— No insistas — me regaña Thomas mientras levanta los platos de nuestra cena —, si tanto quieres saber los detalles, ve y pregúntale a Lucas.
— No quiero hablar con él. Lo odio.
— ¿Porque tan interesada en el pasado de alguien que odias? — se burla.
No respondí, pero él insistió.
— Te mueres por saber los detalles.
— No necesito detalles — intente convencerme.
— No te lo crees ni tu misma — sigue con su burla.
No, no lo creemos.
Preferí guardar silencio. Lucas me importaba, más de lo que él se merecía, pero eso no hacía que mis sentimientos hacia el disminuyeran.
Una parte de mi entendía porque me lo oculto, esa parte me mostraba que era un hombre maravilloso, en el que se podría confiar. La clase de persona que te guardara un secreto, sin importar que, porque así lo prometió. La palabra de Lucas valía oro, valía tanto que jamás dudaría de su veracidad.
¿Cómo cuando dijo que te amaba?
Sin embargo, mi otra parte estaba dolida, herida por no ser lo suficientemente especial para él, no ser su excepción.
Y admitámoslo, todos queremos ser la excepción de alguien.
— ¿Para qué es eso? — le pregunto al ver que se aplica una crema en el pómulo con sumo cuidado.
— Tuve un ligero accidente hace un mes — aclara —, no quiero que me quede una marca.
— Presumido — lo molesto.
Hacia notado la fina marca en su pómulo izquierdo, pero era casi imperceptible. Esa crema debía ser muy buena, porque al verla parece una marquita como las que te dejan las gafas de sol cuando te quemas con ellas puestas.
— ¿Qué accidente? — pregunto con algo de curiosidad, no me había comentado nada de ello.
— No te rías, pero tropecé y me di contra un muro.
Hago una mueca intentándolo, pero no me aguanto. Me lo imagino cayendo de las formas más absurdas y termino riendo a carcajadas.
Es simple reírse con Thomas, o de Thomas.
No salimos de su apartamento, pasamos el día viendo películas, las que eran constantemente interrumpidas por sus comentarios y anécdotas.
Sinceramente era más divertido escuchas sus historias de adolescente, que un drama barato filmado en Los Ángeles.
Para ser amigos de la infancia, las historias de Thomas, increíblemente, nunca incluían a Lucas. Tenía que morderme la lengua cada vez que nombraba a algún amigo. Yo solo quería gritarle "¿Y dónde estaba Lucas? ¿Y qué dijo Lucas? ¿Porque Lucas no estaba ahí? Lucas... Lucas... Lucas"
— ¿Y estaban solo con Hunt? — fue lo más sutil que pude ser.
— Si.
— Ah.
Silencio.
Vimos el resto de la película en completo silencio, no era incomodo, pero raro entre nosotros. Los siguientes 30 minutos me dedique a morder mis uñas para no zamarrearlo y pedirle que me hablara de él.
Has perdido tu dignidad, cariño.
— Él te extraña — dice sin mirarme—, ya no sale como antes. Se la pasa el día lloriqueando... da lástima.
Mi parte toxica se alegraba de que él no siguiera adelante, mi parte enamorada no quería que Lucas sufriera.
Necesitaba que Lucas superara lo nuestro, para que yo pudiera superarlo también.
Siempre tendría el recuerdo de este verano, el recuerdo de mi primera vez, el recuerdo de Lucas. No quería olvidarlo, solo que dejara de lastimarme.
— Siento que, si comienzo a preguntar, no poder detenerme.
— Pero quieres saber.
— Claro que quiero saber, pero querer y deber son cosas muy alejadas.
Me recordó a esa vez que Lucas me dijo que quería una familia propia, pero que no debía tenerla.
Así mismo me sentía yo, le quería, pero no debía tenerlo.
— No quiero que sea así — me dice, continua sin mirarme —, si hubiera algo en mis manos para ser yo, créeme que lo haría, pero no es así. Tú eres para él, o al menos lo serás si deja de ser un idiota y hace algo real para recuperarte.
— No hay nada que pueda hacer él para que me quede.
Ninguno era idiota, sabíamos perfectamente que todo ese show con los cuadros y la exposición era una medida desesperada de él, de ellos, para que los perdonara.
Thomas supo en que estaba pensando. Su mirada fue directo a la pared en donde descansaban los cuadros.
— ¿Qué harás con ellos?
— No lo sé, quizá lo venda... no lo sé.
He pensado en mil formas de destruirlos, no es algo que me vaya a hacer sentir mejor. Tampoco quiero guardarlos, pero tampoco quiero regalarlos, no los quiero conmigo, pero son míos, regalarlos se me hace mal.
— Te los compro — dice riendo —, deja que te los compre para burlarme de Lucas.
— ¿Enserio?
— Si, pero si los quieres vender ¿porque los sacaste de la exposición?
— Siempre soñé con exponer en un evento como ese, que mi nombre fuera la novedad.
— Es exactamente lo que es. Tu nombre ha estado sonando toda la semana. Tienes talento, deberías aprovecharlo.
— Ante cualquier otro momento lo habría hecho. ¿Sabes?, incluso si mi nombre hubiera estado ahí por nepotismo, lo habría aceptado y me habría aferrado a eso para demostrar lo que valgo... pero estoy ahí por mero chantaje, ni siquiera es un favor.
Estaba acostumbrada a que la gente intentara manipularme. Mi madre era la reina de la manipulación, decía un par de cosas y mi padre y yo estábamos a sus pies. Sabía exactamente que decir para hacerte sentir que estabas en deuda con ella.
Y lo peor es que siempre supe que me manipulaba, pero no me importaba, porque era mi madre y la amaba. Y también creía que ella me amaba a mí.
Lo bueno de saber que tu madre te manipula, es que aprendes a identificar la manipulación de las demás personas y sabes cómo tratarlas.
No soy la clase de persona que puede enfrentarse a otras, soy de las que prefieren hacer la vista gorda, esquivarlas y seguir adelante.
No mientras, lo haces porque eres una llorona en las peleas.
Ignoro a mi vocecita y prefiero creer que es porque soy súper madura.
— ¿Cuanto?
— ¿Cómo? — no entiendo si pregunta.
— ¿Cuánto me cobraras por los cuadros?
— mmm ¿10?
— ¿Todos?
— Sí, claro — digo sin ánimo. Eso era lo que valía mi arte ahora mismo, 10 míseros dólares.
Thomas se para y va al interior del apartamento, cuando vuelve me quedo un poco en shock, esta que extiende hacia mí un fago de billetes.
— ¿Qué mierda es eso?
— ¿Los 10.000 de los cuados? — Parece confundido —, ¿prefieres una transferencia?
Estuve tentada a decirle que me refería de 10 dólares, pero ante mi tenía más dinero en efectivo del que cavia en mi billetera.
Y aunque me entristecía perder los cuadros, vi ante mí la posibilidad de mejorar mi inestable vida económica. Ya no correría tras mi sueño académico, ser artista para mí ya estaba en el pasado.
Los tome y guarde, sin pensar mucho en lo quería con el dinero cuando llegara a Texas, pero de seguro a Sam se le ocurriría algo genial.
— Puedo hacer con ellos lo que quiera, ¿verdad? — pregunto Thomas para asegurarse.
— Son todo tuyos, solo no me digas lo que harás.
En el fondo les tenía mucho cariño a esos cuadros, pero me hacían más daño que bien.
¿Y los 10 mil, si te hacen feliz?
Cállate.
— Ok.
***
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