Mientras él negociaba los peces con los mercaderes, contemplé mis nuevos zapatos de charol blanco, salpicados de lodo. Toda la ropa era un desastre, manchada de cuanto pudiese existir. Esteban reapareció en un abrir y cerrar de ojos, con unas pocas monedas en la mano y tres peces en su ensarte. —¿Y esos?—indagué extrañada. —Muy pequeños para vender, suficientes para comer. Llevo a casa la proteína de la cena. De pronto, comenzó a moverse hacia la salida sur. Viajaba con mayor soltura y a saltos desde que la carga era menos pesada. Aceleré el paso intentando alcanzarle. Estaba desacostumbrada a las largas caminatas y ya las agujetas en la planta de los pies me molestaban. Me guio hasta un puesto de helados, el único de confituras del lugar y me exhortó a que eligiese mi sabor favorito

