Encuentro fortuito

889 Words
Agarré un palo con ambas manos. Era demasiado pesado para sostenerlo con una sola. Consciente de que mi mal día estaba pronto a convertirse en uno peor, auné todas mis fuerzas con el fin de levantarlo. Cuando me volteé y los rayos de sol incidieron de pleno sobre mi rostro, achiné los ojos para defenderme. Una borrosa figura se acercó en ocho, siete, seis, cinco segundos… Con la vista encandilada, esgrimí el madero. Vendería cara mi derrota. Nunca suplicaría como una pequeñaja chillona. ─Estoy armada. ─Mi rugido aparentó cualquier cosa menos valentía. A medida que la silueta se aproximaba, mis ojos se iban acostumbrando a la luz. Pronto la figura dejó de ser un supervillano de fama mundial y se agenció un rostro demasiado familiar. Me bastó con una mirada para confirmar mis sospechas. ─¿Guillermo? El odioso nombre se me escapó de los labios. No sería posible que, tras tanto correr, él me hubiese atrapado en cuestiones de minutos. Demasiado estrés para mi endeble sistema nervioso. Me doblé en dos y vomité en la puntera de sus zapatos. Mejor dicho, sobre sus dedos desnudos. Calzaba sandalias. ─Bonito saludo. Pronunció su frase de bienvenida con un irónico matiz. Mal comienzo para una cháchara indeseable. Mientras él introducía los pies en el agua, la corriente arrastraba los pedazos de wafles a medio digerir, una rebanada de pan con jamón y tres mazos de ciruelas. Me encantaban y los comía por montones. ¿Qué más daba? El vómito siempre ha sido asqueroso sin depender del contenido estomacal. Había perdido mi capacidad para despotricar y decir un millón de disparates. Mi preciosa voz, de la que solía presumir, se ocultó tras la introversión. Aunque estaba de cuerpo presente, era solo un maniquí sin voluntad propia. Escondí mi vergüenza tras la ira y le espanté un empujón que casi le hace perder el equilibrio. Había aprendido que quien da primero, da dos veces y solía ponerlo en práctica. ─¿Ya ves? Por tu culpa, estúpido. ─A pesar de que recobré la voz tras la sorpresa, sonaba más parecida a mi padre que a mí misma. Ignoro de qué sitio me salieron las fuerzas, pero alcé al palo y lo descargué sobre su hombro. Poco a poco, iba recuperando parte de mi confianza perdida. Apalearle me hacía mucho bien. El chico se salvaguardó como todo un maestro. Agarró mi arma por la punta y me la arrebató de las manos. De igual modo, no me amedrenté. Tenía dos puños fuertes. Él no me podía despojar de ellos. Me abalancé sobre su pecho sin camisa y le pegué con incentivadas fuerzas. ─ ¡Detente! ─bufó como un dinosaurio en peligro. A su favor puedo decir que soportó mi furia al estilo de un caballero de brillante armadura. Se limitó a defenderse y me hizo el menor daño posible. Aunque evadió la mayoría de los golpes, muchos llegaron a su destino y le dejaron un moretón de recuerdo. ─¡Para ya de una vez, Fernanda María! . Su única defensa, entonces, fue el desdén. Se limitó a levantar su barbilla, desafiándolo en silencio a hacer comentarios. ─ ¿Así que ya no soy la «pecosa, cara de osa» ni la «princesita» o la «hija de mi madre»? ¿Sabes mi nombre? Pues úsalo en una disculpa pública. ─Mientras chillaba no dejaba de abofetearle. Y así hubiese seguido eternamente o hasta que se me agotase la adrenalina. Sin embargo, él aprisionó mis muñecas y puso en pausa mis instintos de supervivencia.─ No me rendiré tan fácilmente. Te odio. ─Le solté a la cara con ira renovada. ─Basta, por favor, mujer. ¿Te has vuelto loca? Una vez que me deshice de mis amarres, dejé la lógica de lado. Todo cuánto él decía me entraba por un oído y me salía por el otro. ─Sí, suplica. De poco te valdrá. Echaré a mis perros tus carnes. ─Mi imaginación andaba a mil revoluciones por minuto y la furia a dos mil. ─Siquiera tienes perro. En sus ojos color café había una expresión picaresca que pintó mi rostro de rojo púrpura. ─¿Tú cómo lo sabes? Acosador. Se lo diré a mi padre. Te hará encerrar en la cárcel hasta que olvides tu nombre. ─La sorpresa no era fingida, el corazón se me quería salir del pecho. En un nuevo arranque de cólera, pataleteé y clavé mis uñas en su piel. Mis dientes rechinaron preparándose para la batalla. Me propuse arrancarle parte del pellejo en cuanto lo tuviese a una distancia alcanzable. Ya fuese violador o asesino, un recuerdo mío le quedaría tatuado. Vendería cara mi derrota. Las reservas se me evaporaban mientras luchaba como una fiera enjaulada. Él tiraba palabras al vacío, palabras que yo era incapaz de entender porque mi cabeza era ocupada por una sola idea: sobrevivir. El corazón me latía en una melodía desenfrenada. Impulsaba casi toda la sangre a mi rostro amoratado y muy poca a mis puños, agotados por el esfuerzo. Sin embargo, rendirme no era una de mis opciones. A medida que más acorralada me sentía, me invadían nuevos bríos. Una oleada de energía me infundió una extraña paz ciega y sorda. Dejé de luchar a tontas y a locas. Visualicé en el cuello del muchacho las arterias y venas abotagadas. Arqueé el tronco y fui a por ellas.
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