La turba enfurecida

1382 Words
─Esto a Dios le desagrada ─intervino una voz femenina. En un principio, pensé que mi mente había inventado a un ser con poderes sobrenaturales para que tomase parte en mis asuntos, pero al voltear el rostro, descubrí que la alucinación era tan real como el resto de los estudiantes. La joven esbozó una sonrisa a media asta. No sacó a relucir los dientes fuera de su boca, pero se mantuvo con las manos en jarras y con la actitud amenazante de una madre de muchos hijos durante la repartición de un pote de helado. El chico desvió la atención hacia ella, pero unos segundos después, esbozó una mueca diabólica. El tema «Dios te castigará, arderás en el infierno por la eternidad» siempre funciona en la creación de cargos de consciencia… entre aquellos que tienen consciencia. Los depredadores furiosos son ateos. Jamás habría imaginado la existencia de tanta maldad en los críos de la villa. Lo más penoso es que Guillermo y yo siquiera habíamos mediado dos palabras. Les ofendía por el mero hecho de ser quien era y no por mis acciones. ─Por favor, William ─insistió la muchacha con vehemencia. Una segunda náusea me recordó lo asustadizo que era mi sistema digestivo. Entre el miedo y los malos olores, el vómito era inminente. ─Aquí tiene usted su altoparlante, Alteza ─Guillermo, a sabiendas de que desafiaba a la muchacha, me ofreció el cubo de basura tras realizar un gesto grave. Si él situaba ese pedazo de lata con desechos de la prehistoria cerca de mi boca, moriría de puro asco. ─Tal vez haya otra forma de resolver nuestras diferencias. ─Me atrapé infraganti, removiendo las pestañas y regalando sonrisas a un bastardo de los infiernos. Ese lado de mí, la faceta siniestra, sacaba de mi interior lo que me hacía falta para sobrevivir. Tomé un buche de valentía y murmuré entre dientes con tal de que casi nadie me escuchase:─ No tenemos que llegar a un punto sin retorno. Eres un chico apuesto y yo soy una joven dispuesta a pasar bien los días en el colegio. No pude evitar sonrojarme. Por más que presumiese de entereza y autocontrol, permítanme recordarles que solo tenía dieciocho años en el esqueleto y cinco en cuestiones de experiencia personal. Sin embargo, con tal de salir de allí lesa, hubiese sido capaz de mentir a Pinocho. La seducción me permitía ganar algo de tiempo hasta que sonase el flemático timbre. Los minutos transcurrían con acuciante lentitud. ¿Qué le sucedía a mi reloj que se negaba a funcionar cuando más le necesitaba? ¡Y eso que era un modelo suizo bien cotizado en el mercado mundial! La turba avanzó otro paso. Intentaba descifrar qué tanto teníamos que hablar el Primo y yo en privado. ─Tengo hambre, hermanito. Vamos a merendar. ─Una de las pequeñuelas desdentadas jaló los bajos del pantalón de Guillermo. Era el ahora o nunca. O me dejaban sobrevivir, o la tortura pasaba a las ligas mayores. Vislumbré un espacio vacío más allá de una de las desdentadas. Si corría, quizás llegase a la puerta principal -con un poco de buena suerte y hasta el fin del mundo conocido-, pero ese movimiento también podría desencadenar el caos anunciado. Bajé la cabeza en señal de sumisión aunque solo estaba calculando las distancias. ─Hoy nos divertiremos a costa tuya; y mañana, quizás, tome eso que ofreces. Como eres hija de tu madre, dentro de poco tiempo recorrerás todas las camas del pueblo. Mucho han tardado en comenzar tus aventuras de alcoba. No me hace honor alguno tu ofrecimiento ─afirmó Guillermo sin inmutarse. Sus ojos contradecían sus palabras. Ni un instante se apartaban de mis senos. Él se moría por poseerme, por arrancar de mis labios una rendición absoluta, por humillarme hasta que las ansias me impidiesen resistirme. Me enfrenté a su mirada por encima de mis montañas de temores e inseguridades. No me quebré, me mantuve firme a pesar de que llevaba las de perder. En el aire crepitó una amenaza de violencia que inflamaría el eje de la Tierra. Tras unos segundos de duda, su odio sobrepasó las motivaciones de índole s****l. Se tragó las ganas y retomó su papel de patán fuera de serie. Levantó la cabeza y me dirigió una ojeada cruel. Sin vacilar, dio otro paso. Un nazi nunca decepciona a su club de fans. «Hija de mi madre, no eres el primer imbécil que me llama de esa manera y hasta ahora, ninguno de ellos ha salido victorioso»; intenté protestar, pero mis miedos superaron a la furia y al amor propio. Mi impotencia me llevó al llanto y, este, a la histeria colectiva. Una treintena de alumnos comenzó a corear «pecosa, cara de osa» a todo pulmón. Lo que empezó como una broma de mal gusto, terminó de la misma manera que una cacería de brujas. Según mí reloj de pulsera, faltaban cinco minutos para que tocase la campana. El tiempo estaba en contra mía. A un asesino experto le sobraban sesenta segundos para descuerar viva a su víctima. Quizás Guillermo no fuese experto, pero contaba, nada más y nada menos, con trescientos segundos. Justo entonces, un silencio sepulcral cayó sobre el patio. Tal como suelen decir, se podía escuchar el sonido del vuelo de una mosca. Temí que mi respiración o un leve movimiento osara romper el mutismo y diese fin al momento de paz en medio de la tormenta. Volteé la cabeza con lentitud hacia el pasillo central. Por allí se acercaba una de mis maestras; precisamente aquella que, con un tono despectivo, me había dado la malvenida en el colegio. Instintivamente, agradecí a Dios por enviarme mi tabla salvadora. Solía recordar su existencia siempre que estaba en aprietos. En mis labios se coló una sonrisa victoriosa. Me había olvidado de que en el centro escolar existía un claustro de pedagogos y funcionarios encargados de imponer las reglas y el orden. Caminé por delante de Guillermo y sus seguidores con la frente elevada y el paso firme. Como parte de una diminuta venganza, abandoné la apestosa frazada de piso en la falda de una de las pequeñuelas desdentadas. Me creí a salvo, al menos por el momento. Sin embargo, la maestra fingió no haberme visto y siguió su camino. Ese día aprendí que las brujas vienen en diferentes envases. Algunas se disfrazan de ángeles de luz mientras dispersan sombras. No existía un sitio al que pudiese huir ni una mano amiga que me brindase ayuda. Estaba perdida y poco me habían enseñado los Santos de defensa personal. ¡Cómo se gastaban el dinero en porquerías! Conocer un montón de idiomas e historia universal no me salvaría del holocausto. ¿Dónde rayos estaba mi chofer guardaespaldas cuando le necesitaba? De un solo manotazo, Alberto habría echado por tierra a cuatro o cinco mocosos. Afiancé la mochila por una de sus asas y la emprendí a golpes contra la desdentada que me cerraba el paso. Tenía el factor sorpresa y un montón de adrenalina de mi parte. No pretendía abatir a un bulto de estudiantes, solo crear una brecha por donde escapar. Si hubiese sido justa, me habría enfrentado a Guillermo; pero mi accionar no era cuestión de justicia, sino de supervivencia. Lanzándome contra la pequeñita, tenía más oportunidades de salir ilesa. En el segundo ramalazo, el zíper se abrió y el pozuelo de la merienda voló al centro del patio. Tras él corrieron algunos chiquillos golosos. La distracción propició el momento tan esperado por mí. Abandoné la mochila y mis tesoros bajo las garras de los depredadores y corrí cuán rápido me fue posible. Los miedos se convirtieron en el surtidor de mi valentía. Gané la salida a la fuerza en una carrera con obstáculos en la que me jugaba algo más que la opinión popular. Mi libertad se tambaleaba. Luego de que la noticia del incidente se dispersase por Rojo Cangrejo, subiese la montaña y se convirtiese en la comidilla de mis fastidiosos empleados, alguna lengua endulzaría con cizañas el oído de la abuela malévola. Nunca volvería al poblado y, mucho menos, al colegio. Nada ni nadie se atrevería a sacarme de mi urna de cristal. Allí moriría de vejez o aburrimiento. A pesar de que no volteé a echar un vistazo, las risas se prendieron como alfileres aguijoneando los oídos.
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