El gato n***o de inmensa sonrisa cruzó por delante de nosotros. Como si anduviese por los pasillos de su casa, arrastraba el ensarte sin prestar atención a lo que acontecía a su alrededor. De la cena de los Primos solo quedaban dos peces y un espinazo. Esteban no atinó a perseguirle. Decidió no añadir una tercera parte al show, pero yo no era tan benevolente. Si dependía de mí, los felinos que cazasen ratones. Lancé un grito que movilizó a cuantos quedaban en la calle: —¡Papá, los peces! Son la comida de su casa. Cerca de diez policías se volcaron a la caza del animalejo ladrón. Se movieron en círculos tras él hasta arrinconarle contra una pared y hacerle soltar su botín. Los obstinados peces se retorcían. Buscaban sobrevivir. Me legaron un digno ejemplo de perseverancia. Esteban c

