La pecosa cara de osa

1122 Words
─¿Perdón, ener… qué? ¿La pecosa cara de osa no habla el idioma de los pobres de la tierra? Cuando su pregunta me removió los riñones, se me escapó un grito tartamudo. Vociferar en varios tonos me hacía lucir ridículamente ridícula, quiero decir ridícula en su máxima expresión. Mi teléfono vibró en el bolsillo de la mochila, pero los dedos se me paralizaron y no pudieron alcanzarle. ─¿Necesita la princesa que uno de sus súbditos le pase la llamada o puede tomarla usted misma? ─Insistió el petulante muchacho. Dejé que los timbrazos se agotasen por aburrimiento. Ya había advertido a mis familiares que en horario de clases no estaba disponible aunque me solicitase el rey de España. La pugna no tenía un buen pronóstico. Yo, contra ese Adonis musculoso de semblante sensual llevaba las de perder. Me empiné en puntillas intentando parecer intimidante, pero me faltaban al menos diez centímetros para llegar al hombro del chico, ¡y eso que era más alta que una vara de tumbar mangos! ─Lo que haga o deje de hacer en mi vida privada no es tu problema. ─Pretendí responderle como si en lugar de estar rodeada de una bandada de adolescentes sedientos de sangre azul, tuviese una discusión de rutina con Clodomira. ─¡Así que la señorita conoce el idioma de los pobres de la tierra! Pensé que era el latín su lengua natal. A ver. ─Se quedó pensativo durante un pequeño instante y me dio la oportunidad de utilizar la autosugestión para acallar mis miedos.─ ¿Cómo savá mademuseille? ¿Savá bian, savá tre bian? Casi me muero de la risa a pesar de mi inusitada situación. ¡Eso no era francés, sino la máxima depauperación del idioma español! Sin embargo, no era el momento idóneo para andar caminando entre las nubes, sin poner los pies en la tierra. Debía trazar una estrategia con premura, antes de que el vulgo se dejase guiar por el cabecilla y pidiese mi cabeza en galardón. Probé cruzar entre ellos en el acto, sin que el semicírculo alrededor mío se cerrase; pero los estudiantes de los grados principiantes, ansiosos por visualizar un espectáculo en vivo y a todo color, acortaron las distancias. Se colocaron apenas a unos cinco pasos de mi posición mientras aplaudían mentalmente la puesta en escena de La decadencia de Fernanda en la escuela parte uno. Mis dedos tantearon el resbaladizo muro que me separaba del mundo exterior antes de medirlo con la vista. Era tan alto y liso que subirle sería una proeza para un ser humano común. Yo misma me había metido en la boca del lobo al buscar refugio en un sitio con una única salida. Tenía dos opciones: correr o morirme de vergüenza. La primera se me hacía un tanto difícil, la segunda era inadmisible. ─Busquemos un altoparlante y hagámosle una alfombra de flores para comunicar a los fieles súbditos sus decisiones. ─El chico apremió a la multitud e incrementó mi agonía. La historia iba de mal en peor. Al clan de los primos pertenecía cerca de la mitad de los ciudadanos de la villa. Guillermo contaba con más seguidores de los que podían contar mis dedos de las manos y de los pies sumados. En cuanto él gritase: «tiren la primera piedra», sería asesinada por las masas. Pronto, la turba se enfurecería y pediría mis sesos en una bandeja de plata. Vivía en las Crónicas de una Muerte Anunciada y era yo la protagonista de la historia. El muchacho agachó su cabeza hasta situarla justo junto a la mía. Una sonrisa sardónica se dibujó en sus delgados labios. Apenas tendría mi edad; pero ya parecía todo un hombre, al menos por fuera de la piel. Por dentro era un idiota con alma de burro. Sus ojos grises se deslizaron alrededor de mi escote, quizás demasiado pronunciado. Al instante decidí que al día siguiente, si acaso había un mañana académico, iría a la escuela con un pulóver con el cuello de tortuga aunque me deshidratase sudando. Según la abuela, ser la única ciudadana pelirroja de un poblado latinoamericano me convertía en un objeto codiciable. La vieja era mala, pero no tenía un pelo de tonta. El muchacho buceó dentro de las telas de mi blusa sin pizca de recato ni prisa, como si tuviese todo el tiempo del mundo y, en lugar de estar en una escuela, viviésemos dentro de un burdel. Disfrutaba mi tortura psicológica, jugaba con su presa antes de atacar de frente. Sus ojos grises rodaron dentro de las cuencas cuando se posaron en la marfileña piel de la juntura de mis senos. Tal parecía que atravesaban las telas y hasta las carnes. El ambiente se cargó de lujuria, odio y deseos de venganza. ¿Cuál de ellos ganaría la batalla? Cubrí mis pechos con el auxilio de mis manos. Hubiese necesitado cuatro, pero solo contaba con dos. Mientras le pedía a Dios que el timbre de entrada a las aulas sonase de una buena vez, una pequeñaja de unos siete años se esforzó en hacerme rabiar. ─Aquí estoy, Guillermo. Ya traje lo que la princesita necesita. ─Con una gran sonrisa mostró su dentadura desdentada. El demonio en miniatura tomó una frazada de piso, que había sacado quién sabe de qué sitio, y la tiró sobre mis hombros. Apestaba a desechos de pescado tras varios días a la intemperie. Una extraña marea empezó a agitarse en mi estómago y me hizo doblar en dos. Me estiré y apoyé la espalda contra el tronco de la legendaria ceiba. ¡Aire! Necesitaba una gran bocanada, un balón de oxígeno fresco, ya fuese en la vía láctea o en el patio de El Framboyán. Pero, por ahora, solo recibiría las burlas de mis condiscípulos. Otra niña, muy semejante a la anterior a pesar de que no era gemelas, arrastró un cubo de desechos sólidos, más grande que ella, y lo vació delante de mis pies. ─Bienvenida sea, su Alteza, al país de los Alcaldes Abusadores. Sus deseos son órdenes para nosotros. Solo pida cualquier cosa, que sus siervos la cumpliremos. ─Ella selló su discurso con una profunda reverencia. Mi suerte estaba echada. Alguien me había condenado al linchamiento colectivo. «Los fieles súbditos» actuaban bajo el amparo de las sombras diurnas, sin pena ni temor de ser atrapados por la presunta autoridad del profesorado. Mis cuarenta y seis kilogramos de peso estaban en peligro de extinción. Naufragaba sin hallar una tabla de la que asirme para mantenerme a flote. En mis venas se mezclaban el terror, la excitación y la ira. Sin embargo, una vez que se esfumase el efecto de la adrenalina, quedaría desamparada. Sentí que el corazón me latía con un ritmo ensordecedor.
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