A medida que nos dirigíamos a Rojo Cangrejo, disfrutaba del paisaje. Es irrisorio pretender admirar la belleza de la naturaleza a través de un cristal. Lo había hecho hasta ese entonces, cuando atisbaba por la ventanilla trasera de un auto que se desplazaba a decenas de kilómetros por hora.
Las aves, que aleteaban jugueteando con las nubes, nos regalaban un magistral concierto. Esteban era capaz de reproducir cada uno de sus silbidos. Incluso se aventuraba a distinguir la admirable imitación del sinsonte.
Llevaba dieciocho años suspendida tras una cortina de humo. Las criadas contaban de un mundo más allá de mi mundo, de canciones salidas de instrumentos manufacturados y tocadas en la plaza del poblado; de fiestas decoradas con auténticas flores, tan diferentes de las sintéticas que adornaban el salón de la mansión. Había gastado quince largos años en el alto de una nube gris, alimentando mis miedos a respirar, soñar y hasta a vivir. Era el momento de colocar mis pies sobre a tierra y enfrentarme a la realidad.
Aspiré un poco de aire puro para saturar mis pulmones. El valle bajo la montaña tenía sabor a vida y un surtido de colores combinados en sublime armonía.
Él me imitó y, por un instante, ambos entonamos la misma sinfonía
—Este paraje no es perfecto, princesa, pero sí auténtico. —Él ensalzó el esplendor de una maravilla que no necesitaba defensores. Hablaba por sí misma.— ¿Se te antoja tomar agua embotellada o prefieres la de este río?
De nuevo, el odioso cúmulo de líquido se interponía en mi camino. Sin embargo, en esta ocasión era un arroyuelo tan delgado que ni le daba miedo a una hormiga.
Esteban juntó sus manos y se agachó a mi lado. Con un gesto me invitó a saciar mi sed. Yo me debatía entre el pánico y la curiosidad.
Mi postura encorvada y la mímica facial pronunciaban un discurso extraverbal. Más yo callaba por temor a que él descubriese mi verdadero yo, construido a medias con retazos de poca voluntad.
Envidié a la pequeña gotita de agua que delineó su comisura labial y resbaló desde la canal de su mandíbula a la uve de su pelvis. Mis razonamientos eran tan carnales que me hacían avergonzar aun manteniéndolos silenciados. Una vez más, anhelé esconder mis mejillas enardecidas y el palpitar lujurioso de un corazón sin riendas.
—Tengo miedo —objeté apenada.
—El sesenta y cinco por ciento de tu cuerpo está formado por líquido. Apedrea tu desconfianza, princesa y enfrenta la vida. Te brindaría de mis manos, pero saben a pescado. —Mientras yo estaba al borde del infarto, él conversaba tranquilamente.
Me arrodillé a su lado. Tras un breve momento de vacilación, introduje en el arroyuelo mis manos y tomé varios sorbos hasta que un pinchazo perforó mi frente producto del cambio de temperatura entre el calor del cuerpo y el frescor del líquido. Marta solía llamarlo con «la punzada del guajiro». Siempre me había aconsejado beber despaci, pero luego de pasar varias horas a la deriva, sus palabras comenzaban a desvanecerse. También Esteban tenía razón en sus enseñanzas. Aunque por concepto no se define el sabor del agua insípida, fue esa la ocasión en que más me disfruté de un evento cotidiano.
Con sus dedos rudos, el apartó un mechón de pelo que me atravesaba la cara. Nuestros ojos sonrieron en armonía y las pupilas entrelazadas hasta bailaron una ronda.
Durante unos instantes, me permití soñar con una vida diferente a la mía, sin brujas montadas en ciberescobas, una madre desaparecida en el Triángulo de las Bermudas y un padre divorciado de las relaciones afectivas. Por un instante, fui casi feliz… hasta que un ogro Barba Azul disfrazado de campesino se nos cruzó en el sendero. Con un breve gruñido saludó a Esteban. Pensé que iba a seguir de largo, pero se detuvo con el pretexto de dar descanso al caballo.
—¿Qué tal la pesca, primo? —preguntó con una voz gutural que no parecía humana.
—Ni buena ni mala. —El chico intentó no mostrar su consternación.
—Entonces, ¿regular? —Esteban asintió ligeramente molesto. No era necesario ser un experto para comprender que las miradas del hombre no iban en tono de paz. — Dele mis saludos al compadre Rodolfo y a la comadre Irene.
—Serán dados. —Esteban mordisqueó sus labios y tomó una bocanada extra de aire antes de utilizar un ardid educado para mandar a su pariente de paseo.— Cuídese, primo Pedro Angulo.
¡Bravo por él!
—¡Qué tengas un buen día, Esteban! —Aburridas eran las frases del ogro autómata que pretendía esconder el verdadero significado de los tonos de voz. Aquel señor, para mí desconocido, mostraba su sorpresa, enojo y disposición a meter sus narices a través de su supuesta verborrea inocente. —Señorita Santos.
Hizo una leve inclinación que me llevó a recordar la puesta en escena de una obra de teatro humorística que vi con mi padre en la ciudad. Pedro Angulo se comportaba como los divertidos lacayos que servían a los nobles reyes. Sus gestos y el tartamudeo revelaban la torpeza. Si mi sangre era tan roja como la del resto de los villareños, ¿por qué se empeñaban todos en comportarse del modo más idiota? Puse en juego un raudal de hipocresía para ponerme a su nivel.
—Buenas tardes, señor Pedro Angulo. No hemos sido debidamente presentados, pero ya he escuchado su nombre. Así que estamos en igualdad de condiciones.
Nunca antes mejor dicho. Ambos vestíamos camisas con cuadros azules y blancos talla XL.
Extendí mi mano con extrema naturalidad. De ninguna manera, le devolvería una reverencia. Si él se empeñaba en lucir como un tarado, ese era su problema, no el mío.
Cinco dedos callosos temblaron entre los míos. Era increíble como un hombre mayor, que enfrentaba jornadas enteras de duro trabajo, se amedrentaba ante una chiquilla solo por saberle poseedora de una envidiable genealogía (paterna, claro está).
El saludo fue tan breve que tal vez solo lo soñé. Obtuve justo lo que merecía una frágil princesa de porcelana. Sonreí con esa expresión encantadora que reservaba para ocasiones especiales. La dejé plasmada en mi cara hasta que el hombre se montó en la grupa de su bestia, dio media vuelta y se alejó tres metros.
Pensamos que todo había acabado, pero Pedro Angulo se arrepintió de sucumbir ante el influjo de una expresión simulada. Una vez que metabolizó sus ideas con claridad, regresó sobre sus pasos.
—¡Esteban, ven aquí! —ordenó con visible vacilación.
Cuando se desmontó del caballo, las piernas le flaqueaban tanto que casi cae al suelo.
Aunque el muchacho murmuró una queja entre dientes, se movió manso como un corderito.
En vano estiré el cuello, paré la oreja y pedí ayuda al dios de los sordos (por si acaso existía).
En mi lista de cosas por aprender, apunté la lectura de los labios. A todo lo considerado superfluo le asignaba el doble de valor que las personas comunes. Yo no disfrutaba la vida, batallaba por vivir. Las palabras se asemejan, pero la definición cambia el sentido en un cien porciento.
Cuando Esteban regresó, su expresión taciturna era todo un poema. Yo había preparado un discurso campechano para aflojar las tensiones, pero mirándole en tal estado, me cosí un punto en mi gran boca y coloqué a Pedro Angulo en la interminable lista de adultos indeseables porque un instante mágico no debía ser borrado de cuajo. Eso podía ser considerado un sacrilegio o algo por el estilo.