Idiosincrasias heterogéneas

1132 Words
Se agachó delante de mí y protestó con energía. Nada se evadía de sus ojos centelleantes. Al fin me miró, y me devolvió el alma al cuerpo. Aun cuando en la base de la montaña todo el año era verano, la brisa me hizo estremecer. No estaba acostumbrada a que mis ropas permaneciesen mojadas durante demasiado rato. El temblor se hacía perceptible en cada soplido de aire. Esteban rebuscó en la jaba de tela que yacía en un sitio seco sobre las piedras y me ofreció una camisa. Fruncí el ceño mientras examinaba de qué modo ponérmela. Dentro de ella cabían tres esqueletos desgarbados como el mío. —Apesta un poco a hombre porque he venido caminando desde el rancho. Espero que no te moleste usarla. Intento evitar que te resfríes. ¡Él pensó que me había detenido a causa del mal olor! Estaba totalmente errado. Con gusto me hubiese estrujado su aroma en todo el cuerpo con tal que me aceptase sin recelo. —Es que me sobran dos metros de tela —tartamudeé con vergüenza—, dentro de tu ropa pareceré un papalote. Él frunció los papados e hincó en mí su mirada con un súbito arranque de emoción. —No creo que algo logre esconder lo que llevas dentro. Luego de una epidemia de rubor, ambos quedamos absortos, sin apenas mirarnos a los ojos. Carraspeé como un perro viejo con tuberculosis y me preparé con el propósito de jugar mi última carta. —Es la ley de la vida. Unos mueren para que otros perduren. —Sopesé el alcance de mi disculpa—. Solo eso justifica la agonía de un animal. Estábamos demasiado cerca como para mencionar a los peces y, sin embargo, mientras él me ayudaba a cubrirme, no se me ocurrió otro patético tema de conversación. Me hice un nudo a la cintura con la tela sobrante para que no me confundiesen con un espantapájaros. Mis pobres encantos se borraron en un chasquido de dedos. Había sido bendecida con una cara agraciada, en cambio, a mi cuerpo le faltaban cerca de cincuenta libras para que se definiese como el de una mujer. Al pelo ni mentarle, estaba hecho con material desechable. Con los senos fuera de la ecuación, llevaba las de perder. —Así es. Tienes razón. ¿De qué hablaba? Yo había extraviado por completo el hilo de la conversación. ¿A quién no le sucede cuando contempla un monumento escultórico digno de ser catalogado como una de las siete maravillas del mundo moderno? Intencionalmente, rocé la región del antebrazo donde le había mordido. Sentí la contracción de sus músculos bajo mis dedos. De no detener mis nada inocentes caricias en ese instante, sería tomada como una depravada. Me prometí deshacerme de las revistas de mi padre en cuanto se me diese la oportunidad. Me habían frito el cerebro y convertido en una pecadora sin un átomo de moral. —Entonces, ¿pactamos una tregua? — Su voz se convirtió en un sonido amorfo y tembloroso. Cierto, ya me había olvidado. Esteban desarrollaba un discurso acerca de las tangibles diferencias entre las clases sociales. Asentí monótonamente sin interiorizar la mitad de sus teorías y apreté los dientes para reprimir un suspiro de aliento. A ambos nos alegró llegar a un consenso entre dos idiosincrasias heterogéneas. Una burilada con cincel y martillo, con baja calidad de la materia prima; la otra, el diseño artístico de un orfebre. Cada cual obligada por la sociedad a tomar un camino yuxtapuesto y alejarse, aguijoneada por su propio peso. Tal vez, mientras soñaremos, aún persistía una esperanza. De repente, él se quedó en suspenso. Quizás sospechase que me había desconectado de su charla desde hacía un buen rato. — ¿Usas siempre esa técnica para conseguir peces? ¿No se supone que emplees carnada o algo así?— Le consulté con el fin de reducir sus dudas. El chico se apresuró a exhibir sus latas, pitas y anzuelos como si fueran un trofeo. —Tras mi casa nace un arroyuelo que alimenta esta corriente. Cuando éramos pequeños, mi papá nos llevaba allí a pescar y gastar energía. Comprenderás que un grupo de chiquillos recién salidos del cascarón no tardaba en liberarse de las ropas e ir a parar de cabeza al agua. Apenas me sostenía en pie cuando experimenté con el palo. Después de un sinnúmero de tentativas, dominé la el procedimiento y me convertí en la envidia de mis amigos y hermanos. Pronto me instruyeron con las pitas y ahora estoy reuniendo para comprar una tarraya. —aseveró sin dejar de mostrar su mejor sonrisa—. Te confieso que recurrí al madero con el fin de impresionarte. —Pues lo lograste— musité entre dientes con un hilillo de voz que apenas se atrevió a proyectarse fuera de los labios. Él nunca se enteró de mi confidencia porque una de las pitas se tensó. Él la aflojó y se concentró en la presa durante unos minutos en los que fui libre de admirarle sin temor a ser descubierta. Al fin, tras una lucha tenaz, la cuerda se partió y el pez huyó a toda carrera. —Se trataba de una trucha. —Esteban discurrió contrariado.— Siempre recibo de buena gana a un ejemplar violento. Venció esta batalla, otra vez será. Introdujo sin prisas las manos en el agua. De nuevo, se le habían impregnado de múltiples partículas de tierra. —Las lavo de continuo —me reveló—. Te habrás dado cuenta de que se ensucian a menudo. No hay mejor explicación que la percibida en la práctica. Él no era uno de esos nauseabundos gitanos que acampaban por temporadas fuera de los límites de la hacienda, de los que se contaban las historias más cochinas y horripilantes que pueden salir de la garganta de un ser humano; sino un chico pobre con excelentes valores morales. Recogió sus los enseres con seriedad, poniendo especial atención a en su cuidado. De su accionar se desprendía que era metódico y responsable. Actuaba como un pescador inveterado en lugar de ser un mozalbete con el rostro decorado por un enorme grano del tamaño de una colina. El acné juvenil hacía estragos en la villa. A mí, unos días antes, me había salido otra nariz corrida a la derecha. Por un breve tiempo fui la obra maestra de Picasso hasta que Marta desplegó su magia verde y la hizo desaparecer. Con un ligero ademán, el muchacho me invitó a seguirle. Olvidé los consejos de Marta acerca de caminar con extraños. Fuera de dos o tres empleados de El Framboyán, el resto de las personas no había intercambiado conmigo más que un saludo cortés. De guiarme por Marta literalmente, mi roce social se limitaría a un monólogo con el espejo.
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