Me dirigía al mercado. Aun con los ojos cubiertos sería fácil llegar allí desde cualquier calle que desembocara en la plaza. El secreto consistía en dejarse guiar por la algarabía o seguir las carretas y animales cargados de sacos de mercancía
Pequeños puestos rústicos se situaban uno junto al otro. Los techos eran de disímiles materiales. Unos de guano, frescos para combatir el ardiente sol. Otros cubiertos por planchas de metal que asaban a los vendedores y clientes. Los menos, pertenecientes a personas gente de más bajos recursos, estaban desprotegidos.
—Si piensas que los que carecen de cubierta techo son pobres, cometes en un error.
Me volteé con lentitud. Esteban había sido mi sombra durante todo el trayecto. Ese cuento de «separarnos y sí te he visto no me acuerdo pues es lo más juicioso» solo funcionó por espacio de dos minutos. Primero caminamos en silencio, bien cerca uno del otro, ala distancia de un par de metros. Luego, él se acercó hasta quedar justo a mí lado. Aunque poco conversamos, andábamos al mismo ritmo y paseábamos las mismas piedras. De vez en vez, una diminuta sonrisa se nos escapaba de la prisión de los prejuicios. Hubieses jurado que por cuestiones de segundos nuestros dedos se rozaban como producto del azar.
De pronto, me di cuenta de que él me estaba hablando y yo, ensimismada en mis propios pensamientos, no le comprendía. Asentí por inercia, para no develar mi falta de atención.
—Al menos estas personas pueden pagar los impuestos. Peor es no tener un lugar para vender y entregar los productos a un precio muy inferior al establecido —concluyó con una diáfana sonrisa.
Los argumentos de Esteban eran válidos. Los comerciantes del mercado tenían una oportunidad que gran parte de los pueblerinos soñaba obtener. A muchas personas, entre papeleos y fiscos se les gastaba la vida, así que preferían producir y entregar su mercancía a precios mayoristas.
Los lugareños comerciaban con todo tipo de suministros naturales, en especial verduras, carnes y frutas de estación. La importación o venta de mercadería manufacturada no era habitual, pocos clientes locales podían darse el lujo de adquirir artículos caros.
En una villa costera, no faltaban los productos provenientes del agua dulce y salada. El pescado era una oferta tradicional y con un precio asequible. Los cangrejos inundaban las callejuelas sin recelar de los humanos, sus mayores depredadores. En un acto de nobleza, además de servir como alimento a ricos y pobres, habían donado su nombre al poblado. El camarón y la langosta se exportaban con regularidad a la capital u otra ciudad importante.
Las aves de corral amarradas por sus patas picoteaban las sobras que conseguían en el suelo mientras inconscientemente aguardaban el veredicto final.
Me encantaba todo lo que advertía. Era algo nuevo por completo. En especial, me deleitaba en la curiosa mezcla de colores y olores combinados al azar. Merodeaba de un sitio a otro, atraída por el bullicio de los vendedores, del relinchar de los caballos y de ruedas de carretones cargados de mercancía y de los anuncios entremezclados de campesinos y evangelistas ambulantes que proclamaban la cercanía del reino de Dios.
—¿Puedes determinar a quién pertenece cada sonido? —le pregunté curiosa.
Ansiaba asimilar el escenario en un solo instante.
—Soy capaz, vuelto de espaldas, de narrar la historia de cada una de las personas presentes e, incluso, de las que hoy se han ausentado. Sé qué vendedor ofrece los mejores precios y cuál es más susceptible de ceder ante el regateo. Muchos de ellos también son Primos, otros me han visto corretear desde la época en que andaba sin culeros.
—¿Incluso el predicador?
No dejaba de admirar de lejos al incansable señor que daba a todos una palabra de aliento.
—Es el pastor Ambrosio de Jesús. No me pierdo la escuela dominical.
—¡Faltas al colegio y acudes con regularidad a la iglesia! No me cabe en la cabeza. —El asombro me hizo lanzar una exclamación que se oyó por encima de los bullicios medioambientales.
—Si no lo hago, Ambrosio de Jesús se enfada y mi mamá me hala de las orejas. ¿Tu familia no profesa la fe en Dios?
—Mi abuelo se autoproclama materialista. En cambio, su esposa asevera que cree a su manera. Lo dudo. Ella no muestra misericordia con el prójimo y si no da frutos del amor de Dios, su declaración de fe no es verdadera. Mi padre, que ha viajado el mundo, lo considera un tema cultural.
—¿Cuál es tu posición al respecto?
Intenté exprimir mi cerebro para formular una explicación adecuada, pero a falta de palabras bonitas, respondí con sinceridad.
—Dios es real. Lo leo percibo en los libros y en las personas. La gente suele expresar: «a Dios gracias», «Dios permita», «Dios te bendiga»… Es una forma de hablar con una manifestación intrínseca de su existencia. Tu tía Marta es una prueba fehaciente, una traducción tangible del de su poder. Vive acorde a los preceptos del evangelio de manera natural, sin fingimientos. Amo a Marta, ella es…
—Más tarde me cuentas, ya llegamos. —Me interrumpió junto a un puesto circular con grandes letras rojas en japonés.
Con el tumulto de personas a nuestro alrededor, la gritería y el estruendo de las cajas al caer, apenas pude comprender que él me pedía que aguardase su regreso. Quedé quieta, recostada a un barril vacío a la par que admiraba la maravillosa cotidianidad que me había sido vedada.