Fuera de la concha

1077 Words
—Basta, no sigas —le supliqué con un soplo de voz. Pero él continuó implacable y, en pocas palabras, resumió lo que hasta entonces nadie había tenido el valor de decir. —La oquedad con la que tropezaste durante tu primer día de clases ha estado en el suelo del aula desde que se fundó la escuela, hace un centenar de años. No hay ser en el pueblo que se olvide de saltarla. Digamos que lo incorporamos a los actos reflejos desde que ponemos un pie en el primer curso. Alguien debió advertirte. —Tal vez la profesora forma parte del bando de quienes se gozan viéndome sufrir. Escuchar tantas verdades seguidas me tupía las arterias del cerebro. Me vi envuelta en una nebulosa a través de la cual penetraban sus palabras y… nada más. Enmudecieron todos los sonidos del monte como parte de la tortura solapada. —A su esposo le despidieron de El Framboyán el pasado invierno. Es él quien se está ocupando de la crianza de dos críos y un bebé mientras ella sostiene económicamente el hogar. También eso tiene una explicación lógica aunque no un justificante. Nada amerita el ensañamiento contra una persona inocente. Haber nacido en el seno de la familia Santos no te convierte en un ser sin sentimientos. Al menos, no… Calló de improviso; pero a buen entendedor, pocas palabras bastan. Solo le faltó decir «todavía» o, en su defecto, sustituirla por un sinónimo. Rehuyó de mí su mirada para no verse obligado a mentir o a atiborrarme la cabeza con ilustraciones desagradables que me harían, a la larga, más daño. De ser esa maestra la única agraviada, hubiese sido pan comido asistir al colegio de Rojo Cangrejo. El resto de los profesores había observado desde lejos y sin intervenir el acto repudio público. De alguna manera, todos se desquitaron de los Alcaldes. —Te enfrentas, en una subida cuesta arriba a años de odio acumulado. No esperábamos que regresaras al segundo día, ni al tercero o a los que le sucedieron. Haberte mantenido firme por espacio de dos semanas es un logro. Si él hubiese conocido los detalles del infierno al que había sido sometida en El Framboyán, no me hubiese hablado con tanta seguridad. A estas alturas del partido, cambiaba mis zapatos de charol, por los suyos llenos de huecos si se llevaba a la bruja de vuelto. Me detuve con las mejillas arreboladas y unas ganas inmensas de ser invisible y desaparecer. —No tienes de que qué avergonzarte. Las personas se definen por su interior. Es una lección que aprendí de mi padre—. Esteban adivinó mi estado de ánimo próximo a la depresión y encontró algunas frases de consuelo dentro un amplio repertorio recriminatorio. Él recitaba, desde hacía algo rato, un monólogo extraído de un libro de autoayuda. Sus cuatro verdades se habían elevado a la enésima expresión. Mis palabras, atragantadas en la glotis, reactivaron los deseos de vomitar. Era imperioso desahogarme, para que él interpretara mi modo de percibir las emociones y no me conceptuase juzgase a la ligera, sin manejar todos los elementos. Sin embargo, no lograba emitir sonido. Me volteé de lleno, hasta quedar a diez centímetros de su rostro. La Fernanda tímida y tonta escucharía todo tipo de consuelos con la cabeza gacha y sin chistar aunque después los tirase a través de una ventana entreabierta; pero yo no, mientras tuviese boca, la abriría bien grande. —No todos aplicaron tu famoso consejo paternal. Fue tu hermano Guillermo quien encabezó una especie de pérfida inquisición en contra mía y tus hermanitas desdentadas le siguieron la corriente como si una manada de zombis les hubiesen comido los cerebros. Permíteme decirte a la cara y sin tapujos que él se comportó igual que un perfecto idiota. En primer lugar, debido a que me hizo daño de manera deliberada y, en segundo, porque dio a las niñas un pésimo ejemplo. Hasta el presente, tenía a los Primos en alta estima. Hoy cuento una historia diferente. Tal vez tu padre deba esforzarse un poco más o conseguirles una beca en la iglesia evangélica del poblado, a ver si un día llegan al cielo. Mi faceta siniestra quiso hacer daño, desquitarse de tanto dolor acumulado y la tomó con el bueno de la película. Manipulé todos los argumentos de la historia a mi favor. Obvié los detalles superfluos e intrascendentes, como cuando alineé sobre el pupitre mis útiles escolares para mortificar a mi odiosa compañera de al lado o mi sonrisa de satisfacción al sacar la máxima nota en matemáticas. Tan cerca estaba de su boca, que debí robarle un beso en lugar de echar más leña al fuego. Ahora sí lo había echado todo a perder. Quizás hasta dentro de veinte años no tuviese la próxima oportunidad de intercambiar caricias con un chico. Estaba decidido, me casaría con el espejo. Apretó los puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos en un intento por no estallar. La cólera acumulada abrillantó sus ojos, les asemejó al lucero del amanecer. Esteban comenzó a andar sin freno, de un lado a otro del monte. Para no incrementar su mal humor, hablé con rapidez y en voz baja: —Citaré las palabras de tu tía Marta. Siempre que me atrapa haciendo algo indebido, me mira a los ojos y dice: Son cosas de muchachos. Guillermo todavía es un crío. En esta historia, los que peor han actuado son los profesores porque se supone que tengan una clara visión de lo que es, o no, correcto. Él depositó el ensarte en el suelo y entrelazó los dedos. Le escuché tronárselos uno a uno, como en las películas. En parte era mi culpa. Pude haberle contado acerca del incidente utilizando mis vocablos dulces y cuidadosos, pero escogí la vía más agreste. La lucha del muchacho contra el enojo iba para largo. Desde lejos percibía el sonido de su respiración bufando iracunda. ¡Y yo aseguraba que, tras observar a Clodomira enardecida, ya lo había visto todo! ¡Tremendo mal genio se mandaba Esteban! —Las personas no interiorizan de igual modo las enseñanzas. —Luego de casi diez minutos, subrayó una frase preelaborada que no rellenó un espacio vacío. Y ahí estábamos, imbuidos en un vaivén de emociones que no llevaban a sitio alguno. Mientras girábamos en círculos, me arranqué las últimas lágrimas a puñetazos. Si reclamaba salir de dentro de mi concha, tenía que reptar por mí misma.
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