El entusiasmo de los pequeños iba en aumento. Ya las hermanas mayores preparaban los pozuelos de arcilla y adornaban la mesa con una sábana estampada y la pared aledaña con orquídeas sembradas en cáscaras secas de coco. Las flores carnosas y cubiertas de pelos inundaban con su olor la totalidad de la estancia. No eran artificiales, como las de la finca. Ni tampoco cortadas, semimarchitas, víctimas indefensas que regalaban a los verdugos los últimos vestigios de su aroma, sino fuente de vida inagotable, que contagiaba de regocijo. Andrea mariposeaba sin posarse en un sitio por mucho tiempo. Buscaba la manera de acercarse a mí e investigarme a fondo, sin recibir un regaño de su madre.Para llamar mi atención, tomó un c*****o silvestre, lo colocó tras la oreja y se alejó a grandes saltos. N

