Boxeo entre dos clases sociales

865 Words
Desde el primer instante, el rechazo de los pueblerinos se hizo tangible. Recibía burlas en la escuela, la biblioteca, el camino… en fin, a donde quiera que fuera y sin cesar. Aunque los niños eran muy crueles, los padres tampoco se quedaban atrás. El ser blanca, pecosa, pelirroja, y provenir de una madre condenada por los prejuicios sociales me había agenciado el primer puesto entre los fenómenos del pueblo. La situación alcanzó el clímax durante la segunda semana de estudios; pero antes de narrar lo sucedido, debo explicar el porqué de tanto repudio y, por consiguiente, la razón de esta narración. Todo comenzó como comienzan muchas historias cuando está de por medio el clásico conflicto entre dos clases sociales. De un lado del ring boxeaba la heredera de la estirpe más rica del poblado, nacida en cuna de oro y con envidiable pedigrí, alcaldesa de mote y santurrona de apellido. Me enfrentaba al resto de los villareños, un cúmulo de muertos de hambre que contaban los centavos y acumulaban la envidia. Las brechas sociales han sido las causantes de la discriminación de los ricos hacia los pobres, y también de los pobres a los ricos. Existe un círculo vicioso en el que nadie sale ganador. La cosa empeoró cuando el profesor de historia nos encomendó la realización de un árbol genealógico. Como solo tenía noción acerca de la mitad de mi procedencia, afianzada en la cobertura que me proporcionaba la tarea, formé en casa una perreta de talla extragrande. ─Gracias a ustedes, me convertiré en el hazmerreír de la villa. No seré la única idiota con un tronco genealógico talado. Los tiempos en que creía del peꞌ al paꞋ el cuento de la cigüeña y de los críos traídos de París, se esfumó. Ya estoy muy crecidita para escuchar fábulas y leyendas. ─Acompañé mi intervención de todo tipo de muecas y lamentaciones. Si los Santos hubiesen sido seres humanos comunes, mi representación magistral habría funcionado. Siquiera hizo mella en sus resoluciones. Carlos frunció el ceño y dio media vuelta dejándome con la boca repleta de palabras. Herculano introdujo la cabeza en el periódico matutino y se lo puso por sombrero. En cuanto a la señorona, esbozó su maléfica mueca de oreja a oreja. ─Deja ese asunto en mis manos, Nanda. ─Era ella especialista en dar respuestas a medias. Al día siguiente, se presentó en el colegio y, con amenazas de su inseparable bastón de quiebrahacha y el uso de los billetes de su cartera, se echó al profesor en el bolsillo. No más se marchó, fue solicitada mi presencia en el privado de historia y literatura. Reconocí en la mirada del maestro la expresión familiar que acostumbraba a ver en los perros de los custodios al recibir un trozo de carne. ─Fernanda María, olvídese de su tarea. Usted no realice el árbol genealógico. En su lugar traiga una revisión bibliográfica de la batalla de Waterloo. ─Remeneó el rabo y ladró en idioma perruno en señal de sumisión. Perfecto. Los chicos dibujaban y a mí me premiaban con transcribir al menos ocho cuartillas. Lo peor era que no sabía por qué. ¿Qué secreto había en mi vida que manejaban todos, o casi todos, menos yo? Al resto del alumnado le desagradó la clara amabilidad del pedagogo. Ya mis zapatos inmaculados y la mochila decorada con estampas de princesas habían acumulado tantos en contra mía, pero fue el chantaje de la vieja lo que puso la tapa al pomo y ocasionó una serie de sucesos concatenados. Mientras estaba en el aula, los profesores atiborraban mi cerebro con números y letras, todo marchaba viento en popa y el tiempo se me iba como agua entre los dedos. Sin embargo, durante el horario del recreo, las cosas se ponían patas arriba. En el patio de la escuela, en frente de las miradas indiscretas y los guiños burlones, me era imposible enajenarme dentro de mi mundo ficticio. Allí no había un lugar en el que fuese factible esconderme. Solía recitar alguno de mis textos preferidos o sacar un libro y sentarme en un quicio bajo la sombra del follaje de una ceiba. En ese sitio me había conformado una barricada imaginaria que no me resguardaba de la intromisión de mis enemigos. La merienda me la atarugaba, muerta de hambre, de regreso a casa en el asiento trasero del automóvil. Recuerdo que, aquella mañana, releía por decimonovena ocasión el primer volumen de las Crónicas de Narnia, cuando Guillermo, uno de los primos, tiró de mis trenzas. ─Aléjate de mí, pedazo de energúmeno– chillé exasperada. A tientas, busqué con la punta de los dedos el apoyo de un muro tan frío como la pata de un muerto. Tragué en seco y me puse en posición defensiva. Si atacaba su cuello tendría una oportunidad de vencerle aunque él fuese más fuerte que yo. Lo había aprendido en el canal de documentales. Mientras él me humillaba, mis neuronas funcionaban al ciento un porciento y buscaban una vía de escape. A pesar de que quedé inmóvil, no a causa del temor, sino de mis rápidos pensamientos; tensé los músculos de la espalda en caso de que se me hiciese necesario usar la fuerza.
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