2.3 ¡Ponte el pvto anillo!

1403 Words
(Punto de vista de ella) Massimo se había ido de la casa; tan pronto me puso el anillo en el dedo. Parecía que lo había torturado y nada me daba más placer que eso. Ese animal era lo mínimo que se merecía por el trato hostil que siempre me daba. — ¿Se puede saber qué está pasando? —Entró mi madre escandalizada a mi habitación. Traía un abanico en la mano para echarse aire. Algo típico en ella. — ¿De qué hablas, madre? —Me acerqué a la ventana. El coche de Massimo ya no estaba. — De que tu papá está teniendo una seria plática por teléfono con Gregory Von Adler porque no te pusiste el anillo en la presentación del compromiso —. Sonaba a un suave reproche. Extendí la mano. — No me lo dio. Todo solucionado ahora que tengo el anillo puesto —. Alcé mi mano al aire para mostrarle la joya. — Pues no tan rápido, señorita. Esto es un desastre que se tiene que arreglar. Toda la ciudad está diciendo que este matrimonio es un chiste —. Mi mamá se abanicó la cara por la supuesta vergüenza que tenía. — Pues qué mal por Massimo que no pensó en el anillo —. Me encogí de hombros. — Van a tener su primera aparición pública como pareja esta noche. Así que más vale que te pongas muy guapa. — Debió ser Ahley la que debió comprometerse. No yo —. Refunfuñé. — Ashley no es tan rebelde como tú. Ella es nuestra mejor apuesta y tú lo sabes —. Mi mamá se dio la media vuelta y yo solo pude sacar la lengua por la preferencia que siempre había tenido mi mamá hacia mi hermana. Puse los ojos en blanco porque lo que menos me apetecía era ponerme guapa para el mayor imbécil de todo el país. Según la revista People, era de los solteros más cotizados del país, junto a sus hermanos, el cuarteto Von Adler y su hermana Kiara. Yo no sabía qué le veían a Massimo, si lo que tenía de guapo lo tenía de ¡d¡0ta arrogante. ¿Cómo era posible que en un mes me casaría y no tenía el número telefónico del supuesto prometido en mis contactos? Había llegado temprano o a él se le había hecho tarde. Eso era lo que yo quería imaginar, porque, en el fondo, sabía que el muy hijo de pvt^ podía dejarme plantada en nuestra primera presentación como pareja. Vaya chiste ¿Desde cuándo los enemigos se casaban? Me acomodé mi vestido de Atelier Versace, destacando aún más el escote de mis pechos y acentuando mis caderas. Odiaba estar aquí, eso era un hecho que no podía negar. —Señorita Esposito, el joven Von Adler, ya llegó —, me informó el chofer de la limusina. Tuve que cambiarme de vehículo como una bandida para que nadie se diera cuenta de que habíamos llegado por separado. — ¿Traes el anillo puesto? —preguntó Massimo, tan pronto me vio ingresar a su limusina. Extendí mi mano sin decirle una sola palabra. Él asintió y dio un par de golpes en la ventana para que el auto avanzara. El auto avanzó antes de que yo pudiera sentarme y tuve que agarrarme del asiento más próximo antes de poder sentarme por completo. No me había percatado de que casi se me sale una t3ta. El p3zón apenas asomaba. Alcé la vista hacia Massimo, que estaba frente a mí; vi que veía mis pechos con cierto disimulo. Me acomodé el vestido y decidimos olvidar el incidente. No dijimos nada. Ninguno de los dos quería hacerlo; sin embargo, sabíamos que teníamos que aguantar y acostumbrarnos a estar juntos cada cierto tiempo, aguantando las cámaras y las sonrisas afiladas como armas. Lo miré de reojo y me pregunté cuánto tiempo pasaría para que empezaran las especulaciones sobre las amantes de Massimo Von Adler ¿Sería yo una especie de Princesa Diana con un marido infiel? Por nuestro bien, esperaba que no. La limusina paró en la alfombra roja, los reflectores, los micrófonos apuntando en nuestra dirección… todo esto era una farsa. Una maldita farsa en donde tenía que mostrar que era una excelente actriz. Pero lo peor no era el circo de periodistas ni la gente observándonos con expectación. Lo peor era la sonrisa de Massimo. Porque sabía lo que estaba haciendo. Sabía que me tenía atrapada y que esta era su oportunidad para hacerme pasar un mal rato. Pude notar la maldad en su sonrisa. Su mano apretó mi cintura con un toque que parecía íntimo. . . Pero que en realidad era un recordatorio. “Aquí mando yo.” Tomé aire, fingiendo la mejor de mis sonrisas cuando las cámaras comenzaron a grabar y los flashes no dejaban de disparar hacia nosotros. — ¡Aquí tenemos a la pareja del momento! —Anunció uno de los reporteros del evento con una emoción exagerada—. Kimberly Esposito y Massimo Von Adler, la pareja que está revolucionando el mundo de los negocios y, por supuesto, el del romance. El micrófono se acercó demasiado. — Cuéntennos, Massimo, Kimberly, cómo fue la propuesta de matrimonio. Oh, maldita sea. Sentí que la sangre se congelaba en mis venas, pero no podía mostrarlo. Sabía que no podía dudar, no frente a la prensa. Pero Massimo sí lo hizo. Se tomó su maldito tiempo como si estuviera recordando uno de los momentos más felices de su vida. Dejó que el silencio se alargara, disfrutando cada segundo de mi incomodidad antes de esbozar una sonrisa que hizo que la audiencia suspirara como si estuvieran viendo una comedia romántica. — Fue mágica —. Su voz era un veneno dulce—. Kimberly lloró tanto que pensé que iba a desmayarse porque le estaba pasando lo mejor de esta vida: casarse conmigo. Las cámaras captaron mi expresión en tiempo real. Massimo se inclinó ligeramente, mirándome con una dulzura falsa. — ¿O estoy exagerando, amor? —Me guiñó un ojo divertido. ¡Hijo de pvt^! La gente aplaudió, algunos rieron, y supe que mi cara tenía que estar en todas las pantallas en este momento. Me acababa de joder. Pero no había terminado. — Sí, es verdad. Aunque ¿casi desmayarse? —Lo volteé a ver con una sonrisa asesina. — Tienes razón. En realidad, la novia se desmayó por la emoción y la devoción hacia nosotros. Así que la verdad es qué. . . —Massimo soltó una risa baja—. Tardó mucho en responder. La multitud hizo un “Oooh” antes de soltarse a reír. — Casi pensé que iba a decir que no. ¿Verdad, amor? Pero entonces, la atrapé en mis brazos y la vi inconsciente. Fue ahí cuando me di cuenta de que era un hombre afortunado. J0d3r, esta mujer me idolatra tanto, que se terminó desmayando en plena pregunta. Quería partirle la cara. Quería irme de ahí. Pero no podía hacer ninguna de las dos cosas. Así que jugué su juego. Toda la gente volvió a reír. Me estaba dejando como una loca con codependencia emocional hacia él. Brincos diera que lo idolatre de esa manera. — En realidad, me dejó sin comer todo el día y la falta de azúcar y el sol hicieron que la presión baja me golpeara —. Un contraataque sutil—. Así que una sorpresa de ese tamaño me pegó bastante. Todos se echaron a reír. Sentí la mano de Massimo apretarse contra mi cintura. Se inclinó hacia mí. — Para el pvt0 juego —. Me susurró al oído. Lo que vieron los demás fue que me estaba diciendo algo cariñoso al oído. Sus dedos se tensaron aún más en mi cintura, su mirada se oscureció. Esto no había terminado. — ¿Nos pueden dar un beso para la cámara? El pánico me golpeó las entrañas. Mierda. No. No iba a hacerlo. Prefería besar a un perro antes que a él, pero Massimo no me dio opción. Antes de que pudiera protestar, giró mi cuerpo hacia él, sujetándome con esa presión firme que nadie notaría, pero que yo sentí en cada fibra de mi ser. No era una petición. Era un recordatorio. “Aquí mando yo.” Se inclinó, enterró sus dedos detrás de mi cabeza y arremetió contra mis labios. Me besó.
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