Cuatro verdades

1493 Words
Emprendimos rumbo hacia la villa. Con el ensarte sobre su hombro. Esteban marchaba liviano. No le afectaban los aleteos ni el peso sobre la espalda a pesar de que los peces, a la vez par que se distanciaban del agua, arreciaban la lucha por la supervivencia. En cambio yo, para mantener su paso, trotaba a pequeños saltos. Me faltaban bríos conque afrontar el regreso. El cansancio y la desacostumbrada exposición al sol de la tarde hacían mella en mis menguadas fuerzas. El molesto atajo me atacaba con sus ramas puntiagudas y emplazaba piedras y limo resbaladizo bajo mis zapatos. Por una inexplicable ley de la física, todos los incidentes peligrosos chocaban de plano contra mi anatomía. La prestigiosa mala suerte me acompañaba desde que nací. Siempre que se giraba la rueda de la fortuna, cada escoriación sin dueño venía a formar parte de mi propiedad personal. Estaba en un sitio alejado de todo paraje frecuentado, sin teléfono, y no tenía una pizca de miedo. ¿Por qué me preocuparía por el cuchillo de Esteban si una de sus manos en mi cuello podría poner fin en un relámpago a mi precaria existencia? Había depuesto mis armas. Como los marinos engatusados por el cántico de las sirenas, le seguía sin hacer preguntas. Tropezamos con un riachuelo que podía ser sorteado tan solo con extender la pierna o dar un insignificante salto. Esteban lo cruzó de una zancada y se volteó a ofrecer su ayuda con un caballeroso gesto poco frecuente entre los adolescentes. Le dejé con la mano extendida y, sin explicarle los motivos que me detenían, opté por fingirme extenuada antes del camino de la sinceridad. Me abandoné sobre la tierra sin verificar las condiciones del terreno. Con rapidez, el calor de la grava calcinada traspasó la tela de las ropas. Di un alarido y me paré de golpe. ¿Quién sino yo sería la tonta que escogería el desierto de Sahara, en lugar de un oasis? Una vez más, envidié a los insectos que se desplazaban con facilidad de una orilla a otra. En mi lado no había sombra cercana de nubes, árbol que ofreciese como refugio el frescor de su follaje ni márgenes húmedos, sino lomas de arena y piedra. Las piernas me temblaron perceptiblemente y los brazos se negaron a moverse. En muchas ocasiones, mis miembros eran autóctonos. Refutaban los mandatos y actuaban tal cual les parecía. Mientras en ese instante les ordenaba conducirse con sensatez, ellos se empeñaban en defender su libre albedrío y avergonzarme. Los ojos tampoco me obedecieron cuando se empañaron con gruesos goterones escurridizos. Contrario a lo que se pudiera esperar, alcancé a hablar con acento animado. —Continúa tú. Tienes que llegar al mercado antes de que cierre. No debes perder el tiempo si pretendes hacer un buen negocio. Cuando me restablezca lo suficiente, te seguiré. Le di la oportunidad de liberarse de un estorbo inservible que demoraba su andar. Otro chico en su caso hubiese apresurado el paso. ¡Y no le culparía! ¿Quién querría escoltarme cuando yo misma odiaba mi compañía? En el fondo, anhelaba apretarme a su brazo y no permitirle marchar. Mis miedos intervenían sin ser invitados. Quedar sola en el descampado, en frente de una colección de agua y sin saber si dirigirme al norte, sur, este u oeste era mi definición de catástrofe. También ignoraba en qué dirección se hallaba cada punto cardinal. Luego de haber pasado gran parte de la vida prendida a los libros, el internet y al canal de documentales, cuando necesitaba aplicar los conocimientos descubría que los olvidé o nunca los aprendí. Esteban descargó el ensarte, lavó sus manos y se recostó en la hierba con los pies dentro del arroyo. —En el sitio donde nos encontramos, te dejaría sin preocuparme. Aquel sendero debe resultarte familiar porque por él transitan tanto los peatones como los vehículos. En este atajo te perderías a tiro hecho. Si bien es cierto que “Rojo Cangrejo” está al doblar la esquina, dudo que lo encuentres por ti misma. Un breve descanso no nos hará mal. También yo necesito refrescarme un momento. Mintiendo ninguno de los dos ganaría un Oscar, pero queríamos creer que sí. Él disertaba con el tono benigno de un padre protector. Era el indicado para dar consuelo a una niña llorona. En un momento de descuido, en el que yo andaba a medio paso del limbo, Esteban se me colocó tras la espalda y rodeó mi talle con sus manos. Con premura, como si volase, me alzó en andas y me colocó al otro lado. —Si vas a sentarte, hazlo a la sombra— masculló con amabilidad. Poco tiempo disfruté de su efímero abrazo. No me engañaría ni construiría castillos entre las nubes. Esteban me había transportado como si hubiese sido un saco de patatas, sin delicadeza o despliegue de sensualidad. Me había percatado de su mirada ensombrecida. En cuanto entrásemos al poblado, él haría gala de su buena educación y se despediría. Si algún día nos volvíamos a topar, cumpliría su advertencia: cruzaría la calle y huiría sin previo aviso. Esteban se acomodó la diminuta tela de su short antes de sentarse sobre la hierba húmeda. Entrecruzó las manos detrás del cuello y se dejó caer hacia atrás. A él le tenían sin cuidado las picaduras de los chinchosos insectos que rondaban los sitios descubiertos de nuestros cuerpos y me hacían la vida un yogurt. Arrancó una pajita de un arbusto para llevársela a la boca. Mientras jugueteaba con ella como si fuese un mondadientes, yo soñaba con convertirme en pasto seco. Al fin, tras un breve tiempo que consideró prudente, se incorporó de un golpe y dio por terminado el descanso. —Te llevaré al colegio. A estas horas, tu familia habrá movilizado a la Guardia Nacional. — Utilizó en su explicación la menor cantidad de palabras posibles. ¿Qué bicho le había picado? ¿Acaso le patinaba el coco? Regresar a la escuela ni pensarlo. Eso no era una opción viable. —No volveré allí. Han sido demasiado crueles. Quiero ir con mi papá—. La Fernanda tímida y tonta tomó el control de mi lengua. Mi representación habría sido magistral si fuese una cría. A mis años, provocaba lástima. Mostraba la imagen de una niña grande con miedo a vivir. El chico avanzó hacia el sitio en que me encontraba hasta detenerse a escasos centímetros de mí. Con un tierno destello en sus ojos, me habló con inusitada dulzura. —No, princesa. Eso que dices es inadecuado. Retorna con una sonrisa al sitio en que comenzaron los problemas y no llores, al menos no lo hagas en público. Es un signo de debilidad. Él no tenía idea de lo que pasaba por mi cabeza. De lo contrario, ¿desaparecería al instante o llamaría a un psiquiatra? —Me odian porque soy diferente.— Deseaba vivir mi vida bajo mis propias condiciones, pero me faltaban agallas. —Sí, tienes razón —aseveró con naturalidad e inspiró antes de reanudar la charla—. No estás errada, pero tu enfoque tampoco es del todo correcto pues nadie es idéntico a otra persona. Permíteme decirte cuatro verdades en la cara. La razón por la que te rechazan es sencilla de explicar y de entender aunque difícil de cambiar. La génesis del problema radica en los sueños que tiene cada ser humano. Los de la mayoría de los habitantes de Rojo Cangrejo son inferiores a tu rutina diaria. Pocos pueblerinos osan anhelar lo que a ti te sobra. A la mayoría de los alumnos le es ineludible faltar al colegio para llevar dinero a casa. Muchos codician sesiones de clases privadas con profesores particulares y abrigan la esperanza de colocar sus libros y meriendas en mochilas decoradas con personajes de cuentos de hadas en lugar de utilizar las jabas de tela cosidas por sus padres. Acarician la idea de tener al menos un par de zapatos y no chancletear en la escuela. Algunos recorren largas distancias durante horas para con el fin de trasladarse hasta el pueblo mientras tú dispones de un taxi con chofer para satisfacer tus caprichos. De seguro, tocas el piano y dominas varios idiomas. Nosotros somos «los Primos»; y tú, una Alcaldesa. Se había olvidado de mencionar mi teléfono celular con acceso permanente a internet y mis útiles escolares de origen árabe. Por si había refrenado su lengua, yo no hice lo mismo con mis conjeturas. Sobraban los argumentos y todavía no sintetizaba la realidad a todo color. Según los chismes de camino, mi madre se acostó con cuanto hombre vivía en la comarca. Aparte de sus dotes carismáticas, había sido dotada de una extraordinaria belleza. Aunque yo no alcanzaba la cima de su esplendor, también tenía lo mío reservado. Aparentemente Dios me había regalado cuanto una joven precisaba: dinero y hermosura. Era hasta cierto punto lógico que la envidia pusiera a la gente en contra mía.
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