Megaemociones I

1568 Words
—Alguien no lavó sus manos hoy —él comentó displicente. De inmediato, revisé mis uñas. Presumía de su cuidado. Permanecían largas, limadas y lustradas. Él solo pretendía encontrar un ardid para exacerbar mi mal humor. —Están limpias. —Los sollozos se interpusieron con brusquedad en el camino de las palabras. Tardé más en pronunciar un par de ellas que en declamar La Marsellesa en francés. —No dije que fueras tú, sino yo. —Para ratificar su objeción, me mostró las suyas. Sin dudas, se hallaban muy sucias. Se acuclilló junto al torrente e introdujo sus dedos. Mientras los restregaba con fuerza, yo memorizaba los lunares de su espalda abrillantada por el sudor y me deleitaba a escondidas en mis más oscuros pensamientos. —Recién salidas de la fábrica. No lo dudé un instante. Él recién salía de la fábrica de la cabeza a los pies. —Cuidado, no resbales —mencioné el comentario a lo tonto. El chico tenía un nexo simbiótico con la corriente. De más estaban mis miedos irracionales. —No te preocupes. El río es mi amigo. Asentí a mi pesar como una autómata idiotizada. —Aún no me he presentado. —Mi lengua tartamudeó sin permiso—. Yo soy… La excitación había borrado de golpe la famosa megaemoción negativa, aunque no mi torpeza. Fui incapaz de concluir una presentación sencilla, por demás innecesaria. «Tonta, más que tonta y requetetonta. ¿Acaso te esfuerzas por verte mal? Te he llamado por tu nombre y sabe que no tienes perro. Pregúntale tu número de identidad. Quizás lo conozca de memoria», me regañé en silencio. En un pueblo pequeño, los pormenores de la vida ajena se dominan mejor que las tablas de multiplicar. Rojo Cangrejo era un caserío diminuto, con récord en investigación al prójimo; y mi información personal, de dominio público. Nombres, apellidos, los detalles de mi ascendencia paterna y el tabú concerniente a la rama materna, formaban parte de la cultura popular. Pero la gente solo manejaba la corteza humana, la cáscara que se escondía tras un revoltijo de sentimientos y sueños; y yo… yo era más que un bulto recopilado de datos biográficos. Esteban cruzó a la otra orilla para revisar sus pitas. Las tenues olas que se levantaron a su paso sacudieron la superficie y humedecieron mis ropas. Manchas de peces matizados, dispersándose a gran velocidad, preservaron sus vidas ante la inminente amenaza. Su lanudo cabello indisciplinado se agitó en un ramillete de tirabuzones sobre la piel bronceada. Por un instante, volví a dudar que él fuese un ser real. La perfección de sus facciones y su musculatura me hacía temblar en un paroxismo de emociones disparatadas. Ni en alucinaciones, pese a mi colección de productos importados, conseguiría una sonrisa semejante a la suya, tan seductora y sensual. ¿Dónde habría aprendido el arte de embelesar? Se le daba muy bien para ser un guajirito de Rojo Cangrejo. Sin saber cómo comportarme, y con los nervios efervescentes, devolví una mueca. —En Rojo Cangrejo se te conoce por el sobrenombre de «heredera alcaldesa», pero en mi humilde opinión, eres la princesa de El Framboyán. Fuera de enojarme con su entonación divertida, la tomé como un cumplido. En ese entonces, no supuse que escuchar tal calificativo se convertiría en mi mayor anhelo, en que el sonido de su voz me transformaría en el ser más obtuso del universo, que quedaría suspensa, abstraída, seducida en una utopía nunca antes imaginada. —¿Qué me dices? —Mi sonrisa fue la mueca torpe que no pasó desapercibida. —¡Mira que confundirme con Guillermo! Él es más…—Sus hombros se encogieron ratificando la incertidumbre. — ¿Feo? —Pudiese tener razón aunque la diferencia era mínima. —No. Si de conquistas se trata, él es mucho más guapo que yo. — ¿Tonto? —Ahora sí lo has pillado.—Clavó en mí su mirada superpoderosa. ¿Por qué me tropezaba con unos ojos tan seductores y atrevidos? Lucirlos debería prohibirse por un artículo de la constitución. Me concentré en una pelusilla enredada en sus rizos. Sin emitir sonido, devoré la distancia que nos separaba, introduje mi espacio en su espacio y encajé mis ganas en la punta de los dedos. Él se quedó quieto, permitiéndome deshacer a mi antojo por un tiempo indefinido. No demasiado, yo precisaba borrar las impresiones negativas, no agrandarlas. Esperé que ripostara con una atrevida jugarreta. Ya que la lujuria se nos escapaba por los poros, cualquier cosa podía acontecer. En cambio, alguna clase de protesta cruzó por sus ojos ambarinos y acrecentó la distancia física entre nosotros. Al menos, uno de los dos poseía sentido común. Los labios del joven se torcieron. Hubiese pagado mi diminuta fortuna por uno de sus pensamientos. Esperar a que se dignase a explicarse me producía un miedo atroz. Mezcladas emociones se entrecruzaron en mi cabeza en el instante en que nuestras miradas se toparon. Advertí que mi cuerpo temblaba bajo las telas y no era a causa del frío. Conté los eternos minutos que él tardó en comenzar a hablar mientras mi agonía se incrementaba. —Me has visto varias veces aunque lo más probable es que no lo recuerdes. Para ti los chicos de Rojo Cangrejo deben ser todos semejantes —afirmó sin dejar de bucear en mis pupilas ardientes. ¡Objeción! Se equivocaba en un cien porciento. Mi respuesta fue tajante y concisa, carente de adornos superfluos que propiciaran el balbuceo bochornoso. —El hecho de que te confundiese con tu hermano no quiere decir que no te recuerde. —Mis palabras llevaban una carga importante de burla que lindaba con la ofensa. En mi octavo cumpleaños, mi padre me sacó a pasear al pueblo. Como solía suceder siempre que ponía un pie fuera de los límites de la montaña, me quedaba con la boca llena de baba y los ojos espernancados viendo a los chicos de Rojo Cangrejo. Ellos retozaban por las callejuelas. Mis ansias de vivir les seguían en sus jugueteos a la par que mi cuerpo se mantenía encadenado a un banco. No aceptaban en su grupo a una aristócrata con ropas almidonadas, zapatos de charol y perfume francés. Correrías arriba, correrías abajo, gastaban los caminos empedrados con la suela de sus pies. Me mataban la curiosidad y el aburrimiento mientras Carlos intercambiaba traviesas ojeadas y frases audaces con una joven agraciada. Acorde a su faceta de mujeriego, entretener a la diminuta mocosa chinchosa no era una prioridad. Luego, para resarcir mi fastidio, él me compararía un bonito juguete y resolvería el vacío generado por su desatención. Según los Santos, todo tenía un precio. En aquel entonces, yo no comprendía que la paternidad es un asunto de sentimientos y no de objetos. A medida que los costosos regalos de mi padre se acumulaban en un rincón, mi corazón carecía de emotivos recuerdos familiares. Puesto que los cangrejos no subían a El Framboyán, me extasié con sus graciosos zigzagueos. Atrapé, sin pensarlo dos veces, uno de ellos que se me acercó despreocupado. Quedé pasmada cuando se defendió y aprisionó dos de mis dedos entre sus pinzas. Lloré en silencio, como una dama a pesar de que una docena de niños esperaba que comenzara a gritar por mi papi. Todos ellos eran trigueños y andaban descalzos y con el torso desnudo. Parecían formar parte de un equipo uniformado. Cuando más perdida y solitaria me encontraba, un chiquillo se me acercó y me regaló la más tierna de las sonrisas. Luego, aplicó una especie de técnica, para mí insospechada, e hizo que el animal soltase su la presa. Después, enjugó mis lágrimas con el dorso de sus manos, se alejó tras el resto de los críos. Harta de emociones y aventuras, me tomé una pausa mientras aguardaba a que mi padre terminase de engatusar a su nueva amiga. Para intentar atenuar el dolor, escapé a mi mundo imaginario. Unos segundos más tarde, aquel niño me hizo retornar al banco. Se plantó delante de mí y abandonó una flor de majagua en sobre mi falda. —Soy Esteban y tú eres mi princesa —balbuceó con la cabeza escondida entre hombros y se retiró a toda prisa. He guardado un recuerdo nítido de aquella tarde, y también pruebas, por si una sombra de duda entorpece mis sentidos. Los mustios pétalos de esa flor se han preservado en el interior de mis cuadernos. No es algo que pudiese olvidar o fingir que nunca sucedió. Pocas veces mantenía la bocaza cerrada si la razón estaba de mi parte. Por eso, la abrí a todo lo que daba. —Esteban Eduardo Suárez, ¿no es así? —Planteé la capciosa a sabiendas de la respuesta. Conocía de su existencia tanto como él de la mía. Bien poco tenía por hacer en los enormes pasillos de El Framboyán más que llenar a Carolina de curiosas interrogantes. A ella no se le escapaba detalle de la vida y obra de los habitantes del poblado, desde el nacimiento hasta la defunción. Al menos de referencia, yo manejaba cientos de informaciones, algunas de ellas con rostros conocidos; otras, como en este caso, carecían de contenido visual adosado. Ambos habíamos puesto las cartas sobre la mesa. Él me trataba de princesa y yo le reciprocaba de la manera que me era posible. Ya que no era experta en frases a medias, iba adelante con la sinceridad.
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