Una barrera invisible, pero palpable, se levantó entre nosotros. Aún el ogro Barba Azul Pedro Angulo y su caballo eran visibles, y ya Esteban se había dejado influenciar por «el qué dirán» del clan de los Primos.
—Deberías devolverme la camisa —me dijo en son montuno desmañado, el mismo que utilizaría Guillermo para tomarla por la fuerza.
—Tengo frío —contesté de inmediato.
Ya me había acostumbrado a la áspera textura de la tela y al olor a macho de Esteban que aromatizado mi piel.
—Estás seca.
—La voy a extrañar. Pensé que era un souvenir.
¿Verdad que era descarada? Aunque el chico se había llevado un buen susto, añadí al fuego un par de leños.
—¿Bromeas? Si esta historia se escapa de la boca de Pedro Angulo, soy hombre muerto. —Distinguí un dejo sombrío en el tono de su voz.
—Cuando tu novia escuche mi versión acerca del caballero andante que salva a la damisela en apuros, te recompensará.
Esta vez me lucí con mi presunta indiferencia. Mi reacción era toda una proeza teniendo en cuenta mi pobre roce social.
—No tengo novia. —Él me dirigió una mirada furiosa y negó en un murmullo.
—¿Entonces, una joven esposa te esperará en casa?
Marta y Carolina ya me habían puesto al día con los casorios y noviazgos del poblado, pero le pregunté con el propósito de buscar las cuatro patas del gato y hacerle rabiar un rato.
— ¿Tan viejo luzco? Recién cumplí diecinueve años.
—Según he escuchado, los. Primos se casan jóvenes. —En el uso de indirectas, siempre me he considerado una experta titulada.
Esteban removió con la puntera del zapato un montículo de arena. Se notaba que el tema le hacía cosquillas en la timidez. Sus mejillas habían tomado el color de mi pelo y, aunque él no necesitaba un aditamento extra para realzar varonil su belleza, me ponía las ganas de punta. Con lentitud, como si su confesión le diese vergüenza, rompió a hablar:
—Los más tontos. Mis padres lo hicieron a los quince. Cada nueve meses y el tiempo de cuarentena, la familia crecía. Estrella paría sin tomarse pausas o preocuparse por su salud. Al cabo de una década, a consecuencia de la atroz manipulación ginecológica, ella sufrió una infección. Imaginarás que en casa no había un centavo para afrontar tales imprevistos. Las tías y abuelas hicieron cuanto les fue posible con los remedios y rezos. Todos colocaron su fe en la medicina verde y esperaron demasiado tiempo en solicitar atención médica. Cuando decidieron empeñar las tierras y los animales, ya mi madre no tenía cura. Recuerdo aquella tarde gris en que mi padre lloraba. Uno de mis tíos me llevó a dar una vuelta a caballo. Aunque me encantaba el paseo, no cesaba de preguntarme la causa de la angustia de Rodolfo o por qué Estrella no regresaba del pueblo. Era un hombrecito de ocho años, pero cuando la mano de mi tío se posó en mi hombro y me soltó la inevitable noticia, me cayeron veinte más encima. Regresé al rancho con el andar de un viejo cansado. Arrastraba los pies porque llevaba el alma hecha jirones. Aunque los Primos ayudaron como pudieron, o cada quien estaba demasiado ajetreado cuidando de sus propios hijos. Le propusieron a Rodolfo desperdigarnos entre las casas de los parientes hasta que él pudiese acomodar su vida, pero no aceptó. Enarboló el concepto de familia y luchó a brazo partido por seguir adelante. En el proceso, todos tuvimos que empinarnos un poco, o bastante. Yo me ocupaba de las tomas de leche de chiva de los bebés y hasta de lavar los pañales. Pese a que los maestros intentaron de hacerse de la vista gorda, perdí el curso escolar.
En el instante en que más abierta tenía la boca, Esteban dejó de hablar. Quizás él esperaba alguna reacción humana, no las malditas palabras preconcebidas que balbuceé estupefacta.
—Es una historia conmovedora.
Debería golpearme por haber sido tan insensible. El cumplido que logré decir era deprimente. Él no me estaba contando la novela famosa que le sacó las lágrimas, sino varias escenas de su propia vida. Al menos, debí mostrarle un poco de humanidad.
Se debatía entre odiarme o continuar develando sus más íntimos sentimientos.
—No entiendes mi punto —Un débil temblor en su voz delataba su sufrimiento. Aunque transcurrieron varios años desde los acontecimientos que con tanta pena me narraba, él y sus hermanos habían crecido con las marcas del sufrimiento tatuadas en la piel.— Admiro a mi padre, pero no quiero calzar sus zapatos.
—No te juzgo. —aseveré.
¿Me habría desenvuelto bien? La única historia triste que me tocaba de cerca era la mía propia. Ignoraba cómo consolar a una persona e infundirle palabras de ánimo.
Él no reprimió el asombro cuando posó sus ojos en mí. «Por Dios, que no piense que he tomado su historia a la ligera», supliqué al cielo.
—Para hacerlo tendrías que haberte despedido de tu niñez prematuramente. —Mordisqueó una parrafada con una sobredosis de pesar.— Todo te ha sido fácil. Tus preocupaciones giran en torno a lo que elegirás de cena.
Otra vez me estaba juzgando por mis apariencias y no valoraba lo que me atormentaba. No le salté al cuello por lo profundo de su revelación.
—Siempre ratatouille —pronuncié en voz muy baja aunque hubiese preferido gritarle—. Mis gustos son bastante sencillos. No preciso ser millonaria para satisfacerlos.
Se oscureció su mirada, de la misma manera en que lo haría si esperase un puñetazo en medio del rostro. Probablemente hasta deseaba que se lo diese. Era cuanto necesitaba para definirse entre la incipiente antipatía que me profesaba y la aceptación de la diversidad humana. Dijese lo que yo dijese, fallaría su escrutinio porque los estándares estaban tan altos, que eran inalcanzables.
Sin embargo, a ritmo de golpetazos la vida me había enseñado que la mejor defensa era un buen ataque. Me esforcé en recuperar mi pobre autocontrol y no soltarle a la cara lo que él merecía escuchar. Pero no podía culparle, así como tampoco él debía hacerlo conmigo. Ambos éramos víctimas de la sociedad, de pugnas verbales y silentes, de odios ancestrales vivificados en el presente.
—Así como yo no estoy capacitada para señalarte con el dedo, tú tampoco tienes derecho a escupirme lo que deseas creer y quedarte inmutable. —Me mordí la lengua para refrenar mis malas vibraciones, pero no lo logré.— Cada persona lleva sus propias cargas. Tampoco yo he andado por un camino de rosas. Mi madre, a quien tal vez conozcas como la puta del pueblo, dejó a mi padre por un tipo veinte años mayor que él, pero dueño de su propia fortuna. Así no tenía que esperar a que los abuelos muriese para salir en la portada de las revistas. Sigo su página en f*******: y te cuento que, a pesar de que vive solo a quince kilómetros de Rojo Cangrejo, jamás ha venido a visitarme. Tampoco me llama por teléfono, siquiera me envía un mensaje. Eso es bien triste. La psicóloga afirma que su partida me ha producido un trauma emocional, así que me llevan al loquero con más frecuencia de la que querría. ese es otro modo de torturarme y colgar de mu cuello carteles de demencia. Y cambio tu familia por la mía con los ojos cerrados aunque no logres caminar dentro de tu casa de tan llena que está. No tengo hermanos con quienes compartir mis problemas, ni tíos que me lleven a cabalgar. Me importa un bledo contar con un chofer de taxi privado, mochilas y merenderos con stickers de princesas incrustados, zapatos de marcas lujosas, tocar el piano o hablar varios idiomas con fluidez. Ya sé que te desagradan las blasfemias, pero estoy segura de que mi abuela es una bruja despiadada, mi abuelo un robot idiotizado y Carlos es mucho menos padre que el tuyo. Complace mis mínimos caprichos, pero tira sus caricias por la ventana a la amante de turno y en cuanto a su amor… solo se ama a sí mismo.
Tanto le ataqué, que me dejé guiar por la ira, y terminé mi discurso gravemente ofendida y con enormes deseos de pegar el famoso puñetazo. De todas formas ya, sin presumir de adivina, sabía cómo terminaría mi encuentro fortuito.
—Toma tu camisa.
Me la quité de un tirón con tan mal genio que me olvidé de zafar los botones. No fue mi intención romperla. Ya sabía cuánto le costaba a su familia ganar cada centavo. Al «Escuadrón mete la pata» nada le salía bien.
Hubiese preferido que él me insultase hasta la hora de la cena antes de tropezar contra un mudo muro de reproches. También valoré la posibilidad de ser atravesada cerca de treinta veces por el cuchillo de pesca y sufrir hasta morir desangrada en un chirriante suelo de hojas mustias.
Me quedé paralizada. No podía salir corriendo porque una energía invisible cimentabamis piernas a la grava.
—Es una maldición haber nacido con dos brazos izquierdos. Te compraré otra cosa de estas.
Nunca antes, en la historia de la humanidad, nadie dio una explicación más inverosímil y estúpida. Hasta me olvidé de cómo decir la palabra «camisa». ¡Ni que fuese tan complicada! Sin embargo, fue la segunda parte de mi parrafada la que realmente le enfadó. ¿Quién era yo para ofrecerme a comprarle una prenda de vestir si tan siquiera trabajaba? Sin pretenderlo, había hecho alarde de ser la Alcaldesa a quien no le da importa usar el dinero de su papi.
Sin detenerme a contemplar sus pectorales delineados una última vez, le eché los restos de su ropa sobre los hombros. Contra ese pedazo de bizcocho andante descubierto poco era capaz de hacer; pero si le colocaba encima una capa de tela, quizás encontrase la fuerza de voluntad necesaria para comenzar a pensar y actuar como una persona y dejar de ser un trozo de carne idiotizado sin gota de cerebro.
—Tú y los tuyos todo lo resuelven con dinero— masculló él con inusitada calma.
Sacudí la cabeza, para negar lo que ocurriría en pocos segundos. Mi recién adquirida insulso enamoramiento a primera vista tenía pronta fecha de caducidad. Intenté refutar, pero las palabras se perdieron en mis labios.
Me desprendí a toda velocidad, con un motor de combustión rápida adosado a cada zapato, en dirección al poblado. No me despedí de Esteban o le agradecí su compañía. Comprendía que había sido demasiado dura con él, pero no creí que encontrase la manera de regresar atrás.
Ya se escuchaban los voceríos de los campesinos que se dirigían al mercado y se olisqueaba el salitre de la costa. El pueblo estaba cerca.
No me sentía preparada para regresar a la escuela, pero tampoco podía marchar a casa desde donde estaba. Tenía que continuar porque regresar significaba atravesar un sendero que metía envidia al Laberinto del Minotauro y toparme con una manada de extraños que odiaban a la distinguida familia Santos. Regresar era sinónimo de reencontrarme con Esteban y él prefería huir de mí sin previo aviso. Lo había dejado claro en dos ocasiones. La primera cuando me lo soltó sin el uso de preámbulos, la segunda al no impedirme marchar. Sus palabras despectivas me acompañarían durante mi próxima noche de insomnio.
En el fondo podía considerarme una chica con suerte. Había sobrevivido a mi aventura en una sola pieza. Fuera de dos o tres rasguños superficiales en la piel de los brazos y las agujetas en mis piernas, no tenía motivo alguno de queja.
Al final de la historia, las aguas tomaban su nivel. Cenicienta retornaba a su castillo y el príncipe harapiento a sus labores. O quizás, en esta fantasía, me tocaba interpretar el papel de bruja malvada.
Di uno, dos, tres, cuatro pasos… y perdí la cuenta. Estaba fuera de peligro en una villa con cuatro callejuelas. Solo debía poner rumbo hacia la torre alta de la iglesia evangélica y cruzar la acera.
Mientras caminaba, llevaba una mirada clavada a la espalda. Presentía que Esteban me seguía. No me detuvo y, como era lo más sensato, tampoco yo volteé la cabeza.
Así, ambos colocamos un punto a un encontronazo imprevisto.
Príncipes y princesas que leen esta aburrida historia:
Si alguna vez Cenicienta(o) deja una zapatilla de cristal abandonada en la escalinata de su palacio, llamen a su ayuda de cámara, ordénenle que la bote a la basura y vuelvan a su urna de cristal, porque eso es lo más sensato.
Atentamente, una mente mononeuronal.