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Afrodita le estaba dando mucho rodeo al tema y su rostro se tornó serio. Esa era la expresión que acostumbraba a tener, pero no con él, contadas veces Eros recordaba ese rostro en ella que iba dirigido hacia él.
—Sabes que yo haría cualquier cosa por ti: robar, mentir, ultrajar, destruir... Matar. —Eros se acercó hasta la mesa y ubicó sus manos sobre la superficie cristalina y aproximo el rostro al de ella—. Tu palabra no la hago por obligación ni deber, sino por agradecimiento y gratitud, Afrodita.
Afrodita no pudo evitar que se formara una enorme sonrisa en su boca, dejando ver sus deslumbrantes y blancos dientes. Situó su mano en la mejilla de Eros.
—Es por eso que eres el hombre que amo. —La seductora mirada de Afrodita se clavó en la de Eros, al tiempo que sus ojos parecían brillar—. No me equivoqué al elegirte y sé que siempre me serás la persona más leal y nunca me traicionaras.
—Antes de conspirar contra ti, prefiero atravesar mi corazón con un cuchillo y evitar hacer ese acto tan infame.
El sonido de alguien tocando la puerta rompió el afectuoso momento de los amantes, haciendo que Eros se alejara y acomodara el cuello de su camisa.
—Señora Afrodita, le he traído lo que me ha encargado —dijo una voz femenina al otro lado de la puerta.
—Entra —dijo Afrodita.
La rubia le dio el permiso para acceder a la oficina y apareció por decirlo de alguna manera, la mano izquierda de su protectora; la primera guardaespaldas, secretaria personal y la mujer de confianza de Afrodita: era una alta y linda muchacha delgada de cabello marrón, pero de tonalidades rubias en las puntas, su falda gris le llegaba hasta las rodillas y la camisa blanca de mangas corta era sujetada por un cinturón n***o, sus ojos eran azules claros y su figura eran también de envidiar. Tenia unos lentes que la hacían lucir como una estudiosa.
—Entrégaselo a Eros.
—Señor Eros.
La secretaria extendió lo que parecía ser una carpeta gris y se la entregó a Eros, al tiempo que sus ojos se quedaron fijos en los de él y le hizo una disimulada sonrisa pícara.
—Gracias, Deméter.
Eros le agradeció y ella se inclinó haciendo una reverencia.
—¿Qué es esto? —preguntó el atractivo Eros a su maestra Afrodita.
—Esa es tu tarea. He estado hablando con una amiga y me estuvo contando lo infeliz que es en su matrimonio —respondió la preciosa Afrodita.
Eros abrió la carpeta y les dio una ojeada a los papeles, que con certeza había información muy detallada y bastante personal, pero no de una sola mujer, en total eran cuatro los nombres que era mencionados y con el mismo apellido.
—¿Una amiga? Yo veo una mujer adulta y tres muchachas que sin ninguna duda son madre e hijas.
—Acertaste, pero la cuestión es... —Ella se levantó una vez más y se posicionó en frente de él—; cada una de ellas está sufriendo y tú serás su salvador.
—Imagino que tienes más que decirme, ¿no es cierto, Afrodita? —agregó Eros.
—Esa es tu tarea Eros, conquistar a esas cuatro mujeres y llenar el vacío de ellas, pero primero deberás enamorarlas una por una. En pocas palabras, primero debes... —Afrodita hizo una pausa y se tocó sus labios con su dedo índice—: seducirlas, y para hacerlo deberás asistir de infiltrado en la universidad "Diamantes rojos", que es el lugar donde ellas estudian. Ya todo está listo, así que si aceptas deberás presentarte la semana siguiente en sus instalaciones. Por ahora encargarte de conocer a las jóvenes, con su mamá tomate tu tiempo y dime de cualquier idea que tengas para lograr tu misión, te ayudaré en lo que necesites.
«Enamorar a cuatro mujeres que son madre e hijas, resultaría algo complicado y no tan correcto. De hecho, ¿por qué justo a ellas? Aunque ya había mencionado que cada una sufre de algún modo y además acudir a la universidad más elitista del país», eran los pensamientos que invadían a Eros.
—Sabes que no me gusta jugar con los sentimientos de las mujeres y no se escucha tan adecuado —replicó Eros ante las palabras de su protectora, pero solo para escuchar si tenía alguna cosa que agregar. Su decisión ya estaba tomada desde el momento en que Afrodita dijo que necesitaba que hiciera algo por ella, tanto la amaba y la adoraba—. Además, siempre me has mantenido en las sombras y alejado de las multitudes públicas, Afrodita. ¿Y ahora me quieres mostrar ante todo el mundo?
—Confía en tu maestra. Al final todas te lo agradecerán y quizás durante el camino haya uno que otro problema o inconveniente, pero sin duda, si logras ayudarlas, cambiaras sus vidas para bien y no estarías jugando con sus sentimientos. Al contrario, ese será el motor y el impulso para que cada una de ellas logre aplacar su tristeza —finalizó la preciosa Afrodita con estas palabras—: ya es hora de que todos te conozcan. Es el tiempo en que te muestres ante el mundo porque debes salvarlas a ellas. El hado te aguarda, Eros, y tu destino son esas cuatro mujeres.
Ante esas palabras Eros no tenía más nada que objetar. Desde ahora tenía una misión que cumplir. Cerró la carpeta, miró con fijeza a Afrodita y con su natural voz grave y ronca le dijo:
—Entonces es un hecho. A partir de este momento tengo una tarea que realizar.