber nada de él —responde con firmeza, sin dejar que la ira la desbordara—. No me interesa nada de él, así que limítense a hablar delante de mi si se trata de él. No voy a permitir que me haga sufrir más.
El partido comenzó con una energía que hacía vibrar el estadio. Los fans gritaban mientras los jugadores daban lo mejor de sí mismos, pero Scott, a pesar de la emoción, no podía concentrarse.
Cada vez que miraba hacia las gradas y veía a Julieta, su mente se nublaba aún más. El rostro de ella, sonriendo mientras hacía su rutina de porristas, con su energía y su gracia, lo descolocaba. Ella no estaba viendo a Scott, pero él no podía dejar de observarla. Los peluches volaban hacia el campo y ella los recogía con la ayuda de sus compañeros.
A cada sonrisa de Julieta, a cada movimiento que hacía, Scott sentía como si una punzada le atravesara el corazón. Sabía que había metido la pata, pero no podía dejar de mirarla. La desconcentración lo afectaba tanto que su rendimiento comenzó a decaer.
Cuando llegó la hora del descanso, Scott salió corriendo del campo, decidido a hablar con Julieta. La encontró en los pasillos, camino a su casillero. Al verla, su corazón dio un vuelco.
—Te ayudo con los peluches...son muchos.
—No te molestes.
Ella lo miró con desprecio, claramente dispuesta a no darle ni una oportunidad.
—Julieta, tenemos que hablar —dijo él, con un tono urgente mientras caminaba hacia ella.
Ella lo miró sin emoción, se detiene un momento.
—¿De qué vas a hablarme, Scott? —pregunta, con una calma tensa—. ¿De Pamela? ¿De tus mentiras? Ya no quiero saber nada de ti. No me importa lo que hagas ni con quién estés.
Scott se acerca, dando un paso hacia ella, y sus ojos suplicaban que lo escuchara.
—No tiene nada que ver, Julieta. No estoy con Pamela, de verdad. Sólo fue un malentendido, una situación que no debió pasar. No me mires así... no te imaginas lo que siento por ti.
Julieta, sintiendo que el dolor se apoderaba de su pecho, lo miró fijamente a los ojos, sin apartar la mirada.
—¡No me vengas con esas excusas, Scott! —grita, con su voz llena de furia—. ¡Si tanto me quisieras, no habrías estado con Pamela, no habrías hecho todo esto! ¿Sabes qué? Me cansé de tu mierda. ¡Vete con ella! ¡Haz lo que te dé la gana, porque yo no soy un juguete para ti!
Scott, desconcertado y molesto por las palabras de Julieta, dio un paso hacia ella, casi instintivamente y la toma del brazo.
—¡No es lo que piensas, Julieta! ¡Deja de acusarme!—exclama, desesperado—. ¡Créeme! Yo te amo, ¿por qué no lo entiendes? ¡Estaba borracho! Pamela solo... no fue nada, no significó nada para mí. Solo tú... solo tú importas.
Julieta, sin poder soportar más, soltó los peluches de la mano derecha y levantó la mano para darle una fuerte cachetada en la cara.
—¡Eres un mentiroso! —grita, con su voz temblando por la rabia—. ¡No me toques! ¡Nunca me dijiste la verdad! ¡Nunca fuiste honesto conmigo!
El impacto de la cachetada resonó en el aire, y por un momento, ambos quedaron en silencio. Scott se quedó congelado, sintiendo el ardor de su mejilla. No entendía cómo había llegado a este punto, pero la reacción de Julieta lo golpeó de lleno.
—¡No sabes lo que estoy pasando, Julieta! —grita él, apretando los dientes—. ¡Te juro que te amo! ¡Nunca mentí sobre eso! ¡Solo estaba confundido! Y sobre lo de mis padres, es su dinero no el mío. ¿Acaso debo ir por ahí vociferando que mis padres son millonarios y que yo soy su hijo? ¿Acaso no puedo hacer mis sueños realidad que es esto, sin tener que estar bajo su sombra?
Julieta, con lágrimas en los ojos, dio un paso atrás.
—¡Eres un puto mentiroso! —le grita, antes de girarse y alejarse de él, con su corazón rompiéndose más con cada paso que daba.
Scott se quedó allí, observando cómo ella se alejaba, con su cuerpo tenso y lleno de rabia contenida. No podía entender cómo había llegado tan lejos. ¿Cómo había arruinado todo con ella? ¿Por qué no podía ser suficiente?
La puerta del vestidor se cerró de golpe detrás de Julieta, y la soledad del espacio cerrado fue como un respiro envenenado. Se apoyó contra una de las taquillas, con las manos temblorosas, sintiendo cómo las lágrimas surcaban su rostro sin control. No podía más. No quería más. Lo único que deseaba era borrar de su memoria la última conversación, su rostro, su voz.
Pero no estaba sola.
El crujir de la puerta volviendo a abrirse la hizo girar de inmediato, alertada. Scott entró con pasos fuertes con los peluches en la mano, decididos, cerrando tras él con violencia. Su mirada era fuego y desesperación.
—¡Julieta! ¡No podemos seguir así! —dijo, su voz temblando entre rabia y tristeza—. ¡No puedo más!
—¡Te dije que te fueras! —espetó ella, retrocediendo instintivamente—. ¿Qué parte de “déjame en paz” no entiendes?
Scott no se detuvo. Caminó hacia ella como si lo impulsara algo más fuerte que la lógica, como si el miedo a perderla fuera más grande que la cordura.
—¡No puedes odiarme así! ¡No después de todo lo que fuimos!
—¡Todo lo que fuimos lo destruiste tú! —gritó ella, con los ojos desbordados de rabia—. ¡Lo echaste todo a perder!
—¡Fue un error! ¡Una maldita noche, un momento en el que estaba borracho! ¡Pero tú no sabes lo que siento cuando no estás, Julieta! —su voz se quebró—. ¡Tú no sabes lo que es vivir sin ti!
Julieta retrocedió hasta quedar arrinconada entre una banca y las paredes. Scott se detuvo frente a ella, jadeando, con el rostro enrojecido y los ojos humedecidos.
—¿Eso te justifica? ¿Una noche de confusión? ¿Engañarme con Pamela? —ella escupía cada palabra como veneno—. ¿¡Y encima esperas que te crea!? ¿Después de todo?
Scott la miró con una mezcla de dolor y rabia contenida. Toma sus manos y la besa. Ella lo evita pero el vuelve a besarla.
—¡Tienes que creerme!—le dice mientras la gira sin soltar sus manos por encima de su cabeza contra la pared, el le abre las piernas luego de romper su ropa interior.
—¿Que diablos piensas que estás haciendo? ¡Sueltame maldita sea!
El quiere que ella sepa que lo ama a su manera. Empieza a besarla una y otra vez como una bestia.
—No es solo por eso —susurra—. Es que sin ti... no sé quién soy.
Julieta forcejea en vano.
—¡No me importa! ¡Deja de usarme para llenar tus vacíos!
Él se acerca más impulsivo que antes. Sin pensar, la sujetó más fuerte de los brazos y se colocó entre sus piernas.
—¡Solo escúchame! —insistió, con la voz tensa—. ¡Por una maldita vez, escúchame!
—¡Suéltame! —gritó ella, forcejeando—. ¡No quiero escucharte! ¡No quiero volver a verte!
La tensión en la habitación era una cuerda a punto de romperse. Scott, enceguecido por la angustia, no midió su fuerza ni sus actos. La jaló hacia él de las caderas y entró en ella de una estocada.
—¡Basta, Scott! ¡Me haces daño!
Scott la miró con una intensidad que quemaba, como si con solo sus ojos pudiera suplicarle, reclamarle y amarla todo al mismo tiempo. Sus manos, temblorosas pero decididas, tomaron las de Julieta.
—Tienes que creerme, Julieta —murmura, con su voz cargada de desesperación, mientras la toma.
Ella giró el rostro, esquivando su mirada, pero él la atrajo con suavidad pero firmeza, alzando sus manos por encima de su cabeza hasta apoyarlas contra la pared. Sus cuerpos comenzaron a sudar tanto que el aire entre ellos parecía derretirse.
—No puedes negar lo que hay entre nosotros —susurra él, con su aliento cálido rozándole la piel—. No después de todo lo que fuimos... de todo lo que aún somos.
—Dejame...por favor. No hagas esto.
Scott buscó sus labios, primero con urgencia, luego con reverencia en otra estocada. Fue un beso desesperado, como si con él pudiera pedir perdón y a la vez reclamarla. Julieta dudó, resistiéndose.
Él la sostuvo por la cintura, con firmeza, como si temiera que desapareciera, mientras una de sus manos sostiene su rostro, en una mezcla de posesión y dulzura. La besó más lento, más profundo.
—Eres mía, Julieta —dijo entre besos, con voz ronca—. Siempre lo has sido. Y aunque el mundo se ponga en nuestra contra… no pienso soltarte.
Ella no dijo una palabra más. Solo cerró los ojos, y dejó que sus suspiros hablaran por ella. El siempre hacia lo mismo. Tomar con orgullo lo que cree que le pertenece.