El testimonio de Irene se vio truncado truncada por la llegada del pastor y los chicos. Yo había consumido el poco tiempo con el que contábamos hablando tonterías que ya ella conocía. Ahora me quedaba a medias, con la sensación de picor en la garganta que me producían las preguntas atascadas. Las ojeras violáceas bajo sus los ojos de los dos hermanos revelaban que ambos habían pasado una noche pésima. La piel de ambos estaba cubierta de cardenales. Guillermo se veía mucho peor, en pocos sitios de su cuerpo conservaba su color natural, y tal como había contado Marta, tenía una herida encima de la ceja. El rostro de Esteban se iluminó al verme. Se acercó, me asió de la mano y me hizo avanzar ante el presbítero. —Pastor, ella es Fernanda María. —Lo había adivinado —me dijo con una voz

