Solo tenía que mover muy despacio un pie tras el otro y saludar con suma discreción con mi mano derecha. Siempre he sido adicta a las series y películas de época y nobleza. Bien conocía la forma en que debía actuar una dama. Pude haber logrado mi objetivo con facilidad, pero mi hemicuerpo izquierdo se adueñó del derecho. Las rodillas se descontrolaron y el razonamiento se escapó de mi cerebro. «En caso de que todo salga mal, puedes escribir la guía de comportamiento para los momentos absurdos», me reconfortó una siniestra voz en mi cabeza. Una vez que me vio herida, se burló de mí sin misericordia. Algo me importaba mucho más que ser enjuiciada públicamente y condenada como si fuese una gran imbécil. Carlos estaba llorando. No me refiero a que dejase escapar dos o tres lagrimillas, que

