─Tengo frío ─mentí como justificante.
Me mordí el labio inferior hasta hacerme daño. Pedirle que se moviese de encima de mí era demasiado sacrificio para mi orgullo de Alcaldesa de sangre Muñoz.
El agua que destilaba el minúsculo short que él vestía y el sudor generado por la pelea habían humedecido mis ropas, pero la verdadera razón de la piloerección radicaba en la infrecuente cercanía de un majestuoso ejemplar de hombre.
Mis senos se tensaron y levantaron la tela de la blusa. Me acusaban de ser una embustera empedernida. Y él los contemplaba. No había aprendido el arte de la sutileza y los reojos, los contemplaba descaradamente.
¿Qué culpa tenía yo de sufrir dos encontronazos en cuestión de horas con un par de tipazos casi idénticos? No me juzguen a la ligera. Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.
Él recorrió con la vista mi cuerpo semidesnudo. En un descuido, siguió la curva del escote mis senos. Aunque no podía precisarlo, juraría que estaba más roja que la grana.
─Por lo visto, Guillermo ha hecho una de las suyas ─murmuró sin incorporarse.
Había escogido un sitio y un momento bastante inoportuno para darle a la lengua.
─Ignoro a qué te refieres a ciencia cierta ─respondí con petulancia─, pero él me ha jodido la vida de buena manera. No creo que pueda regresar al colegio. Ahora mismo, vacilo entre tirarme a lo más hondo del río o enterrarme en El Framboyán y dejar de comer hasta morir de hambre. ¿Qué me aconsejas? Aún no lo he decidido.
Estaba siendo demasiado sincera, más de lo que meritaba mi situación. Una expresión despavorida se coló en los ojos de Esteban. Sin necesidad de haber escuchado los comentarios inapropiados de la abuela o los diagnósticos de la doctora Bell, él me miró como se mira a una demente. La conclusión se desprendía por su propio peso. Por más que lo negase, era una demente.
Esteban se incorporó de un salto y dio varios pasos en dirección contraria al río. Casi con cautela, se frotó los moretones que recién comenzaba a pigmentarse.
─Tú provocaste mi miedo. Me tiraste una piedra ─le increpé furiosa.
No estaba dispuesta a bajar el pendón. Le ataqué sin darle tiempo a pensar.
–Tres, si de ser exacto se trata. ─¿Querría hacerme daño? Parecía un chico agradable, pero no me asombraría que sacase el cuclillo y me apuñalease por la espalda.─ Solo pretendía detener tus lamentos. –¡Irrisoria y extraña manera de intentarlo!– Eché el guante a la primera idea que se me ocurrió, y no fue desacertada. Ya no gemiqueas.
Había adivinado mis reproches silentes. Mi poca experiencia en las relaciones humanas me hacía un volumen abierto de fácil lectura.
─Casi me muero de un infarto. ─Intenté desviar la conversación a un punto neutral que no delatase la turbación que me generaba su escultural cuerpo semidesnudo.
A paso resuelto, él avanzó hacia mí. Con su pulgar recogió una lágrima rezagada de la punta de mi nariz y la deslizó por su dedo índice hasta que desapareció.
─Es esto lo que pretendía hacer con tu llanto, no producirlo. Perdona por asustarte.
Cuando me vi reflejada en sus ojos, las ansias le hicieron destellar
─Lo dice el chico lleno de moretones. ─Procuré sonreír en son de paz.
Dentro de mi boca bien podría haberse colado un enjambre de moscas guasonas. Le contemplaba fascinada, sin respirar por pavor a idiotizar el instante. Mis ojos también se habían olvidado de las miradas sutiles. Eran tan osados como los suyos. Resbalaban de los pectorales a las tetillas y de allí se desplazaban por el cuadriculado abdomen.
Las diminutas gotas de rocío que pendían de sus vellos me hicieron la boca agua. ¿Quién puede vislumbrar el zumo de un hombre bien dotado y permanecer impasible? Lo que es digno de aplauso debe ser aplaudido. Y él era perfecto en todo el esplendor que esa palabra encierra.
Mi mirada traicionera se quedó ensimismada e hizo caso omiso a la orden racional que dictaba una retirada inmediata. Disgregó la imagen de Esteban en una amplia gama de colores y la reagrupó dentro de mis fantasías. Se enfrentó a mis miedos, a mis ansias de ocultarme en mi concha acorazada a la sombra de otros sueños que no había tenido el valor de soñar. Se detenía irrespetuosa en su cuerpo, y en especial en lo que intentaba ocultar el minúsculo short.
Una vez que sospeché de la ausencia de ropa interior, mi imaginación se tornó obsesa y predecible.
Demasiado tarde mi consciencia me alertó del peligro. Una vez que destapé la caja de Pandora, decidí quedar hipnotizada por voluntad propia y disfrutar al cien porciento el perfecto paisaje humano que se avizoraba.
Resultaba bochornoso permanecer extasiada y boquiabierta, a expensas de ser atrapada infraganti. Me hubiese caído a cachetadas de haber podido despegar los brazos de ambos lados del cuerpo.
«¡Tierra llamando a Nanda! ¡Vamos, reacciona!», me solté un grito silente en el interior de mi cerebro.