Un ser invisible

793 Words
Me desvié a través de un sendero por el que transitaban pocas personas. En cierto sentido, mi huida me liberaba de las presiones a las que era sometida. Aunque deseaba correr eternamente, las fuerzas me abandonaron en la tercera esquina. De igual modo, ya estaba cerca de las afueras de la villa. Rojo Cangrejo era un caserío diminuto en el que habitaban pocos pobladores. Alrededor de la plaza se ubicaba la escuela, la estación de policía, la policlínica, el mercado, la iglesia católica, un templo evangélico y un centenar de viviendas. El resto de los vecinos residía alejado del pueblo, en casas de campo. Era sencillo recorrer el perímetro de la villa en tres zancadas, y ya yo llevaba muchas más. Me mantuve en movimiento hasta que todo quedó atrás, con sus bullicios incomprensibles. Andaba sin rumbo fijo porque mirándolo de la manera en que lo mirase, ir a El Framboyán era tan malo o peor que regresar al colegio. De igual modo, debía apresurarme en retomar el camino correcto antes de que mi pudiente familia tomase cartas en el asunto y se armase la cacería de brujas Con gusto hubiese impactado mi puño contra el atractivo rostro de Guillermo. Le odiaba tanto como a la abuela. Una y otra vez su voz se fundía a mis oídos. Pese a lo que puedan pensar, él no me motivaba sexualmente, solo me atraía un poco. Era yo una adolescente con las hormonas enardecidas, no una psicópata adicta a los placeres de la carne. Prefería fantasear con un héroe imaginario o un actor de televisión y no con un idiota reconocido. Corrí mientras el terreno fue transitable. Sin embargo, a medida que la vegetación se espesaba, yo aminoraba el paso. No era tonta, el río estaba cada vez más cerca. Ya percibía el olor de la humedad y el sonar de sus aguas contra las piedras. Mis pasos se detuvieron junto a la orilla. Solo por saberle cerca de mí, me subieron dos millones de emociones diferentes. Terror la primera, eso era obvio. Temía al líquido cristalino y retozón que rebotaba en los guijarros y producía un hipnotizante sonido. Temía a los animalejos que serpenteaban en el lecho parduzco del torrente. Pero lo que más me horrorizaba era ser arrastrada por un remolino surgido de la nada. Ignoraba cómo llegar a El Framboyán sin atravesar el río. Sentí que un nudo me encogía el estómago y me impedía dar un paso. Las náuseas retornaron con más fuerza. Me cubrí la boca con el dorso de la mano mientras emitía ruidos guturales y esperaba a que se me pasasen los espasmos. Casi sin pretenderlo, me abandoné sobre un montículo y exploté a gritos. No quería llorar, pero ya era demasiado tarde para detener la cascada salada que brotaba de mis ojos. Si hubiese sido posible echar el tiempo atrás, no sabría a qué sitio retroceder. Todo mi pasado era una nebulosa oscura sin sombra de luces. Tal vez lo intentaría con aquella lejana época de mi niña temprano esa que mi mente se empeñaba en no recordar. ¿Qué era mi vida sino una gran porquería? ¿Acaso valía la pena seguir adelante? Tal vez, sería más sencillo renunciar a luchar y dejarme arrastrar por la corriente. Una idea fija se había adueñado de mi cerebro y me resultaba imposible evadirla. Estaba tentada de… ¡Oh, no, por Dios! Eso ni mencionarlo. De repente, un guijarro salió de la nada y se impactó contra mi espalda. El golpe me sacó una expresión de dolor que no tenía mucha relación con la crianza encopetada que me había dado la señorita Dumont, sino con las burdas palabras que solían soltar los empleados de la hacienda y que yo escuchaba casi por casualidad. Otra piedrecilla danzarina, que golpeó contra mi zapato, potenció las estruendosas lamentaciones. En la vorágine de acontecimientos recientes, hasta lo más pequeño me sacaba el llanto. Una voz que me llamaba por mi nombre escoltó a un segundo guijarro. Eché un vistazo alrededor. Solo me acompañaba el abominable río y, hasta donde entendía, nadie le había otorgado el don de la palabra. . ─Fernanda María, Fernanda María Santos ─repitió. La voz era cada vez más insistente. Miré nuevamente tras los árboles y hacia el sendero, pero no hallé algo más que luces y sombras. ─¿Dios? ─pregunté dudosa. Tenía que ser Dios. ¿A quién otra persona podría interesarle? ─Fernanda María Santos. ─El ser invisible contuvo la risa. Esto no tenía una pizca de gracia. Estaba comenzando a preocuparme. Como bien decía la abuela, porque en algo tendría razón, una jovencita no debía mataperrear por los montes. Solté un chillido mudo, una cruda mezcla de miedo y cólera. Estaba demasiado asustada para pensar con claridad.
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