Rojo Cangrejo se caracterizaba por ser un caserío tranquilo en el que los chiquillos correteaban hasta altas horas de la noche sin la supervisión estricta de sus padres. Quien se enojaba con su vecino resolvía la situación a puñetazos. Aquel que tomaba sin permiso un objeto ajeno lo devolvía antes de la puesta de sol. Las fuerzas policiales estaban de vacaciones casi el año completo, a excepción de la época en que se celebraban las fiestas patronales. No solían andar armados porque el pueblo era como una gran familia (con sus problemas típicos). Todos estaban emparentados con un primo.
Solo se habían reportado tres casos policiales reales en la historia de Rojo Cangrejo, y dos de ellos los protagonizó mi familia: la pelea de mi padre con el nuevo novio de mi madre, a puñetazos en la plaza central, cuando ella se fue de la finca y una acusación de paternidad irresponsable de una niña del pueblo que al final resultóno estar emparentada con nosotros tras realizarse la prueba de ADN. Por suerte, cuando el robo de la estatua del alcalde de la plaza central, estábamos en la casa de la ciudad.
Tampoco crean que el poblado era un paraíso. Como ya han percibido, los peores sitios se disfrazan de luces y flores.
Era la falta de actividad lo que hizo que el teniente Genaro diese un brinco en el preciso instante en que sonó el teléfono de su despacho. Si la secretaria le había pasado la llamada sin avisar, algo gordo debía ser.
—¡A la orden! —exclamó a través de la pata de sus espejuelos.
«¿Cómo será posible que esa cosa no cese de chilar?», se preguntó. Mas de inmediato, volvió en sí y la emprendió a saludos a través del auricular. Se trataba del excelentísimo señor Herculano Santos. No todos los días una familia de abolengo se dignaba a contactarle.
—¡Qué se ha escapado la niña Fernanda María! ¡Craza situación de vida o muerte! Activaré de inmediato el Plan de Contingencia ante Desastres.
Una vez que colgó, dedicó tres minutos a penar con la mente fría. «Los chicos enfados siempre regresaban a casa», era esa su divisa y siempre se cumplía. Pero esta vez no era recomendable esperar a que la familia resolviese sus problemas internos. Cuando Genaro descubrió que la muchacha desaparecida era la princesa de la villa, se relamió los bigotes como un gato tejano. Si la oportunidad tocaba a su puerta, él no la dejaría marchar. Ya se imaginaba la felicitación de parte del alcalde y hasta una recompensa monetaria. Al fin y al cabo, ¿qué no daría un padre por recuperar a su única hija? La generosidad del señor Carlos era tan conocida en los alrededores como la férrea mano de la patrona.
¡Estaba decidido! Él mismo se encargaría de montar un puesto de mando en la última localización en que fuese vista la señorita Santos. Así se gastase el presupuesto anual del departamento o suspender las vacaciones de todos sus subordinados; él encontraría a la Alcaldesita. Siempre sería provechoso contar con apoyo económico de las familias pudientes y también con buenas relaciones para escalar peldaños en la política.
Genaro se desprendió a toda máquina. Chifló a sus guardias y les instó a seguirle. En el trayecto les fue informando las orientaciones. Ningún funcionario local o bicho raro sin uniforme se le adelantaría. Una parte de los méritos serían de quien llegase y asumiese el mando.
La primera medida que se tomó fue el cierre estricto e inmediato de la institución escolar. Hasta que se trazase una estrategia de trabajo en el terreno y se interrogase a los sospechosos nadie pondría un pie fuera de allí. Los chicos eran retenidos luego del horario de salida mientras los pasillos y el patio estaban plagados de uniformados que recogían la evidencia y realizaban entrevistas. Parecía un juego de niños, sin embargo, la fuerza del orden se tomaba muy a pecho sus funciones.
En la entrada y parte de la calle, los preocupados familiares de los alumnos reclamaban sus derechos. Pretendían burlar la vigilancia policial y entrar a rescatar a sus pequeñines. Algunos estaban visiblemente conmocionados; otros, personas ociosas y ávidas de presenciar en primera plana un evento inusual, tomaban el incidente como una experiencia fuera de serie, algo para contar a las futuras generaciones.
Pero yo estaba bien lejos de ese sitio, viviendo una experiencia única e inimaginable.